Review: Nouvelle Vague, el cine como acto de rebeldía
La película Nouvelle vague de Richard Linklater no es solo un homenaje; es una inmersión apasionada y profundamente personal en un momento fundamental de la historia del cine. Para apreciar su magnitud, debemos entender la corriente que evoca, una que, en palabras de Jean-Luc Godard, consideraba al cine como «un acto revolucionario».
El Grito de Guerra de la Nouvelle Vague
A finales de los años 50 y principios de los 60, el cine francés, anquilosado en producciones de estudio literarias y artificiales, fue sacudido por un terremoto cultural: la Nouvelle Vague (Nueva Ola). Fundada por críticos audaces de la revista Cahiers du Cinéma como Claude Chabrol, François Truffaut, y el provocador Jean-Luc Godard, este movimiento fue una declaración de guerra contra el «cine de papá».
Su filosofía era radical: rechazar todo artificio y convención tradicional. Abogaban por una cámara-estilográfica (caméra-stylo), donde el director fuera el verdadero «autor» (auteur), expresando su visión personal con la misma libertad que un escritor. Esto se tradujo en rodajes con equipos ligeros, en locaciones reales, con sonido directo, actores desconocidos, y técnicas rompedoras como los jump cuts (cortes bruscos) que destrozaban la fluidez narrativa clásica. No solo cambiaron el estilo, cambiaron la manera de hacer y concebir el cine, democratizando el medio y dotándolo de una vitalidad callejera, existencial y caótica.
2 Un caos brillante
La película de Linklater se centra precisamente en la génesis de ese caos: el rodaje de À bout de souffle (Sin aliento), la ópera prima de Godard con Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo. Linklater no aborda la Nouvelle Vague como una simple evocación nostálgica; la trae de vuelta al presente para que el espectador sienta lo revolucionario de sus cimientos.
El director estadounidense, maestro de la conversación y el «cine de paseo» (walk-and-talk), no solo intenta esbozar una época, sino realmente abarcarla tomando como pretexto la filmación de esta primera película de Godard. Es un homenaje en todo el sentido de la palabra, capturando la energía frenética y la improvisación intelectual que caracterizaba al movimiento. Vemos el proceso creativo no como un guion rígido, sino como un diálogo constante, una negociación entre la teoría y la práctica, fiel a la esencia anti-artificio que Godard defendía.
3 El estilo de Linklater al servicio de una época
Lo que personalmente me ha gustado mucho de Nouvelle vague es la forma en que Linklater quiere llevar su estilo a toda una época y no al revés. Sus característicos diálogos y conversaciones interminables, llenas de filosofía casual y existencialismo cotidiano, los adecua a estos personajes cinematográficos memorables. Logra dotarlos de un humor y una grandeza nostálgica, pero al mismo tiempo con una intención muy lúdica al tratar de educar al espectador que no conoce nada sobre cine. Las discusiones sobre cine, arte y política se sienten tan frescas y naturales como en cualquiera de sus trilogías.
Las actuaciones son, sin duda, otro de los pilares de este éxito. Zoey Deutch como Jean Seberg y Guillaume Marbeck como Godard están impresionantes. Logran abordar el caos de la corriente y de sus personajes con una gracia y mucho carisma. Marbeck, en particular, captura la intensidad intelectual y la actitud de enfant terrible de Godard sin caer en la mera imitación.
Nouvelle vague de Richard Linklater es el corazón y el desastre que representaba una corriente cinematográfica no solo evocándola, sino trayéndola de vuelta al presente con gran carisma y talento.