“¡Ven acá, cabrón!”, grita Matías mientras camina por el pasillo, justo después de darse cuenta de que su hermano Emiliano, de siete años, ha quemado sus coches en la estufa. La cámara lo sigue en su furia y, de pronto, se topa con una puerta blanca; ahí, el encuadre se coloca al ras del suelo, en un contrapicado directo hacia el rostro del niño. El plano remite de inmediato a Jack Torrance en El resplandor, de Stanley Kubrick, adaptando a Stephen King.
Lejos de ser un plano aspiracionista de un director novel o un intento pretencioso por igualar la maestría de Kubrick, la puesta en escena demuestra que Emilio Portes, al igual que Stanley, sabe cómo manipular la tensión de la audiencia. A través del lenguaje cinematográfico, Portes eleva la sugestión del espectador a niveles de angustia claustrofóbica similares a los que vivimos dentro del Hotel Overlook, pero con una genialidad incómoda: aquí los protagonistas son niños.

La premisa nos introduce a Catalina y a sus hijos, Matías y Emiliano, de diez y siete años respectivamente, quienes intentan recuperarse de la dolorosa pérdida del pilar de su familia. En medio del duelo, encuentran un nuevo comienzo gracias a una casa comprada a un precio de ganga imposible de rechazar. Sin embargo, para concretar esta oportunidad, Catalina debe salir de noche a arreglar unos papeles de imprevisto, viéndose obligada a dejar a sus hijos solos en lo que ella asume es su nuevo lugar seguro. Lo que ignora es que los cimientos de ese hogar ya resguardan una amenaza latente.
Con este largometraje, Emilio Portes se consolida como uno de los exponentes del terror mexicano más relevantes de nuestro tiempo. Si bien Pastorela y Belzebuth ya daban cuenta de su capacidad para sostener atmósferas incómodas, enrarecidas y apremiantes, No dejes a los niños solos es una apuesta arriesgada en todo sentido. Sostener un relato de horror puro sobre los hombros de dos infantes es una tarea titánica; no obstante, Matías y Emiliano cargan con una tensión situacional que raya en lo demencial.
Portes se encarga de que la audiencia descifre el peligro antes que los personajes, sembrando la certeza de que una desgracia detonará en cualquier momento. Afortunadamente, esto no es cine comercial hollywoodense. Aunque la narrativa roza ciertos tropos del género, la película se desafía a sí misma al transitar por terrenos tabú y sumamente infrecuentes para el cine con infancias. No hay espacio para la condescendencia con el espectador, ni mucho menos para la complacencia de los finales felices.

Esta dicotomía narrativa es, de hecho, su principal motor de suspenso. Al presenciar el contraste entre la aparente normalidad de Catalina en una fiesta a la que fue casi forzada a asistir, y el peligro inminente que corren sus hijos en casa, el espectador es sometido a un estrés que pocas películas se atreven a plasmar. Es una angustia hitchcockiana que solo halla paralelo reciente en lo hecho por Caye Casas en La mesita del comedor: ese punto ciego donde la audiencia se vuelve cómplice de un secreto perturbador y empatiza de forma desesperada con el destino de los protagonistas.
Detrás de este logro hay un impecable ojo clínico para la composición de la cámara, el diseño sonoro y el control de la iluminación para construir atmósferas, pero sobre todo, una dirección de actores superlativa. Hacer cine de terror en México es complejo; hacerlo con talento infantil y lograr este nivel de veracidad es extraordinario. Esto es el resultado directo de una mano firme en el set y de un guion inteligente que exprime el subtexto de cada escena y plano, permitiendo que los niños digieran la psicología del terror a detalle.
Por su parte, Ana Serradilla entrega un trabajo catártico. Se percibe en ella una madurez actoral idónea para encarnar el arco de Catalina. Aunque su personaje habita más el terreno del drama y el thriller psicológico que el horror sobrenatural, su presencia funciona como el ancla de la realidad en la historia. Su interpretación de una madre movida por la esperanza se convierte en el contrapeso perfecto y trágico —una yuxtaposición brutal— frente a la desgracia que sabemos que le aguarda en la oscuridad.
Al final, No dejes a los niños solos resulta en un potente y asfixiante relato de terror, plagado de MacGuffins que juegan con las expectativas del público mientras edifican una atmósfera implacable. Sin duda alguna, ¡la mejor película de terror mexicano del 2026!
