El arduo recorrido de la Tierra Media en cine y series

Hace mucho tiempo que la Tierra Media rebasó los límites de la popularidad. Es más bien uno de esos destinos de ficción que vive en el corazón y el cariño de un público que parece conocerlo a la perfección aun cuando nunca ha puesto un pie ahí. Un viaje que comenzó de la mano –¿o deberíamos decir de la pluma?– de JRR Tolkien con la publicación de El Hobbit (1937) y El Señor de los Anillos (1954) y que luego de varios años de esfuerzos fue complementado con el salto al cine. Un recorrido fascinante que continúa hasta nuestros días con la serie The Lord of the Rings: The Rings of Power.

El camino no fue sencillo y sólo es equiparable a la travesía de los siempre sorprendentes medianos. Los mayores intentos fallidos por llevar la Tierra Media al cine corresponden a los estudios Walt Disney. En 1938 se contempló usar elementos de El Hobbit con la música de El anillo del nibelungo compuesta por Richard Wagner para Fantasía (1940); en la década de los 50 se pensó en una adaptación que fusionara El Señor de los Anillos en una sola obra, pero no se concretó por la complejidad de la empresa y lo inquietante que algunos segmentos de la trama resultarían para el público infantil; finalmente en 1972 se hizo un pitch de El hobbit que tampoco pudo llevarse a cabo por lo vasto de la aventura. El estudio sació sus inquietudes con El caldero mágico (1985) que toma varios elementos de la saga tolkienana, lo que incluye al villano más temible de la filmografía Disney.

No fueron los únicos esfuerzos ni los únicos animados. El animador Al Brodax se acercó a Tolkien en 1956 con una propuesta para adaptar El Señor de los Anillos que en ese entonces estaba lejos de ser el fenómeno masivo que todos conocemos. El escritor se mostró abierto a la idea, pero nada surgió de ahí. El agente Forrest J. Ackerman hizo una propuesta similar en ese mismo año con la diferencia de que incorporó bosquejos conceptuales y del guion que no fueron del agrado del autor que consideraba el estilo visual y narrativo demasiado Disney con castillos donde no los había y supresión de momentos clave como el Abismo de Helm.

El camino por la acción real comenzó en los 60 con United Artists que contemplaba una adaptación complementada por efectos stop motion a cargo de Ray Harryhausen. El estudio contemplaba una cinta individual de El Señor de los Anillos y una precuela de El Hobbit, y aunque logró hacerse con los derechos, no pudo sacar adelante la desafiante historia. The Beatles, que tenían contrato con United Artists, propusieron colaborar con el proyecto en una extravagancia musical multimedia donde el cuarteto de Liverpool encarnaría a los cuatro hobbits, pero el plan nunca despegó porque los músicos no se ponían de acuerdo sobre el papel de cada uno y sobre todo porque ningún director quiso tomar la empresa. Ni siquiera el célebre Stanley Kubrick que con toda su visión concedió a la obra la etiqueta de inadaptable. Finalmente el director John Boorman trató de sacar un proyecto de tintes junguianos y artúricos que tampoco pudo concretarse por su alto costo. Años más tarde admitiría que tal vez fue lo mejor.

Inicia el recorrido

Si El Hobbit y El Señor de los Anillos batallaron tanto por llegar a la pantalla no fue sólo por lo complicado que era adaptar la trama y el conflicto, sino por la naturaleza propia de la Tierra Media. Un mundo fantástico, pero tan vasto y complejo como en el que vivimos, habitado por culturas tan ricas como distintas entre sí, dotado además de incontables bellezas y horrores, o lo que es lo mismo, de luz y oscuridad. Los proyectos que salieron avante fueron aquellos que así lo entendieron.

Muchos de estos son considerados de carácter menor, lo que no les quita mérito al haber triunfado donde tantos titanes fracasaron. Sobresale además que fueron concebidos en territorios como Suecia, Finlandia y la Unión Soviética, lo que, más allá de méritos técnicos, demuestran la universalidad de la obra de JRR Tolkien. Si de adaptaciones más en forma se trata, la historia del entretenimiento reconoce un número limitado de obras.

