Horrores inmortales: la historia de Universal Monsters

Por irónico que parezca, Universal Monsters, la primera gran franquicia del cine hollywoodense, nació en Europa. Y en más de un sentido.

Narrativamente hablando, las bases de sus historias se remontan al viejo continente. Ya sea en forma de leyendas, como es el caso de El hombre lobo que deambulaba salvaje por los páramos británicos. Sucesos históricos como los sangrientos métodos de Vlad Tepes que dispararon la imaginación del irlandés Bram Stoker para la creación de Drácula. O clásicos literarios como Frankenstein surgido de la genialidad de Mary Shelley, que favorecida por las tendencias del romanticismo, moldeó la novela definitiva sobre la creación de la vida a través de la ciencia.

A esto se suman los antecedentes del joven cine europeo cuya franca obsesión por el terror se manifestó a lo largo y ancho de todo el bloque continental. Una tendencia surgida del teatro y que no tardó en manifestarse en la pantalla con títulos tan variados como El golem (1915), El gabinete del doctor Caligari (1920), Nosferatu (1922). Pero sobre todo, resultado de las tensiones sociopolíticas que aquejaron a la región hasta desembocar en la Gran Guerra, así como las terribles consecuencias del conflicto bélico.

La hecatombe de hombres jóvenes cayendo en la flor de la vida parecía alimentar la siniestra nostalgia de los supervivientes”, asegura el autor David Skal en su libro Monster Show. A esto se suma el hecho que “la guerra moderna había introducido nuevos y anteriormente inimaginables métodos para destruir o reordenar brutalmente el cuerpo humano. Avances paralelos en la medicina moderna habían posibilitado que los soldados sobrevivieran a heridas que anteriormente habrían resultado fatales […]. Les gustara o no a los norteamericanos, el horror se estaba expandiendo en dirección a occidente como, como un manifiesto destino de lo macabro […]. Forzados a salir de sus antiguas criptas y castillos por las modernas sacudidas de la guerra, [los monstruos] comenzaron a buscar un nuevo lugar de reposo, deslizándose inexorablemente hacia Hollywood, donde podrían renacer de sus cenizas”.

Y así fue, empezando por obras que hoy día provocan orgullo y vergüenza en el estudio y en toda la industria estadounidense.

Monstruosa controversia

Los horrores de la Gran Guerra fueron directamente vinculados con la muerte, pero también con la mutilación y la deformidad. Si hubo alguien que supo sacar provecho de esta relación fue Lon Chaney, también conocido como el hombre de las mil caras y quien se sometía a tortuosos procesos de caracterización con el único fin de impactar a la audiencia. Una práctica que alcanzó su primer pico con The Penalty (1920), cinta criminal altamente perturbadora sobre un niño cuyas piernas son amputadas por error y que crece para convertirse en un criminal ansioso de cobrar venganza contra la hija del médico que lo atendió. Su retorcido plan implica cortar las piernas del prometido de la joven para usarlas en sus propios muñones. Para lograr un mejor resultado visual recurrió a un aparato que cortaba peligrosamente su circulación, lo que generó preocupación de médicos y la propia producción, la cual aumentaba ante sus repetidos desmayos en el set.

El sacrificio valió la pena al disparar su popularidad a lo más alto y plasmar las frustraciones de los veteranos de guerra en su regreso a casa. Una combinación que no pasó desapercibida para Universal que no vaciló en contratarle como protagonista de El jorobado de Notre Dame (1923) donde portaba una joroba de goma de 22 kilos. La adaptación de la novela homónima de Víctor Hugo es bien conocida por todos, no así el hecho de que por años fue considerada la primera entrega de Universal Monsters y que el estudio ha realizado grandísimos esfuerzos por erradicarla de la franquicia. Esto porque fue realizada en un mundo intrigado por la deformidad y la reconstrucción, al grado que Europa tenía distintas exhibiciones al respecto que iban de museos a circos. Pero el cine trasciende generaciones y lecturas modernas aseguraron que Quasimodo no era un monstruo, una presencia escalofriante, ni mucho menos una amenaza, sino un individuo cuya deformidad congénita le convirtió en una víctima de la sociedad.

