Desde su primer largometraje, Raw (2016), Julia Ducournau se ha erigido como una de las voces más singulares y potentes del cine contemporáneo, revolucionando el género del body horror. Su debut ya anunciaba una fascinación por las pulsiones adolescentes en contextos familiares complejos y la grandilocuencia visual de la transformación física, no como mero gore, sino como un vehículo para explorar la identidad y la psique.
Esta evolución estilística alcanzó un punto álgido con Titane (2021), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, donde la directora llevó la transgresión a lugares inesperados: su protagonista mantiene sexo con un automóvil y queda embarazada de este. Este arco narrativo, a priori extravagante, es un claro ejemplo del efecto transmutador que Ducournau siempre busca. Sus personajes atraviesan arcos de profunda transformación física que, en realidad, son una búsqueda de pertenencia, amor o una nueva forma de ser; se convierten en algo más que su punto de partida, desdibujando la línea entre lo humano y lo monstruoso, lo orgánico y lo mecánico.
Con Alpha, Ducournau ha sabido mantener ese estilo transgresor, pero lo enfoca hacia temas de crisis sanitaria y social, estableciendo un claro paralelismo con las pandemias que han marcado nuestra historia reciente, como el VIH en los años 80 (el contexto de la película) o la más actual del COVID. La película se desenvuelve como un drama familiar que entrelaza la desesperación ante la enfermedad, el estigma, las drogas y las enfermedades de transmisión sexual.
El genio de Ducournau reside en cómo aborda visualmente esta crisis. Su estilo para presentar a los enfermos es sumamente artístico y espectacular. La enfermedad se manifiesta como una calcificación lenta que convierte a los contagiados, como el hermano y la hija de la protagonista, en figuras que parecen hechas de mármol, bellas y terribles a la vez. Este elemento visual es, sin duda, uno de los aciertos más grandes de su visión, transformando la agonía en una escenografía de horror preciosista.
Es innegable que Alpha se interna en el melodrama familiar, centrándose en la madre que debe proteger a sus seres queridos contagiados. Sin embargo, nunca se siente barata en sus motivos. La intensa carga emocional se sustenta en la profundidad de los lazos familiares, un tema que, de forma subyacente, Ducournau ya venía entretejiendo con los dramas adolescentes y los contextos sociales complejos desde Raw. Aquí, la sociedad que retrata, consumida por el virus y el miedo, se siente como un mundo post-apocalíptico, una lúcida crítica al tiempo de Pandemia que el mundo experimentó recientemente.
El estilo visual de Ducournau en Alpha es, por momentos, sórdido pero preciosista. La cámara se deleita en la textura de la piel enferma y en los ambientes desolados, creando una obra sumamente visual que es elevada a otro nivel gracias al score y a las actuaciones de Tahar Rahim y Golshifteh Farahani. Rahim, en particular, ofrece una transformación física impactante como el hermano enfermo, logrando una interpretación que porta el peso del dolor y la vulnerabilidad, elevando el drama a una dimensión de arte.
Como toda obra de arte compleja, Alpha encontrará distintas formas de interpretación por cada espectador. Algunos la verán como un comentario social explícito, otros como un estudio de la identidad en crisis, y otros simplemente como una pieza magistral de body horror emocional. Lo que es indudable es su reconocimiento en el circuito de festivales: formó parte de la Selección Oficial en Competición del Festival de Cannes 2025, demostrando una vez más que Ducournau es una cineasta de calibre internacional.
Julia Ducournau transforma la enfermedad en una sinfonía visual. Alpha no es solo body horror, es una obra de arte sórdida y preciosista sobre el amor, la crisis y la metamorfosis. Ineludible y demoledora.