Convertirse en theatre kid no es algo que se planee: simplemente un día despiertas con la certeza de que la vida necesita música, letras y coreografías para expresarse mejor. En mi caso, los musicales llegaron desde la infancia, primero en el teatro con Cats y después en el cine con Vaselina.
Lo curioso es que de niño pateé a los gatos del escenario, creo que mis papás pensaron que jamás me gustarían los musicales, pero el destino tenía otros planes: terminé encontrando en ellos un apellido, una identidad y una comunidad.
Hugh Jackman, Zendaya y Zac Efron compartiendo pantalla era un sueño que no necesitaba más presentación. Pero lo que realmente me atrapó fue cómo cada número encajaba con la perfección de un engranaje. Canciones como This Is Me no solo viven en mi cabeza sin pagar renta, también me acompañan en cada momento en el que necesito recordar quién soy.
Cada coreografía parecía diseñada para despertar la fuerza interior de quien lo mirara, como si dijeran “no importa lo que digan, aquí estás tú y tu voz merece ser escuchada”.
Con el paso del tiempo, The Greatest Showman se convirtió en una especie de amuleto. Lo he visto tantas veces que podría narrar cada escena con los ojos cerrados. Sus canciones me acompañan cuando necesito energía antes de una alfombra roja o simplemente cuando la vida se vuelve un poco más gris de lo normal.
Ese himno a la diferencia, a lo extraordinario, es también una declaración personal: porque ser fan de los musicales es entender que todos tenemos derecho a protagonizar nuestra propia historia.
La estética retro, los romances adolescentes y esas canciones inolvidables marcaron a generaciones enteras. Yo era un niño cuando descubrí Summer Nights o Hopelessly Devoted to You y, aunque no entendía el contexto completo, ya sentía la emoción que transmitían.
Vaselina me mostró que las canciones podían hablar del amor, del deseo, de las contradicciones juveniles, incluso cuando uno todavía no sabía ponerles nombre a esos sentimientos. Era el inicio de comprender que la música tiene un poder que va más allá de la melodía.
Con los años, descubrí que Grease también tenía una magia particular: la de hacerte sentir parte de un grupo, como si todos los espectadores fuéramos estudiantes de la misma preparatoria.
Fue el primer musical que me dio ganas de estar sobre un escenario, aunque fuera sólo en sueños o en una audición fallida con Ocesa. Y es que, más allá del romance de Danny y Sandy, lo que permanece es la sensación de comunidad: de que todos podemos cantar juntos bajo el mismo cielo de verano.
Si hay un musical que me enseñó sobre el amor, ese fue Moulin Rouge. Come What May no es sólo una canción: es una promesa. Una declaración de que amar, y ser amado de vuelta, es el acto más revolucionario que existe.
Cada acorde, cada mirada entre los protagonistas, parecía recordarme que, aunque el amor puede doler, también es la fuerza más grande que mueve al mundo. Esa canción sigue siendo un reflejo de cómo entiendo el amor: absoluto, intenso y capaz de desafiar cualquier obstáculo.
Al mismo tiempo, Moulin Rouge me enseñó que el amor no siempre tiene un final feliz. Que a veces los sueños y los sentimientos no caminan de la mano, y que lo que queda es la certeza de haber amado con todo el corazón.
Ese mensaje, lejos de ser una derrota, es un recordatorio de que la vida está hecha de momentos que brillan con la fuerza de un espectáculo. Y que incluso cuando la función termina, la música sigue resonando en el alma.
Muchos criticaron el final de La La Land, pero para mí fue una revelación: los sueños también cuestan y, a veces, el sacrificio mayor es el amor. La película me enseñó que perseguir lo que amas puede implicar dejar ir otras cosas, pero también que el amor propio y la pasión por lo que haces son formas poderosas de querer.
El famoso epílogo, con esa coreografía que muestra un “qué hubiera pasado si…”, me sigue estremeciendo cada vez que lo veo.
Más allá de la historia de Mia y Sebastian, La La Land es un musical que me acompaña en mi trabajo diario. Siempre que me preparo para cubrir una alfombra roja o enfrentar un nuevo reto, escucho Someone in the Crowd y siento que estoy listo para conquistar el mundo.
Esa mezcla de jazz, color y nostalgia es también una invitación a no dejar de soñar, incluso cuando el camino se llena de sacrificios. Porque a veces, lo importante no es el destino, sino el viaje musical que nos lleva hasta allí.
Sing Street fue casi un regalo tardío, recomendado por amigos. Al principio me resistí, pero hoy agradezco haberlo visto. Es un homenaje al Brit-pop, a los 80 y a esa rebeldía juvenil que se vive como si fuera música.
Ver a esos chicos armar una banda y descubrir su identidad a través de las canciones me recordó lo poderoso que es tener una pasión, algo que te salva incluso en los momentos más complicados. Sing Street es, en esencia, una historia de resistencia creativa.
Lo que más me marcó fue su capacidad para hacerte sentir que, sin importar lo gris del entorno, siempre puedes crear algo hermoso. La música se convierte en un refugio, en una forma de decir “aquí estoy” cuando el mundo intenta apagarte.
Esa lección me recordó la importancia de rodearse de amigos y personas que creen en ti, porque a veces no basta con tener un sueño: necesitas una banda, literal o metafórica, que te acompañe en el viaje.
Con el paso del tiempo llegaron otros musicales que reafirmaron mi amor por el género. Lylo, Lylo Cocodrilo me hizo reír y reunir a mi familia. Wonka me arrancó lágrimas un domingo en la mañana, recordándome que los sueños se forjan con esfuerzo.
Todo el Mundo Habla de Jamie me recordó la importancia de la diversidad y la valentía. Wicked fue una experiencia que viví en el Auditorio Nacional y que reviví más de nueve veces en el cine.
Y Tick, Tick… Boom! me habló justo cuando estaba a punto de explotar creativamente, enseñándome que rodearse de las personas correctas es un acto de supervivencia.
Hoy miro atrás y veo que todos estos musicales fueron piezas de un rompecabezas que me construyó como persona y como profesional. Algunos me hicieron llorar, otros bailar, otros soñar más alto. Todos, sin excepción, me enseñaron que la vida es más llevadera cuando se vive al ritmo de una canción.
Porque al final, ser un theatre kid no es sólo amar los musicales: es entender que, en un mundo que muchas veces calla emociones, la música y el teatro nos dan la valentía de cantarlas a todo pulmón.