Hablar de Agnès Varda es invocar a una figura clave del cine del siglo XX y XXI, pero también a una pionera cuya mirada feminista anticipó y transformó el modo en que las mujeres eran representadas en la pantalla. Fue una cineasta que nunca se alineó con lo convencional: ni en forma, ni en fondo, ni en discurso. Varda filmó con los ojos de quien observa el mundo con empatía, pero también con agudeza política, siempre dispuesta a cuestionar estructuras de poder y narrativas dominantes.
Su cine fue, antes que nada, profundamente humano. Y esa humanidad incluyó a las mujeres no como objeto, sino como sujeto: deseantes, contradictorias, libres o atrapadas, reales. En una época donde los protagonistas masculinos reinaban y la mirada masculina era ley, Varda propuso otra forma de ver y contar.
Agnès Varda nunca se proclamó “militante” en el sentido tradicional. No necesitó etiquetas para hacer cine desde una conciencia profundamente feminista. Su forma de entender el feminismo fue menos panfletaria y más poética, más centrada en las vivencias cotidianas que en el dogma. Aun así, cada uno de sus planos desafiaba con sutileza —o con furia— el rol que la mujer tenía en la sociedad, el arte y la historia.
Ya desde su primer gran éxito, Cléo de 5 a 7, planteó una de las primeras grandes reflexiones feministas del cine moderno. Cléo, una joven cantante parisina, espera los resultados de una biopsia durante dos horas que se sienten eternas. Pero más allá del tiempo diegético, lo que la película revela es el proceso de liberación interna de una mujer que, al principio, se define por su belleza, su fama, su miedo a la enfermedad, pero que termina buscando una conexión real con el mundo.Varda construye a Cléo con una empatía feroz: la cámara no la juzga, la acompaña. La desnuda sin erotizarla. La escucha sin interrumpirla. Cléo se transforma porque se da cuenta de que puede mirarse a sí misma sin los ojos de los demás.
Uno de los retratos más impactantes de la libertad —y la tragedia— femeninas se da en Sin techo ni ley. La protagonista, Mona, es una joven que decide vivir al margen del sistema: sin casa, sin empleo, sin dirección fija. Varda la filma con una mezcla de distancia y compasión, como si quisiera proteger su misterio pero también exponer la violencia con la que la sociedad castiga a quienes se salen del molde.
Lo radical aquí no es solo la elección del personaje, sino cómo se narra su historia. Varda desestructura el relato clásico y recurre a falsos testimonios, entrevistas, y saltos temporales para construir un retrato polifónico.Mona no es una heroína ni una víctima, sino una figura indescifrable, salvaje, contradictoria. Su final, trágico, no es un castigo moral, sino una constatación del abandono social. Varda no moraliza: simplemente muestra.
Este enfoque —más interesado en la observación que en el juicio— recorre buena parte de su obra. Las mujeres de Varda son, en muchos sentidos, incómodas: no se ajustan al modelo de la mujer decorativa, pasiva o dulce. Son solitarias, rebeldes, trabajadoras, artistas, madres, jóvenes o viejas. Pero siempre son sujetas de su historia, incluso cuando no tienen voz.
El cine mainstream ha tenido históricamente un problema con la representación del cuerpo femenino, especialmente cuando este no responde a los cánones estéticos impuestos. Varda, sin embargo, se aproximó al cuerpo como un territorio íntimo, político y cambiante. En Los espigadores y la espigadora, por ejemplo, se filma a sí misma como una mujer mayor que recoge imágenes, ideas y papas deformes, mientras reflexiona sobre el paso del tiempo, el desperdicio y la belleza de lo imperfecto.
Ese gesto —apuntar la cámara hacia su propio cuerpo envejecido— fue revolucionario. En lugar de esconder las arrugas, las celebró. En lugar de evitar el deterioro físico, lo convirtió en poesía. Y en lugar de dejar que la edad la silenciara, redobló su curiosidad.
Varda no solo fue una pionera por lo que filmó, sino también por cómo lo hizo. Su ética de trabajo se basó en el respeto por sus colaboradores, la horizontalidad en el set y la apertura a lo inesperado. Le interesaba tanto el resultado como el proceso, y filmar era, para ella, una forma de estar en el mundo.
Sus obras posteriores, como Caras y lugares, realizadas en colaboración con el artista urbano JR, muestran una cineasta abierta al juego, a la experimentación, al diálogo con otras generaciones. Su forma de hacer cine fue siempre profundamente inclusiva, no solo en lo temático, sino en lo humano.
Hoy, muchas directoras —de Céline Sciamma a Alice Rohrwacher, de Mati Diop a Sofia Bohdanowicz— reconocen la influencia de Varda, no solo en su estética, sino en su manera de habitar el cine. Porque Varda no quiso imitar las estructuras dominantes, sino crear las suyas. Y en ese gesto libertario, profundamente feminista, dejó abierta una puerta por donde muchas otras han podido pasar.
Varda nos enseñó que el cine puede ser un acto de ternura política, un espacio de resistencia y un espejo donde por fin las mujeres se vean reflejadas tal como son: múltiples, imperfectas, intensas, vivas.
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