Llevar a la pantalla grande el universo de Jane Austen siempre es caminar sobre la cuerda floja. Es un ejercicio de alto riesgo tanto para quien escribe como para quien dirige, porque el peligro de traicionar el espíritu de una autora que murió soltera a una edad en la que ya era una mujer consagrada para su época —y cuyas páginas respiran tanta lucidez como contención— siempre está latente.

Por eso lo que hace Georgia Oakley en esta nueva adaptación de Sensatez y Sentimiento resulta tan refrescante y luminoso.
A diferencia de lo que ocurrió con aquella arriesgada apuesta de Netflix con Persuasión—protagonizada por Dakota Johnson—, que decidió demoler la cuarta pared y sacudir con furia ciertos paradigmas intocables del cine de época, la propuesta de Oakley prefiere mantener las reglas de la contención emocional y el clasicismo formal. Sin embargo, no se queda en el molde acartonado: la película está impregnada de un profundo romanticismo, de una textura bellísima filmada en celuloide de 35 mm y de una mirada estética que roza el impresionismo, casi malickiana.
Hay una armonía apabullante en la forma en que retrata las costumbres de la época georgiana de finales del siglo XVIII. Todo se siente vivo, respirable y honestamente apegado a la temperatura emocional de los textos. Es de esas raras ocasiones en las que te sientas en la butaca y tienes la genuina sensación de estar hojeando la novela de primera mano, reencontrándote con esa devoción por la literatura de Austen que a veces se extraña en la cartelera actual.

Con actuaciones memorables —donde destaca de forma impresionante Daisy Edgar-Jones—, un guion impecable y un despliegue de fotografía y música soberbio, esta adaptación se corona desde ya como una de las mejores experiencias cinematográficas del año. Una obra hermosa, entrañable y profundamente sensible que merece todo nuestro aplauso. Se las recomiendo ampliamente.
“¡Impresionismo casi malickiano puro!
