Dirigida por Mona Fastvold y coescrita junto a su esposo Brady Corbet (la mente detrás de The Brutalist), El testamento de Ann Lee llega no como una simple lección de historia, sino como una sacudida visceral al género biográfico. Lejos de las dramatizaciones acartonadas a las que nos tiene acostumbrados Hollywood, la película se atreve a rescatar a la precursora del movimiento de los Shakers del siglo XVIII y transformarla en un espectáculo folk, dramático y, sorpresivamente.
La disrupción como lenguaje narrativo
Lo verdaderamente brillante de esta cinta radica en su formato. ¿Un biopic histórico contado como un musical? Es una apuesta arriesgada que aquí resulta genialmente disruptiva. Ann Lee fue una líder que promovió el celibato, la comunicación activa con Dios y la expresión de la devoción a través de temblores y danzas frenéticas (de ahí el término Shakers). Al elegir el género musical folk, Fastvold y Corbet no solo cuentan la historia de la secta; la encarnan. La película adopta ese mismo espíritu cinético y convulsivo, rompiendo las reglas del drama de época para convertir el relato en un rito en pantalla.

El sonido de la sublimación
La música no es un mero adorno para hacer la trama más digerible, sino el motor de la obra. Sustentada en más de una docena de cánticos religiosos reales, enfocados en la sublimación espiritual y humana, la banda sonora (trabajada de la mano de Daniel Blumberg) envuelve la narrativa en una atmósfera casi mística. La traslación de estos cánticos históricos a la pantalla grande es lo que eleva a la película, haciendo que el espectador comprenda el fervor de la época a través del sonido.
El rostro de lo invisible y el imperdonable desaire de la Academia Hay un detalle histórico fascinante que la película aprovecha a su favor: Ann Lee murió en 1784, cuarenta años antes de la invención de la fotografía. Ante la ausencia de un registro visual real, Amanda Seyfried toma el control absoluto y le otorga a esta figura su único rostro definitivo.

Seyfried entrega una actuación monumental, cargando sobre sus hombros el peso de la devoción, el liderazgo y el fanatismo. Que haya sido nominada al Globo de Oro es apenas lo justo, pero que la Academia la haya ignorado en la categoría de Mejor Actriz en los premios Oscar es, francamente, un horror y una omisión imperdonable que evidencia la ceguera de la industria ante actuaciones verdaderamente transgresoras.
El testamento de Ann Lee es una rareza hermosa que exige ser vista en la pantalla grande (a la que afortunadamente llegará en un par de semanas). Es una obra histórica y dramática altamente recomendada que demuestra que el cine biográfico aún tiene formas de sorprendernos, de reinventarse y, sobre todo, de hacernos temblar.
