Review: La Odisea de Christopher Nolan va más alla de lo épico

Si tomamos como referencia el consenso académico más extendido, que sitúa la composición de La Odisea hacia finales del siglo VIII a. C. (aproximadamente entre el 750 y el 700 a. C.), el texto tiene, en efecto, más de 2700 años de antigüedad. Es fascinante pensar que, a pesar de haber sido concebida en un mundo tan radicalmente distinto al nuestro, donde la transmisión del conocimiento dependía de la memoria de los aedos (poetas que recitaban los versos oralmente), la obra haya sobrevivido a través de los milenios para seguir siendo estudiada y leída hoy.

La historia abarca un periodo de diez años de travesía por el Mediterráneo, sumados a los diez que Odiseo ya había pasado luchando en Troya. De esta manera, Homero traza dos ejes narrativos en su historia:

El viaje de Odiseo: Una lucha constante contra el cíclope Polifemo —hijo de Poseidón, quien busca venganza una vez que el héroe se adentra en el mar— y su estadía en la isla de Ogigia junto a Calipso, quien lo retiene en un sueño consciente donde ha olvidado quién es y hacia dónde se dirigía.

La situación en Ítaca: El drama político y familiar en la casa real. Penélope vive bajo el asedio constante de pretendientes que, al violar la ley universal de la hospitalidad de Zeus, ansían tomar el trono a como dé lugar. Al mismo tiempo, Telémaco, quien ha crecido sin conocer a su padre, teme por el futuro de Ítaca y de su madre, sintiéndose demasiado joven para reclamar su herencia si Odiseo ha fallecido.

Homero cubre temas políticos, morales y místicos, pareciendo criticar a una sociedad que se desmoronaba moralmente al ignorar los mandamientos de Zeus, como la hospitalidad sagrada hacia el viajero.

La Odisea, según Nolan

Christopher Nolan ha mencionado en diversas entrevistas que su principal referencia ha sido la traducción de la académica Emily Wilson, la cual no retrata a Odiseo como un héroe inmaculado, sino como un “hombre complicado”. Esta visión ha permeado la propuesta de Nolan, quien logra mirar más allá del lente heroico para presentarnos a un hombre con errores y omisiones, cuyo liderazgo se vuelve deficiente debido a un orgullo desmedido: la principal razón por la que enfurece a los dioses.

Lo que resalta en la versión de Nolan es su característica narrativa fragmentada. Viajamos de la conversación con Calipso sobre sus recuerdos de Troya al escape del Cíclope, para luego regresar a Ítaca y su tensa situación sociopolítica. Nolan sabe cómo trasladar un texto antiguo a un público moderno; mezcla con maestría el guion con los visuales impresionantes de Hoyte van Hoytema —viejos conocidos tras colaborar en Interestelar, Tenet y Dunkirk—. Además, al coquetear con el género del terror en muchas escenas, dotan de un dinamismo a una historia que, en otras manos, podría sentirse irrelevante.

La película tiene textura, emociones y, sobre todo, esa dedicación cinematográfica de la vieja escuela. Bebe mucho de los monstruos de Guillermo del Toro al presentarnos a un Cíclope brutal y primitivo, sin caer jamás en la caricatura. Asimismo, inserta la mitología griega de forma orgánica, integrándola al contexto de los personajes en lugar de usarla como un simple elemento efectista, como ocurrió en Furia de titanes o Percy Jackson. Aquí, los dioses funcionan como entidades que trascienden la humanidad de Odiseo sin perder lo terrenal de su imagen.

La Odisea como camino y destino

Algo impresionante en el tratamiento que Homero y Nolan resaltan son las carencias de Odiseo como líder al tomar decisiones que condenan a sus hombres. El orgullo actúa como una piedra constante que no solo lo afecta a él, sino a su entorno. A pesar de conocer las profecías de Circe sobre la muerte de sus compañeros, Odiseo decide desafiar a los dioses, tomando a menudo las peores decisiones posibles. Esta humanidad llena al personaje de vulnerabilidad, convirtiendo la obra en una fábula sobre la oscuridad de la naturaleza humana y, más importante aún, sobre las consecuencias ineludibles de nuestras elecciones: Homero nos recuerda que nuestras decisiones no son solo nuestras, pues su peso recae sobre los demás.

En paralelo, las acciones de sus hombres alteran el destino del viaje. No es solo culpa de Odiseo; la obra resalta que el liderazgo es efectivo solo si quien lo recibe está dispuesto a seguirlo. Los hombres son víctimas de sus propios deseos, desobediencias y rebeldías, como se observa en el pasaje de las sirenas: a pesar de que Odiseo les da cera para proteger sus oídos, algunos deciden ceder ante el canto y buscar lo que escuchan.

La regla de oro de Zeus

Tanto Homero como Nolan subrayan una ley que, al romperse, hace que el mundo de Odiseo se desvanezca: la falta de empatía y hospitalidad. Este es un efecto dominó que comenzó con el Caballo de Troya, una estrategia bélica que, irónicamente, fomentó la desconfianza hacia el extranjero. Odiseo nunca imaginó que una táctica de guerra desencadenaría dos décadas de anarquía. La crítica de Nolan le habla a nuestro tiempo, marcando un paralelismo con figuras políticas actuales que, mediante estrategias racistas y una xenofobia exacerbada, pretenden llevar al mundo al caos.

La adaptación de Christopher Nolan es vasta. Su lenguaje, su historia, su apartado técnico y sus actuaciones encajan perfectamente como una reinterpretación de un clásico para un mundo moderno en colapso. Parece un espejo social donde el factor humano es el problema mayor: la oscuridad interior, la violación de nuestras propias reglas y los desvíos morales como causa de un colapso inminente.

La Odisea de Nolan es tan potente que, al verla, experimenté la misma sensación que al descubrir clásicos como Los diez mandamientos o Ben-Hur.

¡Christopher Nolan va más allá de lo épico!

Spoiler Show #22