Ya sea que estén acompañadas por drama o comedia, las películas románticas tienen ese nosequé que atrae a un montón de espectadores. Sin embargo, la forma en la que estas cintas representan el amor y las relaciones románticas suele estar muy alejada de la realidad.
¿Alguna vez entraron a un ropero y quedaron varados en un mundo de fantasía? ¿Fueron abducidos por alienígenas? ¿Fueron perseguidos por un psicópata disfrazado con una máscara de hockey? ¿Fueron parte de un equipo deportivo que quedará para siempre en la memoria de una comunidad? ¿Fueron rescatados por Spider-Man? Probablemente, la respuesta sea no. Pero todos nos enamoramos en algún punto de nuestras vidas y también nos rompieron el corazón (esto último pasa más seguido). He allí la razón por la cual las películas románticas son producciones tan especiales y atractivas.
Siempre, en algún punto de una película romántica, hay un momento muy específico que nos roza el corazón, que nos trae recuerdos, nos hace sonreír o nos hace llorar. Puede ser la forma en la que se conocen los protagonistas, la vestimenta, una cita, una conversación, un detalle que nos hace pensar aunque sea por un segundo «a mí me pasó lo mismo». Eso nos acerca a la ficción, nos ayuda a sumergirnos en la trama porque nos sentimos representados, pero en la mayoría de los casos el desarrollo y el final de estas relaciones suele ser muy diferente a lo que pasa en la vida real.
Hay ciertos tropos o clichés que se usan en todas las películas románticas: el gran cambio de imagen en uno de los personajes, el beso interrumpido (seguido del beso forzado), el idiota que luego se convierte en héroe, los gestos románticos exagerados (serenatas, por ejemplo), el falso interés romántico que luego se torna real, el excéntrico mejor amigo/a que ayuda a la pareja, los encuentros inesperados en una ciudad gigante, el momento romántico bajo la lluvia, la corrida por llegar a tiempo a algún lado (generalmente al aeropuerto), la súbita realización de que él o ella es el indicado, la amistad que se vuelve interés romántico, la vuelta con el ex y, obviamente, el final feliz.
Pero les pregunto, ¿De verdad creen que una relación romántica va a salir bien solamente porque la otra persona antes era una amistad? ¿Qué les hace pensar que perseguir a alguien por toda la ciudad es algo normal? ¿Por qué una persona necesitaría un drástico cambio de imagen para que alguien se enamore de ella? ¿Si alguien les parece un idiota, por qué luego se juntarían con esa persona? ¿Cuántas posibilidades hay de que te cruces a tu ex y se vuelvan a enamorar? ¿Cuántas veces nuestro interés romántico es recíproco?
El problema es que estos tropos se convirtieron durante mucho tiempo en un estándar de cómo debe gestarse o desarrollarse una relación de amor genuina en la vida real, pero la realidad es que no suelen suceder, y si lo hacen, el éxito en el amor tampoco está garantizado como en la película. De hecho, las probabilidades de que fracasemos son mucho mayores.
Las películas románticas tienen la particularidad de siempre contar historias de amor que salen bien (salvo alguna excepción), pero eso no es exactamente lo que nos pasa a nosotros ¿Cuántas de nuestras historias de amor tienen un final feliz? ¿El cinco por ciento tal vez? ¿Menos? La mayoría son frustraciones que en un principio las sufrimos, las lloramos y, con el tiempo, las vamos escondiendo en el cajón del olvido para luego saltar a otra, con la misma esperanza, porque el humano es el único ser vivo que tropieza dos veces (o más) con la misma piedra.
La mayoría de nosotros rebotamos de aquí para allá, como si fuésemos una pelota de pinball, tratando de encontrar a alguien que se interese en nosotros de manera genuina. Otros también nos cansamos de buscar y nos resignamos a lo que deparará el destino. Otros, tal vez, aún nos quedamos aferrados a los traumas de una relación pasada y el ancla nos pesa tanto que no nos permite avanzar. Otros no tenemos suerte, siempre llegamos en el momento menos indicado a la hora equivocada. Otros, quizás, no estamos destinados a encontrar el amor y estamos atrapados en este laberinto sin salida. Los protagonistas de estas películas, sin embargo, siempre encuentran a la persona indicada.
Las películas románticas no muestran los fracasos, es más, suelen esconderlos. Y si en alguna ocasión se les ocurre incluirlos dentro de una trama, el final siempre es el mismo: los protagonistas encuentran a su otra mitad. Sin embargo, ese final no está garantizado para nosotros. La persona que nos gusta probablemente no nos quiera como nosotros la queremos, la que extrañamos probablemente no nos extrañe, la que fantaseamos seguramente fantasea con alguien más y cuando nosotros nos damos cuenta de esto, tenemos que volver a empezar de cero. Es como jugar un juego en el que siempre pierdes y nunca sabes si hay alguna manera de ganarlo.
Entonces, si sabemos de todos los riesgos que corremos ¿Por qué seguimos jugando a esto? Porque el premio es enorme. Esto es como en El Juego del Calamar ¿Por qué todos esos participantes arriesgan sus vidas conscientemente? Porque no pueden sacar sus ojos del premio y se convencen a ellos mismos de seguir intentando porque vale la pena. Tenemos la opción de abandonar, de mirar para otro lado, de enfocarnos en otra cosa, pero eventualmente siempre caemos en la misma trampa y lo volvemos a intentar.
Por otro lado, si las películas románticas están tan alejadas de la realidad ¿Por qué las vamos a seguir mirando? Pues porque en cierto punto nos dan esperanza. Porque a veces lo único que necesitamos es ver a alguien lograr lo que nosotros no podemos. Porque, al final del día, lo único que queremos es quedarnos con la persona que nos gusta, tal y como lo hacen todos en estas historias. Es tan simple y ¿triste? como eso.
Por último, nos quedan un par de dudas que nunca se presentan en las películas románticas porque solo vemos a los protagonistas enamorados y siendo felices, pero ¿Qué pasa si nosotros encontramos el amor y no sabemos qué hacer con él? Es decir, ¿acaso somos como perros persiguiendo autos? ¿Y si rechazamos al amor de nuestras vidas sin darnos cuenta? ¿Y si en realidad ya encontramos al amor de nuestras vidas, pero lo perdimos por nuestras propias falencias?