La situación cambió con la nueva alianza entre Universal y Chaney: El fantasma de la ópera (1925), inspirada en la novela homónima de Gastón Leroux. Su genialidad, según Skal, radicó en que “la guerra no se mencionaba explícitamente […], pero dado que tampoco se ofrecía ningún tipo de explicación para el horripilante aspecto del fantasma, el cadavérico rostro de Chaney podía tocar los nervios más sensibles de la cultura, sin que mediara riendas racionales. Adaptaciones posteriores y menos efectivas añadirían una explicación a la deformidad del fantasma (habitualmente un vaso de ácido arrojado al rostro), pero el fantasma de la ópera de Chaney era primerio y congénitamente horrible; la monstruosidad era el nacimiento en sí mismo”.

Las leyendas del cine aseguran que la mítica escena en la que Christine (Mary Philbine) arranca la máscara al fantasma mientras este toca su órgano subterráneo provocó gritos e incluso desmayos en el público. Su apariencia, simbólicamente equiparada a la de un pene destrozado incapaz de seducir a su amada, sigue siendo motivo de asombro hasta nuestros días. Universal Monsters había nacido.

Que vengan los monstruos

Mucho se ha hablado sobre los tortuosos primeros años del siglo XXI, pero lo cierto es que los inicios del XX tampoco resultaron sencillos. Y es que justo cuando las secuelas de la Gran Guerra parecían difuminarse en el imaginario colectivo, el mundo fue azotado por la Gran Depresión. Tal y como había sucedido en el pasado, el terror no fue indiferente a la situación, pero la gran diferencia fue que ésta vez pudo plasmar el caos y la desesperación en tiempo real, producto de una industria consolidada y de una crisis que se extendió por cerca de una década. O como bien dice Skal, “las películas ofrecían una huida instintiva, terapéutica”, razón por la cual “los peores años del siglo para Norteamérica serían los mejores años de los monstruos”.

No es exageración. Los temores de una crisis financiera que comenzaron a manifestarse en 1929 y alcanzaron su punto más bajo en 1931 coincidieron con dos de las películas más representativas no sólo de Universal Monsters, sino de toda la historia del género: Drácula y Frankenstein.

Los derechos de la novela homónima de Bran Stoker fueron disputados por años por MGM y Universal. Sobra decir que este último logró hacerse con ellos, pero la victoria quedó incompleta por la imposibilidad de ver a Lon Chaney en el rol estelar luego de que este falleciera en 1930. Pero el plan fallido abriría una puerta decisiva para el futuro del cine, luego de que el estudio se decantara por Béla Ferenc Dezsö Blasco, mejor conocido como Bela Lugosi para encarnar al mítico conde. Una decisión curiosa si consideramos que no era un actor realmente popular en Estados Unidos, cuya apariencia le había limitado a papeles de árabe, faquir o apache, y con un inglés tan lamentable que se apoyaba de manera importante en la memorización fonética de sus líneas. Y aun así era una apuesta comprensible si consideramos que el actor había tenido una estupenda respuesta previa en el teatro con la encarnación del mismo vampiro, donde muchas de sus mayores debilidades se convirtieron en fortalezas.

Si bien la crítica y algunos sectores del público fueron duros con Drácula –la acusaban de enferma y morbosa–, la respuesta en taquilla fue un éxito. Tanto así que el estudio deseaba repetir a Lugosi para su próximo gran proyecto, Frankenstein, pero el actor rechazó la oferta al considerar que no hacía justicia a su nuevo estatus de estrella al tratarse de un monstruo poco comunicativo y cuya concepción requería capaz de maquillaje que le ocultarían el rostro.

