La nueva adaptación de Emerald Fennell no es solo una película; es una colisión estética. Para entenderla, hay que ver cómo se separa de sus antecesoras, pues aunque todas comparten la niebla y el páramo, cada una fue un espejo de su tiempo:
1939 (Wyler): El gótico de la contención. Un romance idealizado para la censura de la época, donde el dolor era elegante y el peinado de Merle Oberon nunca se despeinaba.
1954 (Buñuel): El gótico surrealista. Una obsesión católica y fúnebre muy propia del cine de autor de los 50, donde el amor es una necrofilia espiritual.
1992 (Kosminsky): El gótico romántico-trágico. Muy de los 90, solemne y fiel, buscando la validación literaria con Ralph Fiennes.
2011 (Arnold): El gótico naturalista. Casi un documental sin música, enfocada en la textura del barro y el racismo.
¿Por qué la de Fennell es distinta? Porque es el gótico de la exhibición. Es una versión que no teme ser «demasiado», capturando la ansiedad visual de nuestra década: el lujo, el exceso y la provocación.

Un festín visual que distrae del alma
La fotografía es, sin duda, despampanante. Fennell utiliza una paleta que recuerda directamente a La Cumbre Escarlata de Guillermo del Toro. Los rojos carmesí de los vestidos de Catherine y los verdes venenosos del musgo y las colinas crean un contraste violento.
Sin embargo, hay una trampa en esta belleza. Estos colores son tan vívidos y saturados que, por momentos, la película se siente más como una editorial de moda de alto presupuesto que como un drama humano. La estética es tan perfecta que llega a distraer de lo verdaderamente importante: la ruina moral de los personajes. El envoltorio es tan brillante que a veces opaca el vacío existencial de la historia.

Tejiendo el trauma a mano
Donde el guion de Fennell acierta magistralmente es en la infancia. A diferencia de otras versiones que corren hacia la etapa adulta, aquí nos tomamos el tiempo de ver cómo se construye el vínculo entre Catherine y Heathcliff.
Fennell teje esa relación punto por punto, mostrándonos su salvajismo compartido desde niños. Es este trabajo artesanal en el guion lo que logra que, cuando llegan a la adultez, sus decisiones (por muy destructivas que sean) realmente nos importen. Entendemos que no son solo amantes; son el mismo organismo dividido en dos.
La versión más carnal y silvestre
Si algo define a esta pareja es la química. Margot Robbie y Jacob Elordi entregan la versión más sexual, erótica y gutural que hayamos visto. No es un amor de suspiros en el balcón; es un amor de sudor, tierra y dientes. Es una pasión silvestre, tan indomable como el paisaje que los rodea.
Dicho esto, hay que admitirlo: son una pareja insoportable e irritante. En esta Catherine vemos los caprichos orgullosos de una Scarlett O’Hara, mezclados con la entrega ciega a la pasión oscura de una Madame Bovary, todo envuelto en el aura sombría y fatalista de una Anna Karenina. Son dos fuerzas narcisistas chocando entre sí; te fascinan, pero quieres que dejen de gritarse.
La versión de Fennell es un gótico de neón y barro. Catherine y Heathcliff no se aman, se devoran en una danza tan estética que duele y tan tóxica que irrita. Es el capricho de Scarlett O’Hara con la oscuridad de Anna Karenina. Un incendio visual donde el amor es la primera víctima.
