Tras ganar el Golden Globe por The Studio queda claro que esta producción no se siente como una serie nueva, sino que las películas de Seth Rogen ayudaron a que este caminará en esa dirección, quizá sin saberlo.
Después de verlo empezar como el adolescente inseguro de Freaks and Geeks, reírse del caos juvenil en Superbad y Knocked Up, escapar torpemente del peligro en Pineapple Express y convertir el propio Hollywood en apocalipsis creativo en This Is the End, resulta natural que hoy mire a la industria desde dentro con una mezcla de cansancio, ironía y ternura.
Por eso entender The Studio pasa necesariamente por entender las películas de Seth Rogen.
Cuando la comedia deja de ser juvenil
En Freaks and Geeks, crecer era no encajar; mientras que en Superbad, era una broma incómoda; por lo tanto en Knocked Up, ya era una responsabilidad que llegaba antes de tiempo. Finalmente en Neighbors, la comedia se volvió choque generacional, con el joven que no quiere crecer frente al adulto que no sabe si quiere haber crecido.
La risa ahí no celebraba el desorden, lo habitaba, en esas primeras películas de Seth Rogen no se burlaban de la inmadurez masculina, la mostraban como un estado emocional real con el miedo a elegir, miedo a perder libertad, miedo a aceptar que toda vida adulta implica renuncia.
La realidad entra en escena
Después de eso, la comedia empezó a chocar con algo más serio. 50/50 no usó el humor para evadir la enfermedad, sino para atravesarla, mientras que Steve Jobs no fue una comedia, pero sí fue una confrontación con la obsesión, el ego y el precio de la genialidad.
Ahí la risa dejó de ser anestesia y se volvió herramienta de cuidado, pero las películas de Seth Rogen dejaron de ser sólo graciosas para empezar a ser humanas.
La industria como comedia involuntaria
Después vino el gran giro con This Is the End, película que convirtió a Hollywood en escenario del absurdo por lo que The Disaster Artist, la cual Rogen produjo, miró con cariño el fracaso creativo como acto de fe.
Ya no se trataba de crecer como persona, sino de sobrevivir como creador. Ese gesto, el de mirar la industria desde dentro con ternura y sátira a la vez, es exactamente lo que hace The Studio. La serie no se ríe del mundo creativo, por lo que lo desnuda con afecto.
Y en ese sentido, The Studio no rompe con las películas de Seth Rogen, más bien las ordena.
Por qué The Studio importa ahora
Vivimos una era obsesionada con el detrás de cámaras, con el proceso, con la caída de los mitos. Queremos ver cómo se construyen las cosas, no sólo consumirlas.
Y ahí The Studio funciona como síntesis perfecta, es por eso que el creador mira su propio lugar en la maquinaria creativa, riéndose no del mundo, sino de su propia torpeza dentro de él.
Algo es claro, no hay cinismo, hay cansancio lúcido.
Lo que realmente celebra ese Golden Globe
El premio no celebra que Rogen haya cambiado, más bien celebra que haya llegado.
Que haya encontrado una forma de hablar del fracaso, del éxito, del ego y del miedo sin disfrazarlos de caricatura, sino integrándolos como parte del oficio de vivir.
Las películas de Seth Rogen nos enseñaron a reírnos de no saber crecer, por lo que The Studio nos enseña a sonreír ante no saber exactamente quiénes somos cuando ya crecimos.
Y esa es una diferencia profunda.
Quizá por eso The Studio no se siente como una serie más, sino como una confesión tardía hecha con humor, alguien que, después de muchos años riéndose de la vida, decide finalmente sentarse a mirarla con calma y seguir riéndose, pero ahora con ternura.