Se arrepentiría toda su vida de la decisión, que a su vez resultaría en el ascenso absoluto de Boris Karloff, apoyado por una de las caracterizaciones más fascinantes de todos los tiempos. Sobre la primera prueba en pantalla, el actor explicó que “estaba pensando en esto, practicando mis andares, cuando al doblar una esquina me di de bruces con un trabajador. Fue el primer hombre que vio al monstruo. Le observé para estudiar su reacción. No tuve que esperar mucho. Se puso blanco, gorjeó y salió disparado hasta perderse de vista. No volví a verle jamás. Pobre chico, me hubiera gustado darle las gracias. Él fue el público que por primera vez me hizo sentir como el monstruo”.

Por su parte, fueron ellos los que por primera vez hicieron sentir a las audiencias como víctimas indefensas ante los miedos provenientes desde el inconsciente. Drácula simbolizó el rechazo al capitalismo en la figura de un conde cuya expansión territorial viene acompañada por la sed de sangre humana; el monstruo Frankenstein hizo lo propio con una ciencia cuyos avances habían desembocado en la violación del orden natural de las cosas como era el derecho divino al descanso eterno, profanado en la figura de la criatura. Dieron además las versiones definitivas de sus respectivos monstruos, al grado que hoy día es casi imposible imaginar al conde sin su emblemática capa y su relamido peinado, o a la criatura sin su apariencia cuadriculada y los tornillos que emergen de su cuello. Desafiaron también los límites de la moralidad de la época, con auténticas profanaciones a las buenas costumbres que les llevaron a ser señalados por más de uno, incluyendo autoridades eclesiásticas.

Finalmente, demostraron que el ser humano es un monstruo en potencia, como demuestran los aldeanos enfurecidos que intentan aniquilar una vida tan brutal como inocente por el nerviosismo que les genera su perturbadora apariencia.

La construcción de una franquicia

Detallar la historia de los monstruos de Universal es una labor tan compleja que se requerirían decenas de libros para lograrlo. Esto porque el estudio estrenó más de 40 títulos protagonizados por distintas criaturas entre 1931 y 1956, un periodo de 25 años que suele ser recordado como la edad de oro del género en los Estados Unidos. Más sobresaliente aún es que 31 de estas películas pertenecen a la franquicia Universal Monsters, aunque sólo ocho pertenecen a la élite.

El conteo inicia con El fantasma de la ópera, Drácula y Frankenstein. Estas dos últimas fueron determinantes en la realización de La momia (1932), heredera del vampiro en narrativa y de la criatura en su protagonista. Fue por mucho tiempo la única cinta original de la colección sin una base literaria ni mitológica, ya que sus bases se remontan a la presunta maldición suscitada tras la apertura de la tumba de Tutankamón en 1922.

Las pesadillas continuaron con El hombre invisible (1933), que refrendó el miedo a la ciencia y la tecnología con la consolidación del científico loco, uno de los tropos más recurrentes del terror y el sci-fi, y que sigue utilizándose hasta nuestros días. Una revolución temática, pero también técnica gracias a sus fascinantes efectos visuales que dotaron de auténtica invisibilidad al actor Claude Rains. Aunque si de innovaciones narrativas se trata, pocas tan memorables como las de La novia de Frankenstein (1935), con Elsa Lanchester en el doble papel de la criatura titular y la autora Mary Shelley, que rompió los límites de la metanarratividad para dar una de las cintas más destacadas de todos los tiempos. Pero también una de las más controvertidas, con nuevas alusiones directas al hombre usurpando el papel de Dios como dador de vida, esta vez no sólo de un retorcido Adán sino de una oscura Eva, lo que invariablemente desembocó en señalamientos de perversión. Acusaciones que acompañaron al director James Whale a lo largo de toda su vida y que se vieron enaltecidos por su abierta homosexualidad.

