El cine y la televisión mexicanos atraviesan una etapa de transformación en la que las historias buscan ampliar su mirada y cuestionar las fórmulas tradicionales. En ese contexto, Humberto Busto, Elena del Río y el director Anuar Canavati compartieron sus reflexiones sobre los retos de la industria, la importancia de la representación y la necesidad de apostar por narrativas que conecten con la experiencia humana desde distintos géneros y perspectivas.
Desde la crítica social presente en No tengo miedo hasta la defensa de un cine comercial con propuestas más diversas, los tres creadores coinciden en que el futuro del entretenimiento nacional depende tanto de la autenticidad de sus historias como de la capacidad de abrir espacio a nuevas voces.
Humberto Busto: entre la oscuridad de 1986 y la semilla de luz
Volver al México de 1986 podría ser puro ejercicio de nostalgia. Bajo la mirada de Humberto Busto y el director Ernesto Contreras, no lo es. En la miniserie de Netflix “No tengo miedo”, la euforia de Maradona en el Mundial es apenas el velo de algo más crudo: el olvido sistemático del campo tras el terremoto de 1985. Busto interpreta a Don Rodrigo, y se niega a etiquetarlo como villano plano. Rodrigo es un hombre carcomido por la amargura y el descuido estatal, síntoma de una crisis agraria que dejó a poblaciones enteras en la vulnerabilidad extrema.
Busto y Contreras se conocen desde sus días de estudiantes y ya habían trabajado juntos en El Chapo, así que la exploración del personaje llega con una confianza casi de laboratorio. Sobre la tesis de la serie, Busto lo pone así:
“Es esta enorme necesidad de sobrevivencia… que hace que los adultos empiecen a tomar ciertas decisiones poco éticas con la idea inclusive de salvarlos a ellos y eso pues genera… un deterioro familiar social y humano”.
Frente a esa oscuridad, la serie propone una salida: realismo mágico y la mirada de los niños. Al meter elementos místicos como los chaneques, la narrativa esquiva la criminalización habitual del campo mexicano y le devuelve a la ficción su capacidad de conectar con lo originario. Ese giro artístico funciona casi como preámbulo de otra cosa: la consolidación de Busto como actor político.
La representación como acto político: de Amores perros a la autogestión
La carrera de Busto sirve de termómetro para medir cuánto ha cambiado la industria. En el año 2000, recién debutado en Amores perros, las oportunidades eran contadísimas; en el CUT le advertían que podrían pasar años antes de volver a pisar un set de cine. Hoy la abundancia tecnológica es la norma, y su pelea es otra: la soberanía narrativa. Con Fosfo Producciones, junto a su socio Gus Guevara, Busto busca que las poblaciones LGBTQ+ y las personas con discapacidad dejen de ser objeto de representación ajena y pasen a ser dueñas de sus propios relatos.
Interpretar personajes ligados al poder, como “Don Sol”, le dio una perspectiva casi incómoda sobre lo fácil que resulta manipular a una población. De ahí nace su urgencia por el activismo:
“Qué complejas son las redes del poder en medio de eso y siempre se me quedó esa sensación de cómo hay una gran responsabilidad… en que todos como población… tuviéramos mucha más capacidad crítica”.
Con “Tengo que morir todas las noches” ya estrenada y “Tijuana todavía” en camino, Busto sigue buscando puentes de empatía. La meta: que el espectador que no es LGBTQ+ reconozca su propia humanidad en estas historias. Ese camino es, también, el que empiezan a recorrer actrices como Elena del Río, tirando abajo puertas que antes parecían selladas en el circuito comercial.

Elena del Río: del rigor teatral al fenómeno global
Elena del Río es la prueba de que la formación académica sí paga, aunque tarde. Egresada del Centro Universitario de Teatro (CUT), su papel en la versión mexicana de “La Oficina” (Amazon Prime) le llegó después de años de persistencia. La actriz cuenta algo que humaniza bastante la precariedad del oficio: a los 35 años atravesaba un duelo profesional, convencida de que las grandes oportunidades ya habían pasado de largo. El éxito de la serie le dio visibilidad, sí, pero sobre todo validó su técnica en un formato que exige un timing cómico casi milimétrico.
Esa versatilidad se puso a prueba en varios frentes. En la comedia junto a Fernando (el jefe), bajo la dirección de Marcos Bucay. En retos puramente acústicos, como el audiolibro “Atlantis”, un proyecto que reconoce le dio miedo porque, como actriz de gran expresividad facial, actuar solo con la voz era terreno nuevo. Su paso por “Las Azules” (Apple TV+), donde interpreta a un mismo personaje en dos épocas distintas, y su incursión en el terror con “Regresa” (dirigida por Rigoberto Castañeda), terminan de confirmar algo: el teatro sigue siendo la mejor base para moverse entre géneros.

Anuar Canavati: la disciplina de un cineasta que desafía el menú
Rana Fonk lo llama, medio en broma, el “Spielberg mexicano”. Anuar Canavati defiende la profesionalización del oficio con una disciplina casi obsesiva: cinco páginas diarias, sin excusas. Para él el cine es una empresa y, al mismo tiempo, un acto de amor incondicional. Su ópera prima, “El extraordinario niño halcón”, nació de un proceso profundamente personal de duelo, convertido en una narrativa de supervivencia.
Canavati no se guarda la crítica a la industria nacional, y la explica con una analogía que aterriza bien:
“El cine mexicano suele ofrecer solo pizza o hamburguesa (comedia ligera o narco-series). Eso no significa que al público no le guste el sushi; simplemente no se lo ofrecen”.
Cree que la industria subestima a un público que ya consume narrativas complejas en el cine global. Su apuesta es recuperar el cine comercial de calidad, lejos de las fórmulas fáciles y lejos también de la inteligencia artificial, herramienta que rechaza porque, dice, no puede replicar la experiencia humana. “El cine te da mil excusas para rendirte”, afirma. Su respuesta es la resistencia creativa, sin más.

Las trayectorias de Humberto Busto, Elena del Río y Anuar Canavati muestran tres caminos distintos, pero con un objetivo en común: impulsar una industria más diversa, crítica y ambiciosa. Ya sea desde la actuación, la producción o la dirección, sus proyectos buscan demostrar que el público mexicano está preparado para historias que vayan más allá de las fórmulas convencionales y reflejen la complejidad del país y de quienes lo habitan.


