Cobertura FICM | Reseña: La bola negra — La disidencia que se habita desde la libertad y el orgullo

Los Javis son los causantes de las lágrimas de muchos. También de que, como sucede a menudo en el arte gracias a la atención mediática que recibe una obra, el público comience a voltear a ver una pieza musical, un libro o una película. Cuando el arte es derivativo y amablemente te lleva a consumir más arte o despierta tu hambre de conocer más, no importa de dónde venga: es bueno.

La bola negra es una historia no publicada de Federico García Lorca, quien murió fusilado por el gobierno fascista de su época. Con este texto en el centro de la trama, la película me recuerda mucho a Las horas, de Stephen Daldry —que a su vez adapta la novela de Michael Cunningham—, la cual coloca en el centro a Virginia Woolf y su obra Mrs. Dalloway. De este modo, en la adaptación cinematográfica de La bola negra, tres personajes giran en torno a un texto desde distintas épocas.

Carlos en 1934, Sebastián y Rafael en 1937, y Alberto en 2017. Estos personajes están ligados directa o indirectamente por el escrito de Lorca, marcados antes que nada por la magia del arte, la tragedia amorosa y el rechazo sistemático a sus preferencias sexuales. Esta segregación hace que los motores suenen muy distintos en estos tres hombres. Tienen un propósito, sin saberlo, más allá de ellos mismos, e ignoran el poder de su historia y la repercusión que tendrá en una actualidad que parece estar sufriendo una regresión ideológica aplastante.

Los Javis llenan la propuesta de simpleza emocional, basando su adaptación y guion en una sencilla historia de amor mezclada con un coming of age, donde Sebastián decide salir del clóset al enamorarse de Rafael, un soldado al que presumen traidor y disidente de su patria. Sebastián, al enterarse de un secreto de este preso político, empatiza más allá de lo que un guardia celador debería hacerlo. Esto afecta un futuro conectado con Alberto, un joven escritor que en 2017 lleva una relación fatal con su madre, quien a su vez tuvo una relación tormentosa con el padre de él, un hombre ya fallecido que le dejó una herencia a ese nieto al que nunca le permitieron conocer.

Así, los directores de Paquita Salas tejen una historia de reconocimiento, aceptación, amor y resiliencia que destaca, ante todo, por una fotografía increíble. Las escenas y planos son portentosos, no solo en lo visual, sino también en lo emocional. Cada imagen te está contando algo, acompañada casi siempre por la voz de un narrador. Asimismo, las actuaciones y la dirección de actores son impresionantes. Destaco especialmente el trabajo de Guitarricadelafuente como Sebastián y el de Miguel Bernardeau como Rafael.

Por otro lado, hay apariciones actorales que me impactaron porque su ausencia se siente en toda la película y porque, al verlas en pantalla, notas de inmediato su presencia y autoridad escénica: Lola Dueñas y Penélope Cruz son impresionantes. Ambas, participando en sus respectivas épocas, le otorgan un peso tremendo al filme aunque sus intervenciones no sean tan frecuentes.

Los Javis logran que el espectador viaje de una época a otra sin tratarlo como tonto: apuestan por un espectador inteligente y no sobreexplican las cosas. No recurren a los típicos tonos sepia para el pasado ni al azul para el presente; simplemente transitan de un tiempo a otro y ya está. El manejo de las temporalidades, al igual que en Las horas, es prodigioso: los cortes no se sienten ni se ven forzados.

Es un auténtico milagro que una película de casi tres horas mantenga al espectador absorto todo el tiempo.

No pretendo revelar más sobre La bola negra; simplemente puedo decir que Los Javis hacen de Federico García Lorca una experiencia sumamente conmovedora, épica y, en mi caso, muy personal. ¡La disidencia se habita desde la libertad y con orgullo!

Spoiler Show #28