Hombre lobo de Londres (1935) habría sido la cinta licantrópica definitiva de no haber suavizado a la criatura. Su relego a un papel secundario se completó con el estreno de El hombre lobo (1941), que estrenada durante la II Guerra Mundial, simbolizó la naturaleza brutal del ser humano incluso en estado civilizado, con la infame maldición que dicta que «incluso un hombre puro de corazón que reza sus oraciones de noche puede convertirse en lobo cuando la matanza florece y la luna otoñal brille». La cinta marcó además la incursión de Lon Chaney Jr. a la franquicia, hijo del mítico Lon Chaney y heredero de su talento en las dotes de la actuación y la caracterización. Aunque eso sí, con métodos menos tortuosos.

La saga sólo se completó más de diez años después con El monstruo de la Laguna Negra (1954), cuyas acciones ubicadas en Brasil reflejan el nerviosismo a las amenazas ocultas en las regiones más exóticas de un mundo que debía abrirse para contener la expansión soviética en plena Guerra Fría. Fue, después de La momia, la única cinta netamente original de la franquicia, sin una historia de origen previamente establecida en el imaginario colectivo.

Se oculta la luna llena

La importancia de Universal Monsters no se limita a su carácter narrativo y simbólico, sino también a su potencia económica en tiempos de crisis. Producciones relativamente económicas cuyos altos ingresos fueron determinantes para sostener una industria en tiempos de poco dinero y necesidad de ahorro. Esto mismo resultó en una franca sobreexplotación de las distintas criaturas que se manifestó desde muy temprano en su recorrido, con la primera secuela estrenada en 1936 (La hija de Drácula) y el primer crossover en 1939 (El hijo de Frankenstein). Este último, no está de más aclararlo, no fue entre monstruos –crédito que corresponde a Frankenstein contra el hombre lobo (1943)—, sino entre actores con Boris Karloff como la criatura y Bela Lugosi en el papel de Ygor.

Por todo esto, los estudiosos del tema no han podido determinar cuándo empezaron los tropiezos de la franquicia y coinciden en que sus excesos más bien resultaron en una historia de altibajos. Eso sí, todos coinciden en que la debacle comenzó cuando el impacto de los monstruos decayó de un modo tan dramático que el estudio debió cambiar el miedo por las mofas. Esto resultó en tres encuentros con la dupla de Abbott y Costello, siendo Abbott y Costello contra los fantasmas (1948) el primero de todos. Una fórmula desesperada por extender la vida cinematográfica de estos seres, pero que terminó condenándoles para siempre en la mente del público que visualizó al monstruo clásico como algo obsoleto e incluso risible. La franquicia terminó oficialmente en 1956 con El monstruo vengador.

Pero como toda buena pesadilla, los monstruos no se fueron para siempre

La resurrección del monstruo

Hubo un tiempo en el que se pensó que la era de los llamados monstruos clásicos se habían marchado para siempre, pues parecía que estas criaturas no tenían nada que hacer ante un terror cada vez más sofisticado y oscuro, que apuntaba con fuerza a la posesión satánica y el zombie. Pero como buenas criaturas de la noche, estos seres se mantuvieron expectantes en las profundidades de sus respectivos recintos, en espera de nuevas oportunidades que no tardaría en llegar. Las primeras manifestaciones de ello se dieron en los 80, con los vampiros y los hombres lobo convirtiéndose en símbolos recurrentes de la rebeldía y el desenfreno juvenil. Un hombre lobo americano en Londres (1981) es buen exponente de la tendencia, enaltecido además por la más brillante conversión licantrópica de toda la historia.

Pero el primer pico de resurrección no llegaría sino hasta los 90, con Drácula de Bram Stoker (1992), Frankenstein de Mary Shelley (1994) y Lobo (1994). Ninguna de Universal, pero todas dotadas de un clasicismo les valió ser ascendidas por el público como una trilogía no oficial que plasmaba las tragedias de las criaturas titulares, pero eso sí, sin descuidar el horror a la sangre, la muerte y lo desconocido.

