Review: “La Llorona”, el mito que dejó de ser leyenda para volverse estadística

Hace unos días, al bajarme del Metrobús en la Ciudad de México, no pude evitar hacer un ejercicio mental tan frío como aterrador. Un camión articulado de este sistema tiene capacidad para unas 110 personas. Imaginen por un segundo que, cada día, un camión completo sale de la terminal pero nunca llega a su destino. No hay rastro de la unidad, ni de los pasajeros, ni de sus historias. Simplemente se desvanecen.

Esa es la escala de la tragedia que vivimos en México, y es precisamente el puente que conecta nuestra realidad con la magistral pieza de Jairo Bustamante, La Llorona (2019). Aunque la película utiliza el género del horror para hablar del genocidio en Guatemala, lo que Bustamante pone sobre la mesa no es un cuento de fantasmas, sino una radiografía de un ADN sangriento que compartimos en toda Latinoamérica.

El horror de los datos duros

El cine, cuando es verdaderamente potente, funciona como un espejo incómodo. Mientras Bustamante retrata el juicio al dictador Enrique Monteverde (un trasunto evidente de Efraín Ríos Montt, quien en solo 17 meses de gobierno —1982 a 1983— orquestó la desaparición de 440 comunidades mayas ixiles), nosotros en México nos enfrentamos a una espiral que parece no tener techo.

Si analizamos el promedio diario de personas desaparecidas en los últimos sexenios, la gráfica es una herida abierta que no deja de sangrar:

Felipe Calderón: 17 personas al día.

Enrique Peña Nieto: 45 personas al día.

Andrés Manuel López Obrador: 75 personas al día.

Claudia Sheinbaum: 91 personas al día en lo que va del periodo actual.

Hoy, con una cifra acumulada que supera los 133,000 desaparecidos, la metáfora del Metrobús deja de ser un ejercicio retórico para convertirse en una realidad cotidiana: casi un camión lleno de personas no regresa a casa cada 24 horas.

La Llorona como profecía, no como mito

En la cinta de Bustamante, el lamento de la mujer que busca a sus hijos no es un recurso para asustar al espectador; es el eco de las 45,000 desapariciones forzadas registradas en Guatemala entre 1960 y 1996. Es el reclamo de la justicia que el Estado intentó desplazar y enterrar.

Lo que hace que La Llorona sea una obra imprescindible para el público mexicano es su capacidad de transformar la figura folclórica en una profecía sangrienta. La Llorona no es un espectro del pasado; son las madres buscadoras que hoy recorren los predios de nuestro país, rascando la tierra en fosas comunes, buscando una verdad que las cifras oficiales intentan diluir.

Como críticos y espectadores, a veces buscamos en el cine una vía de escape. Sin embargo, piezas como esta nos obligan a lo contrario: a la consciencia. Bustamante no hace “cine de panfleto”; construye un relato de suspenso político y formal que nos recuerda que en Latinoamérica el pasado nunca está muerto, ni siquiera es pasado.

¡Ya la pueden comprar o rentar en plataformas digitales!

Spoiler Show #16