Review: “La posesión de la momia” de Lee Cronin y la anatomía del horror dilatado

El cine de monstruos es, quizá, el refugio más sagrado para quienes crecimos bajo la sombra de la Universal o la aventura desenfrenada de la era de Brendan Fraser. Sin embargo, lo que Lee Cronin nos entrega en “La posesión de la momia” se aleja de la pirotecnia tradicional para adentrarse en un terreno pantanoso, ambicioso y, por momentos, deliberadamente agotador. Como críticos, nos enfrentamos a una obra que no teme poner a prueba la paciencia del espectador para, finalmente, recompensarlo con una de las ejecuciones visuales más viscerales del año.

Una mescolanza autoral: El sello de Cronin

Cronin no es un director de fórmulas masticadas. Tras su paso por el universo de Evil Dead, aquí demuestra una capacidad casi quirúrgica para diseccionar el género. La película no es solo una historia de “momias”; es una mescolanza extraña y fascinante donde convergen el horror de posesión de El Exorcista, la atmósfera opresiva de Hereditary y la arquitectura del miedo contemporáneo que James Wan perfeccionó en El Conjuro.

El director logra una forma autoral contundente al no conformarse con el susto fácil. Su cámara se detiene en la parafernalia familiar, en el dolor de la pérdida y en la oscuridad de los cultos satánicos. Hay una búsqueda de identidad en este caos de influencias; Cronin intenta elevar el mito de la maldición egipcia hacia un drama humano sobre el secuestro y la desintegración de los lazos de sangre. Es aquí donde reside su mayor riesgo: la película se toma su tiempo —quizás demasiado— en construir este andamiaje emocional.

El desafío del ritmo: La frontera de lo soporífero

Es imperativo ser honestos con el espectador: más de la mitad de la película es, en términos llanos, soporífera. Cronin se regodea en un planteamiento de ritmo pausado, casi letárgico, que busca generar una empatía absoluta con la tragedia familiar. Nos plantea el horror más puro —el secuestro de una hija y su reaparición años después como víctima de un culto oscuro— pero lo hace a través de una narrativa que camina con pasos de plomo.

Para el espectador casual, este letargo puede resultar una barrera insalvable. Sin embargo, para el fanático recalcitrante del género, este tiempo de espera es el precio que se debe pagar para que el horror final tenga peso. No es aburrimiento gratuito; es una dilatación de la tensión que busca que, cuando la sangre finalmente brote, el impacto no sea solo visual, sino psicológico.

El descenso al abismo: El tercer acto

Si usted es de los que está dispuesto a aguantar el paso lento de los dos primeros actos, el despliegue de horror en el tramo final le recordará por qué amamos el cine de Lee Cronin. Cuando la película decide finalmente desatarse, lo hace con una fuerza arrolladora. La sangre, la posesión y el exorcismo se funden en una coreografía macabra que justifica cada minuto de espera. Es un despliegue de horror frontal, sin concesiones, que recupera esa personalidad visceral que Cronin ya nos había mostrado anteriormente.

“La posesión de la momia” termina siendo una experiencia agridulce pero necesaria. Es una obra que se hunde en sus propias referencias para intentar rescatar una personalidad propia. Al final, nos queda el sabor de haber sobrevivido a una maldición que se siente real, no por los vendajes, sino por el dolor que emana de su núcleo familiar.

¿Qué es más terrorífico: la maldición que habita en una tumba milenaria o el vacío de encontrar a una hija perdida convertida en el recipiente de un mal absoluto? Lee Cronin te obliga a mirar el abismo a paso lento, recordándote que el verdadero horror no es el que salta de las sombras, sino el que te espera pacientemente al final del pasillo. Si logras sobrevivir a su silencio, sus gritos te perseguirán por semanas.

Spoiler Show #15