El cine proveniente de latitudes bajo regímenes totalitarios siempre carga con un doble peso: el de la propuesta estética y el de la pura supervivencia. Con su más reciente largometraje, “Ella y su hijo” (2026), el aclamado director iraní Saeed Roustaei vuelve a demostrar por qué es una de las voces más vigorosas y valientes del panorama cinematográfico internacional, compitiendo firmemente por la Palma de Oro.
La película se edifica como un melodrama familiar devastador que arranca con la dolorosa muerte de Aliyar, el hijo mayor de una mujer divorciada que intenta rehacer su vida y casarse de nuevo. Sin embargo, por azares del destino, el duelo se transforma en una intrincada búsqueda de justicia cuando se descubre que la muerte del joven fue provocada por alguien más. A partir de esa premisa, Roustaei teje una red de decisiones familiares que fracturan el núcleo de los personajes, explorando temas profundos como la redención familiar, el perdón y el peligro latente de permitir que el rencor carcoma a una sociedad desde sus entrañas.

Entre la represión y la libertad: El eco de un cine perseguido
Para entender la dimensión del trabajo de realizadores como Roustaei, es indispensable mirar hacia atrás y evaluar las condiciones en las que el arte iraní logra ver la luz. El cine iraní por mucho tiempo ha tenido dos poderosos exponentes como Abbas Kiarostami y Asghar Farhadi. Ambos directores siempre retratan al iraní promedio luchando contra el propio sistema que los reprime. Muchas veces no como comentario político sino como contexto social. No obstante, por lo menos uno y me refiero a Asghar Farhadi, ha sido encarcelado varias veces por ventilar el sistema totalitario político iraní.
Un ejemplo muy claro es “Un simple accidente” del 2025; Farhadi tuvo que filmar la película en secreto y no fue hasta que el Festival de Cine de Cannes comenzó a hacer ruido del trabajo del realizador que el gobierno iraní mandó una orden de arresto al cineasta, quien ya no pudo volver a su país. Otro ejemplo reciente fue Mohammad Rasoulof, quien ha vivido bajo el constante acoso y la censura de las autoridades de Teherán.

Una evolución “Post-Farhadi”
Es en este complejo ecosistema donde la figura de Saeed Roustaei cobra una relevancia particular. Si bien se le puede considerar parte de una corriente “post-Farhadi” —en la que se hereda ese retrato costumbrista y tenso del ciudadano de a pie—, Roustaei decide bifurcar su camino temático. Mientras que Farhadi suele enfocarse en las dinámicas morales de la clase media general frente al aparato estatal, Roustaei decide concentrar la mirada de su lente en la figura femenina.
“Ella y su hijo” funciona como el cierre de una trilogía espiritual enfocada en la mujer iraní que comenzó en 2016. A través de una soberbia actuación de Farinaz Izadyar (en el papel de Mahnaz), la cinta nos sumerge en las complejidades de una mujer moderna que, a pesar de estar inmersa en una dinámica social marcadamente patriarcal y tóxica, es retratada con una libertad y un empoderamiento inéditos. No se trata de una libertad garantizada por las leyes de su entorno —donde claramente aún faltan garantías fundamentales para las mujeres—, sino de una emancipación personal y psicológica, una toma de control sobre su propia situación familiar.
Apoyada en actuaciones poderosas y una dirección implacable que sabe cuándo contener el drama y cuándo soltar la tensión, “Ella y su hijo” es una obra de enorme calado humano. Roustaei nos regala un cine que es, a la vez, un espejo de su realidad cultural y un testimonio universal sobre la pérdida y la resiliencia. Una película sumamente recomendable que expande las fronteras de una de las cinematografías más vigiladas, pero paradójicamente más libres del mundo.
