El cine mexicano contemporáneo ha encontrado en la frontera norte un escenario inagotable de violencia, migración y desencanto. Sin embargo, en En el camino, el director David Pablos decide desviar la mirada de los tropos habituales del thriller fronterizo para adentrarse en un territorio mucho más inexplorado y doméstico, pero igualmente peligroso: las grietas del machismo mexicano. Doblemente galardonada en el Festival de Cine de Venecia —con el Premio Orizzonti y el Queer Lion—, la película se alza como un hito histórico para nuestra cinematografía al dinamitar un paradigma que parecía inamovible.
Desmantelando las cachimbas: El colapso del macho tradicional
El gran triunfo de Pablos radica en situar su narrativa en el universo de los traileros y las cachimbas, un entorno históricamente hipermasculinizado, blindado por códigos de virilidad intransigente, homofobia casual y resistencia al afecto. Al introducir una relación homoerótica en este ecosistema, la película opera de manera similar a lo que en su momento significó Secreto en la montaña para el mito del vaquero norteamericano.

En el camino no solo expone un secreto a voces; confronta de frente la contradicción del macho mexicano. Rompe el paradigma al demostrar que la identidad del hombre de la carretera no es un monolito, y que el deseo y la vulnerabilidad pueden coexistir bajo el peso del asfalto y el sudor.
La estética del polvo: Preciosísmo en el purgatorio fronterizo
Visualmente, la película se aleja del realismo sucio y documental para apostar por una fotografía preciosista, de encuadres meticulosos y un uso expresivo de la luz que dota a las secuencias de una belleza casi pictórica. No obstante, esta estilización nunca se siente artificial gracias al entorno que la acoge. Tijuana y su frontera tiñen la pantalla de una pátina polvorienta, áspera y cruda.
Esta dualidad estética es brillante: el lirismo visual envuelve la intimidad de los personajes, mientras que la atmósfera desértica y fronteriza recuerda la hostilidad del mundo exterior. El polvo de Tijuana actúa como un recordatorio constante de que el romance y la libertad están condicionados por un entorno geográfico y social que ahoga cualquier intento de escape.
El Muñeco y las nuevas masculinidades: La apertura sin concesiones
Uno de los puntos más agudos del filme es la construcción de los personajes, particularmente la del Muñeco. Lejos de caer en los estereotipos o la caricaturización de los personajes queer, la película nos presenta una masculinidad que no necesita renunciar a sus rasgos tradicionales para habitar la vulnerabilidad y la exploración sexual.

El Muñeco sigue perteneciendo a ese entorno rudo de la carretera; posee la presencia física, el lenguaje y el arraigo de su oficio. Sin embargo, su complejidad radica en su apertura emocional, in su capacidad para dejarse afectar por el deseo y por el otro (Veneno). No es un hombre que reniegue de su identidad, sino que la expande. Representa a una nueva generación de masculinidades que desafía el mandato patriarcal al permitirse explorar su propia sexualidad y sus afectos sin el temor neurótico a perder su condición de “hombre”.
En el camino es una propuesta valiente, de una tremenda potencia visual e íntima. Al utilizar la frontera como un símbolo de la imposibilidad y el limbo existencial en el que habitan sus protagonistas, David Pablos firma una de las obras más necesarias y subversivas del cine mexicano reciente. Una película que, a diferencia de los ejercicios que apuestan por la complacencia o la nostalgia vacía, decide incomodar al espectador para proponer un discurso social y humano indispensable
