Después de un episodio de tantas lágrimas, ahora –al menos a mí parecer– tuvimos un respiro y pudimos despedirnos de Jack tranquilamente. Este episodio fue un road trip para recordar por qué el patriarca de la familia Pearson era un hombre como ninguno otro. Esta vez no saltamos al presente, todo se desarrolló una semana después de la muerte de Jack y de ahí fuimos saltando al pasado, como ya es costumbre, para ubicar un momento de la vida de cada uno de los Pearson y su relación con él, y el hilo conductor fue su icónica camioneta.
Rebecca ahora toma el control de la camioneta, y por ende de sus hijos, a quienes debe apresurar para llegar al panteón para estar a tiempo para el servicio funerario en memoria de su esposo. Con ello recordará como fue que Jack logró obtener la camioneta que los llevó a tantos lugares y les dio muchos recuerdos, tanto bueno como malos. Como la vez que Jack le pidió a Rebecca que cuando él muriera lo dejara libre, y ella busca cumplirlo.
Randall no puede dejar de pensar en el gran hombre que fue su padre. En las pequeñas enseñanzas que le dio y en cómo se siente obligado a convertirse en esa figura que necesita su familia, y que en el futuro vemos adopta para la familia que forma. Pero esa actitud incomoda a Kevin, quién siempre ha sentido cierto rencor hacia su hermano –ya sabemos por qué– y que suma ese odio, justo en un momento tan duro, al ver que no es él quien porta el reloj de su padre.