La primera fue The Hobbit, adaptación animada de 1967 que, a pesar de su franca modestia y sus tenues alteraciones de algunos nombres y la trama, comprendió que el viaje de Bilbo iba más allá de enanos, riquezas y dragones. Era simplemente salir de la comodidad de su hogar a un mundo lleno de posibilidades, cada una de ellas era una aventura en sí misma.

Le siguió el especial televisivo The Hobbit de 1977, cuyos creadores Arthur Rankin Jr. y Jules Bass deseaban demostrar por sobre todas las cosas que las audiencias masivas estaban listas para incursionar en este universo fantástico. Incapaces de conseguir los fondos necesarios para El Señor de los Anillos, probaron fortuna con la más simple El Hobbit, valiéndose además de huecos legales en torno a los derechos de la publicación y contando además el respaldo de John Huston quien dio voz a Gandalf. Recibió críticas encontradas pero los realizadores demostraron su punto, lo que pudo apreciarse en la que por mucho tiempo fue vista como la adaptación definitiva.

El Señor de los Anillos, dirigida por Ralph Bakshi y estrenada en 1978, hoy es vista como un esfuerzo valiente pero tibio, cuando realmente sembró muchas de las semillas que décadas más tarde serían cosechadas por Peter Jackson. La más evidente fue la segmentación de la obra, pues si bien su plan inicial implicaba una única película de poco más de tres horas, no tardó en darse cuenta que esto mermaría de manera importante la narrativa. Coqueteó y mucho con la idea de tres entregas, La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey, pero no estaba seguro de que las audiencias estuvieran listas para este tipo de formato. Después de todo, hablamos de un tiempo en que las trilogías todavía no se popularizaban como harían años más tarde. Al final se decantó por sólo dos entregas que no tardaron en llamar la atención al interior de la industria. Mick Jagger y David Carradine se acercaron al cineasta en busca de roles, pero ninguno fue considerado. Si de nombres importantes se trata, se contó con la participación de John Hurt como Aragorn y de Anthony Daniels como Legolas. Sobresalió además por ser una aproximación madura al mundo creado por Tolkien, al retratar lo bueno pero también lo malo del lugar. Un hecho que no pasó desapercibido para el público de la época.

Fue tibiamente recibida por la crítica, pero gozó de una buena recepción entre el público. Si la secuela tuvo una distribución menor en forma de especial televisivo fue porque, a pesar de su rentabilidad, el filme no fue un éxito de carácter masivo, así como por un cambio en los derechos que en ese entonces fueron adquiridos por el productor Saul Zaentz. Varios años después se le propondría retomar la segunda parte en todo su esplendor, pero Barkshi rechazaría la oferta a modo de protesta por no haber sido notificado sobre las adaptaciones a cargo de Peter Jackson. Más allá de la inconformidad, el ambicioso proyecto en acción real renovaría en interés en las cintas animadas al grado que les permitió alcanzar el estatus de culto.

Se concreta el sueño

El salto definitivo a la Tierra Media se concretó en 2001 gracias al talento creativo de Peter Jackson quien, a diferencia de tantos cineastas a través del tiempo, no dudo en tomar la obra maestra de JRR Tolkien convencido de que su mundo no sólo era adaptable, sino que debía verse. Se vio favorecido, hay que decirlo, por tecnología que no había años atrás, lo que para nada quita mérito a una saga que entendió perfectamente las bases de la Tierra Media: Hobbiton representa la inocencia del mundo natural, Rivendell y Lothlorien la divinidad, Mordor la maldad en estado puro, mientras que Minas Tirith es esa dualidad que aqueja a un ser humano en eterno conflicto sobre su lugar en el mundo a partir de su pasado, presente y futuro. Esto último con personajes y culturas que honran continuamente su legado a partir de palabras, acciones y grandísimos monumentos, pero que luchan continuamente por garantizar su subsistencia en un mundo al borde del colapso.

