En el cine de horror contemporáneo, pocas películas han logrado diseccionar la experiencia de la maternidad con la ferocidad y precisión de Engendro (2022). La directora Hanna Bergholm nos invita a un viaje donde la dulce inocencia de la idealización materna colisiona violentamente con la asfixiante realidad de la crianza. A través de un lente que coquetea magistralmente con el subgénero de los “niños malditos” —evocando ecos de clásicos como El bebé de Rosemary, La profecía o El ángel malvado—, la película trasciende el género para convertirse en una metáfora visceral sobre la carga de sostener un hogar, cumplir expectativas sociales y la pérdida del yo frente a la responsabilidad parental.
De la metáfora religiosa a la oscuridad interna
Si bien The Omen nos presentaba al anticristo como una amenaza sobrenatural externa, Engendro se inscribe en la corriente del denominado “terror elevado”. Al igual que exponentes modernos como The Babadook, Hereditary o The Witch, la película utiliza el horror para materializar demonios internos: miedos, carencias y traumas no superados. Aquí, lo “monstruoso” no solo habita en el niño, sino que reside en la propia institución de la familia y en lo extenuante que resulta la maternidad moderna. La película funciona de forma dual: tanto en un nivel narrativo literal, donde la pesadilla se despliega en una atmósfera opresiva, como en uno metafórico, que nos enfrenta a la paternidad como una fuente de terror inabarcable.

Una ejecución técnica implacable
Lo que diferencia a Engendro de propuestas que optan por el “susto fácil” es su capacidad para construir una atmósfera psicológicamente sofocante que arrastra al espectador hacia el frenesí emocional que conlleva la crianza.
Destaca por una dirección de actores impecable, un guion audaz y una individualidad cinematográfica innegable. Aunque es fácil rastrear sus influencias, Bergholm dota a la obra de una personalidad propia, marcada por un estilo visual contundente que convierte la cotidianidad en una experiencia profundamente incómoda. Es, en última instancia, una obra sobre las grietas invisibles en la vida familiar, ejecutada con una madurez sorprendente.
Engendro es la prueba definitiva de que no hay terror más grande que las expectativas sobre la maternidad. Una joya visualmente hipnótica y psicológicamente asfixiante que te obliga a mirar de frente lo monstruoso que puede ser el amor parental. Imperdible.
