Review: Las locuras, el espejo de una grieta
Rodrigo García ha forjado una carrera cinematográfica que opera en la intersección de la sensibilidad extrema y la contención emocional. Si bien es imposible ignorar su linaje—es el hijo de la leyenda literaria Gabriel García Márquez—, su cine hace tiempo que se sostiene por su propio peso narrativo.
Donde en películas como Albert Nobbs (2011) logró la hazaña de crear una historia profundamente sensible y trágica sobre una identidad de género forzada por un contexto social agreste—con una Glenn Close magistral—, en la reciente y aclamada Familia (2023) nos ofreció una elocuencia narrativa que transformó una simple reunión en un estudio de las dinámicas familiares: incómodas, necesarias, con diálogos familiarmente tiernos y, a la vez, duros. García posee una pluma y una cámara increíbles que logran diseccionar el alma humana sin caer en el melodrama.
Con Las locuras de Rodrigo García, el director y guionista emprende un viaje ambicioso y profundamente gratificante, consolidando su estatus como un cronista de la vida interior femenina.
2 La fluidez fragmentada y el quiebre de los ideales
Lo que inicialmente podría parecer un collage de historias inconexas, se revela rápidamente como un ejercicio de fluidez narrativa tremenda. García conecta a sus personajes de manera capitular e interconectada, permitiendo que cada mujer protagonista ocupe el centro del universo por un momento fugaz, pero decisivo. La genialidad del guion radica en la forma en que cada segmento se centra en un momento de quiebre: la protagonista se rompe o está a punto de hacerlo, casi siempre como consecuencia de un conflicto directo con sus ideas, ideales o integridad moral.
Este hilo conductor de la fractura es lo que convierte a Las locuras en un clásico instantáneo del cine mexicano. Las presiones que empujan a estos personajes al límite—ya sean restricciones autoimpuestas, expectativas familiares o presiones sociales—son tan universales como particulares a cada historia.
Sin embargo, García demuestra su pericia al incluir contrapesos emocionales. La presencia de personajes más contenidos que no llegan a ese quiebre, como el interpretado con sutiliza por Mónica del Carmen, ofrece un ancla a la realidad y subraya que la resistencia y la calma son otras formas de lidiar con las locuras de la vida.
3 El poder de la interpretación
El elenco de esta película no es solo notable, es de ensueño. Muy pocas producciones pueden presumir de un line up actoral tan poderoso como el que se reúne aquí. La suma de talentos como Cassandra Ciangherotti, Ilse Salas, Adriana Barraza, Natalia Solián y Raúl Briones—cada uno entregando performances de alta precisión—eleva el material guionístico a cotas inigualables.
Pero es en la sección protagonizada por Ángeles Cruz donde la película alcanza su pináculo emocional. El segmento, enmarcado en una comida de cumpleaños en el patio de una vecindad mexicana, se construye alrededor de una mesa, un patio y una acumulación de silencios que explotan en un monólogo tan poderoso que rivaliza con la mejor tradición teatral. La entrega de Adriana, canalizando la frustración, la resistencia y la dignidad en un ambiente cotidiano, es un momento de pura catarsis que deja al espectador sin palabras y resuena con la intensidad de los trabajos más memorables de actrices como Luisa Huertas.
4 Elogio a la autoría
Las locuras de Rodrigo García es un triunfo del cine de autor que trabaja con la estructura del ensemble sin perder la intimidad. Es la evidencia de que García no solo es un excelente director de actores, sino un guionista elocuente que utiliza el diálogo y el silencio para revelar la complejidad moral de sus personajes. Su capacidad para ser tierno y duro, íntimo y expansivo, confirma que su elocuencia guionística y narrativa lo sitúa en la cima de la cinematografía contemporánea. Es una película que perdurará.