Hay una frase que Lucrecia Martel soltó en su reciente paso por la Cineteca Nacional que me sigue dando vueltas en la cabeza: la justicia como una “construcción dramática”, casi operística. Para Lucrecia, el juicio por el asesinato de Javier Chocobar no fue solo un proceso legal; fue un despliegue de la demencia institucional donde el Estado argentino —ese mismo que exige papeles imposibles a quienes han habitado la tierra por siglos— se convierte en un escenario de ficción.
Desde que pude ver su más reciente documental en el Festival de Cine de Morelia (FICM) 2025, supe que estaba ante una de mis piezas favoritas del año. Pero escucharla hablar sobre el proceso de Nuestra tierra mientras (o Chocobar) eleva la experiencia a algo mucho más oscuro y necesario. Lo que Martel pone sobre la mesa es la necropolítica en su estado más puro: ese poder soberano de decidir quién merece vivir y quién es “prescindible” en aras del “progreso”.

La Muerte como Moneda de Cambio en Latinoamérica
El caso de Chocobar en Tucumán no es una anomalía; es el blueprint de Latinoamérica. Es la misma historia que se repite en México, en Brasil, en Colombia: gobiernos que actúan como guardaespaldas de empresas extranjeras. La falta de justicia no es un error del sistema, es su función principal. Se protege la exploración de recursos naturales mientras se aniquila el cuerpo que estorba la maquinaria. La muerte de Chocobar es la muerte de la soberanía sobre el territorio y sobre el propio relato.
Lucrecia: La Voz de la Justicia Humana
Si algo queda claro al escuchar a Martel, es que ella es, quizá, una de las voces cinematográficas más justas y humanas de nuestra actualidad. No se conforma con el archivo frío; ella buscó ser “útil” para la comunidad. Se alejó de la mirada del “documentalista salvador” para usar las herramientas de la ficción y desarmar el mito de la nación.

Ella entiende que si el Estado usa la ficción para despojar, el cineasta debe usarla para restituir la verdad. En las 300 horas de material que filmó, lo que emerge no es solo un juicio, sino un espejo de nuestra propia desidia continental.
Nota del autor:Nuestra tierra mientras no es solo una película; es un expediente de resistencia que debería ser obligatorio en cada escuela, como bien dice Lucrecia, para entender de qué está hecha esa cosa que llamamos “justicia”.
Con “Nuestra tierra”, Lucrecia Martel confirma que el cine no es solo mirar, es intervenir. Un mapa brutal de la necropolítica en Latinoamérica y la herida de Javier Chocobar. De lo más justo, humano y necesario de este 2026. ¡Una obra maestra que te desarma!




