El cine de Carla Simón es un acto de excavación, una búsqueda constante en la tierra de la memoria y el linaje, donde lo personal se convierte en un espejo de verdades universales sobre la familia, la pertenencia y el tiempo que pasa. Con Romeria, la directora catalana no solo cierra una trilogía informal sobre su historia familiar (que incluye Verano 1993 y Alcarràs), sino que da un salto formal que dota a su narrativa de una potencia emocional y estilística inédita.
El Cimiento Autobiográfico: Verano 1993 (2017)
Es imposible abordar Romeria sin mirar a su origen. Verano 1993 (Estiu 1993) estableció a Simón como una voz esencial del cine contemporáneo gracias a su honestidad brutal y su sutileza lírica. La película, de corte casi autobiográfico, narra la adaptación de Frida, una niña de seis años, a la vida con sus tíos y su prima tras la muerte de sus padres.
Simón no reproduce su realidad, sino que extrae «coordenadas» de su infancia —la pérdida, el duelo infantil, el cambio de entorno— para construir una ficción con una verdad emocional irrefutable. Su cine en desde aquel entonces operaba desde el naturalismo observacional, confiando en el poder de los gestos, los silencios y la mirada infantil para comunicar la complejidad del trauma. Logró una narrativa tan contenida como profunda, donde el realismo de las interpretaciones (con actores no profesionales, en gran medida) le daba solidez a un relato íntimo.
Romeria: El Dolor Fluido de la Identidad Reclamada
Con Romeria, Simón eleva el listón formal, moviéndose de la observación puramente realista a un terreno más poético, fantástico e introspectivo, como han apuntado otras críticas. La historia de Frida (ahora Marina, en un guiño a su propio proceso creativo o a la necesidad de distanciamiento) ya no es sobre adaptarse a una nueva familia, sino sobre reclamar la historia de sus orígenes biológicos.
El motor de la trama es la necesidad académica de Marina (18 años) de ser reconocida por la familia de su padre biológico para obtener una beca de cine. Este trámite burocrático, tan prosaico, se convierte en la excusa para un viaje de autodescubrimiento que pronto choca con un secreto familiar vergonzoso: la vida de sus padres, marcada por el SIDA y las drogas en la España de los 80, fue borrada o manipulada por el linaje para proteger la imagen de la familia.
Romeria es un relato sobre identidad y poder personal.
Su apreciación de que la narrativa se vuelve «tan fluida y certera que duele» es elocuente. Simón logra que el secreto no sea un mero giro dramático, sino una herida generacional que la protagonista asume. La fluidez viene dada por la libertad formal de la directora al incorporar viajes al pasado y al presente mediante la estructura capitular y el uso de material de archivo (las home movies que Marina filma) y ensoñaciones. Aunque usted nota que esto podría ser confuso, es aquí donde Simón demuestra un poder autoral y una consistencia emocional que guía al espectador. El pasado ya no es solo recuerdo; es un fantasma que Marina debe confrontar.
Autoría y Estructura: La Cámara como Escudo
La personalidad y autoralidad residen precisamente en el manejo del tiempo y en la elección de su protagonista. Marina no es solo un sujeto pasivo; es una futura cineasta que usa su cámara como herramienta, escudo y archivo. Ella filma lo que su familia intenta enterrar, creando su propia versión de la historia. En un entorno donde su nombre no aparece en los documentos, la cámara le da el poder de existir y de construir su propia memoria histórica.
La actuación de su protagonista, Llúcia García, es el ancla emocional que dota de verdad a este complejo entramado narrativo. Su contención, su mirada de «espía, testigo y fiscal», como ha sido descrita por la crítica, sostiene la intensidad sin recurrir al dramatismo fácil, manteniendo la conexión con el realismo humanista de Simón.
Romeria no solo es una peregrinación hacia un pasado familiar conflictivo, sino una declaración de principios: el cine de Carla Simón es la búsqueda incansable de la verdad, por muy incómoda que sea, y esta vez, el camino la ha llevado a crear su obra más poderosa y poética.