Lo ganó todo, pero nada tan importante como el cariño de un público que la ascendió entre las obras cumbre de la cinematografía. Un estatus que, lejos de difuminarse, sigue creciendo con el tiempo, una hazaña que propia de esas grandes historias que plasman lo peor y lo mejor. De esas que, como bien diría Samwise Gamgee, “a veces no querías saber el final. “Porque, ¿cómo podría ser feliz? ¿Cómo podía el mundo volver a ser como era cuando habían sucedido tantas cosas malas? Pero al final, es sólo una cosa pasajera, esta sombra. Incluso la oscuridad debe pasar. Un nuevo día vendrá. Y cuando el sol brille, brillará más claro. Esas fueron las historias que se quedaron contigo. Eso significaba algo, incluso si eras demasiado pequeño para entender por qué”.

Crédito: New line cinema

El deseo por seguir explorando este mundo fantástico continuó con El Hobbit. Batalló en enamorar como su antecesora, consecuencia de un menos elegante CGI y de una controvertida segmentación en tres partes cuando se trata de un único libro. Es, a pesar de todo, una pieza básica en la mitología cinematográfica tolkeniana que este año da un nuevo paso con The Lord of the Rings: The Rings of Power.

Un vistazo al pasado de la Tierra Media

Por años se ha especulado sobre una adaptación de El Silmarillion que aborde los orígenes de la Tierra Media. Aunque el largamente anhelado proyecto no debe ser descartado, la serie a cargo de Amazon Studios no nos lleva tan lejos, sino que se centra en la segunda edad de la Tierra Media, es decir mil años antes de que Bilbo Baggins se hiciera con el Anillo Único. El codiciado objeto sí que estará presente, pero el show se centrará primordialmente en los anillos de poder descritos al inicio de La comunidad del anillo: “Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos. Tres fueron entregados a los elfos; inmortales, los más sabios y bellos de todos los seres. Siete, a los señores enanos, grandes mineros y artesanos de los salones de la montaña. Y nueve, nueve anillos fueron regalados a la raza de los hombres, quienes por encima de todo desean el poder. Porque dentro de estos anillos estaba ligada la fuerza y ​​la voluntad para gobernar sobre cada raza. Pero todos ellos fueron engañados, porque se hizo otro anillo…”.

A pesar de las altísimas expectativas, hay una confusión generalizada sobre si el show estará vinculado con la saga de Peter Jackson. Por los rumores que involucraban actores de las películas, los consejos ofrecidos por el cineasta en el desarrollo del guion, el rodaje en Nueva Zelanda y las francas similitudes estéticas entre ambos proyectos. Si no están directamente relacionados es por aspectos legales, pero lo cierto el titán del streaming no ha hecho mucho por reducir el vínculo en el imaginario colectivo. Algo comprensible si consideramos los beneficios de la conexión y que los sucesos vistos en pantalla invariablemente conducen a las acciones vistas en El Hobbit y El Señor de los Anillos.

Esto no significa que la serie, concebida a partir de apéndices de la obra cumbre tolkienana, no pueda salir avante por sí sola. Todo lo contrario, pues hay tal confianza en el proyecto creado por J. D. Payne y Patrick McKay que Amazon y Netflix protagonizaron una feroz puja por hacerse con los derechos. El primero se los llevó por $250 Millones de Dólares y no dudó en invertir más de $1,000 MDD para su concepción. Una cifra que lo convierte en el show más costoso de todos los tiempos.

Con tantos desafíos de por medio, uno no puede sino preguntarse si los riesgos valdrán la pena. La respuesta es un rotundo sí: no nos referimos a los francos beneficios en medio de las durísimas streaming wars, sino a que la tolkeniana es una historia que merece ser relatada por generaciones. Por su grandeza, pero sobre todo por las lecciones que nos deja. Después de todo, si humanos, elfos y enanos son capaces de ignorar sus diferencias en beneficio de una causa común, ¿por qué no soñar con que el siempre turbulento reino de los hombres pueda hacer lo propio? Puede que la Tierra Media sea un destino fantástico, pero tal vez en su lucha se oculte el secreto para nuestra propia salvación.

Spoiler Show #11