Esta tendencia fue determinante para que Universal, viejo amo y señor del terror norteamericano, volteara nuevamente a su bóveda para desempolvar sus viejas propiedades. Pero consciente de que la esencia de antaño no funcionaría para las nuevas audiencias, decidió fusionar el miedo con la aventura para La momia (1999). Un filme refrescante, pero de impacto efímero por el pobre desempeño de las secuelas y la pobre recepción de Van Helsing (2004) que aspiraba a replicar la fórmula. Y aun así, suficiente para renovar el interés de las nuevas generaciones en los personajes de Lugosi, Karloff y compañía.

Desde entonces, Universal ha realizado importantes esfuerzos para que sus monstruos puedan ver nuevamente la luz de la luna, aunque ninguno ha sido del todo efectivo. Tal fue el caso de El hombre lobo (2010), que apoyado en el viejo terror victoriano, respaldado por el talento conjunto de Benicio del Toro y Anthony Hopkins, y favorecido por una impresionante criatura a cargo de Rick Baker, fracasó por un corte final intervenido. Su versión del director ha sido objeto de alabanzas, pero su poca difusión no ha podido redimirle del todo. Ni qué decir de la renuencia del estudio a colaborar con Guillermo del Toro para una reinvención amorosa de El monstruo de la Laguna Negra. El proyecto terminó en manos de Fox y terminó alzándose con cuatro Premios de la Academia, incluyendo Mejor director y película.

Más controvertido aún fue el reboot de la saga como un universo cinematográfico que respondía al nombre de Dark Universe. Las premisas se dispararon por todo lo alto por el cariño del público hacia estas criaturas, así como por la intervención de actores de altísimo calibre como Tom Cruise, Russell Crowe, Johnny Depp, Javien Bardem y presuntamente Angelina Jolie, para luego caer en picada ante una infame planeación. Hoy día pocos están seguros si la franquicia empezaba con Drácula: La historia jamás contada (2014), cuyo vampiro parecía más extraído de La historiadora de Elizabeth Kostova que de la novela de Bram Stoker, o con La momia (2017) que intentó fusionar la esencia de la cinta noventera protagonizada por Brendan Fraser con la excentricidad de Un hombre lobo americano de Londres. En cualquier caso, ambas cintas fracasaron y condenaron el esfuerzo para siempre.

O tal vez sólo abrieron otra puerta. Y es que como bien hemos visto, la historia de Universal Monsters está plagada de accidentes más bien afortunados. En este caso, la catástrofe del Dark Universe provocó que estos seres desembocaran en Blumhouse, que no tardó en aprovecharlos para plasmar preocupaciones sociales del mundo contemporáneo tal y como hicieran los originales. Tal fue el caso de El hombre invisible (2020), que mostró la violencia padecida por las mujeres a partir de un sujeto que finge su muerte para atormentar a su pareja, apoyándose además con tecnología de invisibilidad. Además de su brillantez técnica, el secretismo en torno al rostro del personaje titular magnificó las sensaciones de peligro para dar una de las películas de terror más populares de los últimos años. Las reinvenciones continuarán con Drácula dirigida por Karyn Kusama y Wolfman por Derek Cianfrance y protagonizada por Ryan Gosling. Jason Blum asegura que serán historias independientes, pero no descarta una posible fusión.

Con casi un siglo de historia, el futuro de Universal Monsters parece más brillante que nunca. ¿O deberíamos decir más oscuro? Después de todo, el renovado interés es un fiel reflejo de las numerosas crisis sociopolíticas que aquejan nuestra existencia. No tengamos miedo de ellos y abracemos su grandeza, su legado y sus infinitas posibilidades. Y disfrutémoslos, pues como bien diría cierto conde transilvano, “escuche… los hijos de la noche. Qué música la suya”.

Spoiler Show #11