A 10 años, Steve Jobs sigue siendo una tragedia

El 9 de octubre se cumplieron diez años del estreno de Steve Jobs (2015), una película que no sólo reconstruyó la vida del icónico fundador de Apple, sino que la reinterpretó como una tragedia moderna. Lejos de ser un biopic convencional, la cinta dirigida por Danny Boyle y escrita por Aaron Sorkin funciona como una ópera en tres actos, donde cada presentación de producto se convierte en un escenario teatral para la caída y redención del protagonista.

La película no busca que el espectador adore al genio. Busca que lo entienda, incluso en sus zonas más incómodas: su necesidad de control, su desprecio por la imperfección y su obsesión con moldear el mundo a su medida. Lo que Steve Jobs retrata con precisión quirúrgica es la paradoja del visionario: el hombre que quiso cambiar el futuro pero fue incapaz de reparar su propio presente.

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Aaron Sorkin, autor del guion de The Social Network, evita aquí la fórmula cronológica de los biopics tradicionales. En lugar de recorrer la vida completa del protagonista, estructura la película en tres momentos cruciales: el lanzamiento del Macintosh en 1984, el del NeXT Cube en 1988 y el del iMac en 1998. Cada acto transcurre en tiempo real, tras bambalinas, minutos antes de cada presentación pública.

Esa estructura no solo refuerza la tensión narrativa, sino que refleja el ciclo constante de creación, caída y reinvención que define tanto la carrera de Jobs como la esencia de la tragedia clásica. Como en una obra de Shakespeare, el héroe moderno se enfrenta a su propio reflejo: su genialidad y su arrogancia, su talento y su incapacidad de amar.

Boyle convierte los pasillos y auditorios en un escenario teatral, donde los personajes orbitan alrededor de un protagonista que intenta, una y otra vez, controlar la narrativa de su vida. Pero el guion, sabiamente, lo empuja a perder ese control.

Crédito: Universal Pictures

El Jobs de Michael Fassbender —una interpretación intensa, eléctrica, sin necesidad de imitación física— no es el del garaje ni el de los keynotes carismáticos. Es el Jobs interno, el que mide la humanidad como si fuera un algoritmo. Su perfeccionismo no es una virtud, sino una maldición: una exigencia constante que lo lleva a sacrificar relaciones, emociones y empatía en nombre de la excelencia.

Esa obsesión se manifiesta en pequeños gestos: un logo que no debe verse, una computadora que “tiene que decir hola”, un chip que debe ser invisible. En cada detalle hay una búsqueda desesperada por alcanzar la perfección imposible, como si al dominar el diseño pudiera dominar también la vida.

Sin embargo, lo que Boyle y Sorkin logran transmitir no es admiración, sino compasión. La película invita a preguntarse si la genialidad es un don o una forma de soledad. Si el genio crea para conectar con los demás, o para ocultar que no sabe cómo hacerlo.

Crédito: Universal Pictures

Más que una historia sobre tecnología, Steve Jobs es una historia sobre la identidad y la paternidad. La relación entre Jobs y su hija Lisa, que evoluciona a lo largo de la película, funciona como contrapunto emocional ante su frialdad empresarial. Cada encuentro entre ambos lo desarma, y en esa vulnerabilidad se cuela la humanidad que el personaje intenta negar.

Joanna Hoffman (Kate Winslet, en una actuación impecable) es la otra voz que lo confronta. Ella representa la conciencia, la figura que equilibra el talento con la empatía. En su diálogo constante con Jobs —tan veloz y preciso como una coreografía verbal—, la película revela que el conflicto real no está en la competencia con Microsoft o en las presentaciones de Apple, sino dentro del propio protagonista.

Al final, Jobs no vence ni es vencido. Solo se reconoce. Y en ese gesto de aceptación —tarde, imperfecta, profundamente humana— reside la catarsis trágica.

Crédito: Universal Pictures

Steve Jobs es, en esencia, una tragedia de la era digital. Donde antes los héroes buscaban el poder o el amor, ahora buscan la innovación. El destino ya no es dictado por los dioses, sino por la lógica del mercado y la obsesión con la perfección. Y al igual que los héroes griegos, Jobs se precipita hacia su caída por su propio hybris: la creencia de que puede controlarlo todo.

Boyle filma esta historia con una energía que oscila entre lo teatral y lo tecnológico. Cada época está filmada con un formato visual distinto —16 mm, 35 mm y digital—, reflejando la evolución del personaje y del propio cine. Mientras tanto, la música de Daniel Pemberton acompaña esa transformación con un pulso mecánico que se vuelve casi emocional.

La película no busca “explicar” a Steve Jobs, sino usarlo como símbolo. En su historia resuena una pregunta que sigue siendo actual: ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar por la innovación?

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A una década de su estreno, Steve Jobs sigue siendo una de las películas más audaces del cine biográfico. Su fuerza no reside en la fidelidad histórica, sino en su capacidad para traducir la tecnología en tragedia, el lenguaje del progreso en drama humano.

La cinta no idolatra ni condena: observa, interroga y emociona. Nos recuerda que detrás de cada dispositivo hay un conflicto invisible entre la creatividad y la fragilidad, entre la obsesión y el amor.

Quizás, como su protagonista, también nosotros vivimos intentando perfeccionar algo —un proyecto, una relación, una idea— que nunca será completamente perfecto. Y tal vez, justo en esa imperfección, esté la parte más humana de la innovación.

Spoiler Show #12