Con un fenomenal Paul Giamatti, Los Que Se Quedan de Alexander Payne es un viaje a la más profunda nostalgia

Alexander Payne es un director de lazos de todo tipo: emocionales, familiares, amistosos y sanguíneos. En su The Descendants (Los descendientes) de 2011 lo vimos claramente. Su tipo de comedia es incomoda e incisiva, pero su forma cinematográfica siempre concreta, clásica y discretamente ostentosa. Ahora con The Holdovers (Los que se quedan), el director explora nuevamente esos lazos que van desde la generalidad a la particularidad e intimidad personal y emocional.

Debo aclarar algo antes de comenzar esta, mi crítica: tengo cierto aprecio emocional al hablar de The Holdovers (Los que se quedan) por haberla visto en un momento especial en el Festival Internacional de Morelia ya que, paradójicamente también, formó parte de un ejercicio propio que la vida repite incesantemente de subir y bajar personas del propio viaje personal.

¿De qué va The Holdovers (Los que se quedan)? Esta es la historia de Paul Hunham, un solitario profesor de historia de un instituto de Massachusetts. Sin familia ni amigos, Paul aprovecha las vacaciones para vigilar a los alumnos que no han vuelto a casa.

Paul Hunham, interpretado por un soberbio Paul Giamatti, es un personaje que rinde un hermoso homenaje a esas personas que nos forman en las escuelas y que con suerte nos acompañan en momentos complicados. Comenté más arriba que la película nos lleva de la grandilocuencia social que supone una gran escuela de adolescentes a una intimidad personal entre tres personajes centrales, todos entrañables.  Mary Lamb, bajo una ganadora Da’Vine Joy Randolph, hilvana a una mujer en duelo por haber perdido a su hijo único, tratando de sobrellevar esta carga con su trabajo como cocinera de la escuela y protegiendo de las restricciones de Paul a Angus Tully (Dominic Sessa), un adolescente problemático que solo responde al abandono de su madre y las constantes expulsiones escolares.

Estas tres viñetas humanas nos cuentan una historia sobre la empatía, la amistad y el perdón en todas sus formas en el contexto del paso de año de 1970 a 1971. Es significativo que Alexander Payne sea tan enfático en plantear estos personajes en una época del año donde todos y todo es mucho más sensible y receptivo.

Paul, Mary y Tully nos llevan por texturas humanas distintas, y por supuesto, cada uno nos transmiten emociones diversas. Payne pinta estos cuadros a forma de viaje emocional en el que cada uno nos advierte de algo: Paul sobre la soledad y la amargura, Mary del luto y la resignación y Tully del abandono y la rebeldía. No obstante, el director no se queda con ese mensaje, sino que cada uno por medio de su arco dramático nos lleva a una poderosa y contundente reflexión humana sobre las emociones y los cambios constantes de la vida.

Pienso, a forma de reflexión muy personal, que el director retoma un poco esa historia o vínculo paternal que nos contó de forma muy efectiva con Nebraska de 2013. Payne siempre nos relata estas anécdotas en viajes y carreteras, en un movimiento continuo, tratando de comunicar que la vida es un camino constante en el cual no se puede regresar: lo que se vivió se disfrutó en su momento, y lo que no, pues perdimos la oportunidad de experimentarlo.

Con The Holdovers (Los que se quedan), Alexander Payne nos habla de esos vínculos que son momentáneos en la vida, que estuvieron presentes pero que no se pudieron quedar. Sin embargo, esto no quiere decir que no nos hayan enseñado nada: algunos nos marcaron cómo amarnos a nosotros mismos, otros a apreciar y capitalizar nuestro potencial, pero otros tantos más nos encarrilaron para soltar situaciones. No lo sé: el director crea en los subtextos tantas reflexiones sobre las relaciones humanas en todas sus formas, en el presente y en perspectiva que vuelve a su película presentemente nostálgica.

Ya en cines.

Spoiler Show #11