No sé si muchos de los que lean este artículo tardío de una de las películas más emblemáticas del cine mexicano puedan entender lo que significó Sexo, pudor y lágrimas para el rompimiento de tabúes de la industria, de la sociedad y de las relaciones humanas dentro de ese México de 1999. Antonio Serrano, para ese momento era un director más de televisión que de cine. Había dirigido Teresa, telenovela protagonizada por Salma Hayek, Mirada de mujer con Angélica Aragón y La vida en el espejo con Gonzalo Vega. Menciono esto a razón de que el director plasma mucho de su estilo telenovelero en su cine. Sexo, pudor y lágrimas es muy telenovelera, sí, aunque venga de una obra de teatro. Antonio Serrano, su director y escritor y adaptador cinematográfico, supo combinar perfectamente a un lenguaje de cine (dentro de los parámetros del llamado Nuevo cine mexicano) su melodrama combinado con comedia romántica y unas gotas de comedia de situación.
Sexo, pudor y lágrimas, el verdadero último referente de un cine mexicano distinto


Todo lo anterior funciona porque los temas abordados dentro de la película eran un poco «transgresores» (para esos momentos): un feminismo aún en pañales, el amor libre, el machismo como símbolo del patriarcado (ahora lo vemos así) y por decirlo de alguna forma, una liberación sexual que en México apenas se comenzaba a tocar. Ahora bien, los problemas maritales ya los habíamos visto en cintas como Cilantro y perejil de Rafael Montero (1995) y casualmente eran dos parejas en crisis matrimonial, pero aún a mediados de los noventa los temas sexuales no eran plasmados de forma tan abierta. No obstante, el espectador mexicano, entre azul y buenas noches, entre el puritanismo y la doble moral, estaba ávido de ver estas problemáticas, las suyas, representadas en el cine.
Antonio Serrano logró una mezcla efectiva entre la telenovela, el drama y un poco de sitcom para irrumpir con temas «fuertes» dentro la cinematografía mexicana. Independiente de lo que significaba salirse de los temas de siempre que oscilaban entre la crítica política y el cine de autor mexicano que solo se veía en Cineteca Nacional (que en ese momento ese recinto era como el museo de economía, totalmente vacío), digamos que así nació la comedia romántica clásica mexicana. Incluso, si lo vemos de alguna manera (para los que ya vieron esta película), en algún punto tiene una influencia directa de la sitcom noventera por excelencia, o sea Friends, y no está mal: el arte siempre nutre del propio arte. Parte del éxito de esta cinta consistía en eso: contar lo que para ese momento para nuestra sociedad era incontable en pantalla con técnicas digeribles para el espectador.

La cinta de Antonio Serrano permaneció 27 semanas en salas de cine mexicano, desbancada luego por El crimen del Padre Amaro (Carlos Carrera, 2002), posteriormente nominada al Oscar como Mejor película extranjera. Pero Sexo, pudor y lágrimas tuvo algo que ver en abrir camino a que el cine mexicano recuperara esa visibilidad doméstica (dentro del país), que el espectador mexicano recuperara la fe en su propio cine. Actualmente, esto se refleja en una producción descontrolada de comedias románticas con una fórmula infalible, con un mismo arco dramático, con personajes que visitan constantemente los clichés y estereotipos.
Gracias a esta cinta noventera que hoy tiene una secuela innecesaria, el cine azteca afianzó un estilo del cual hoy se abusa, pero que también ayuda a crear una industria mucho más sólida.

Sexo, pudor y lágrimas, junto con la canción de Alex Sintek, se volvió un referente de un cine distinto que no tomaba su contenido con base a las clases sociales imperantes y tampoco buscaba hacerlo, sino a las problemáticas humanas del matrimonio como su interacción micro social.
Gracias por tanto, perdón por tan poco.