Siempre nos ha gustado contar historias de amor. El cine, por supuesto, no es la excepción y las historias de amor inundan la pantalla desde los comienzos de la industria. Sin embargo, durante mucho tiempo, esas historias de amor sólo incluían un tipo de romance posible: heterosexual y monogámico.
En los últimos tiempos, los cambios que ha sufrido la sociedad (y digo sufrido porque muchos de ellos – o casi todos ellos – han venido luego de largas luchas y resistencias) exigen que esa mirada comience a diversificarse. La representación de las minorías comienza a ser cada vez más importante para los espectadores y eso ha forzado la mano de los cineastas para contar otro tipo de historias: historias donde el amor ya no sea heterosexual y/o monogámico para darle espacio a personajes de la comunidad LGBTQI+ y sus verdades.
Fuente: TriStar Pictures
Parece mentira pero no lo es: recién el 17 de mayo de 1990 la OMS resolvió eliminar a la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales. Sin embargo, en el cine, la representación LGBTQI+ comenzó antes, mucho antes. Desde los albores de la industria, personajes no heterosexuales aparecieron en las pantallas en películas como The Pleasure Garden (1925), de Hitchcock, donde un diseñador de vestuario es abiertamente queer y coquetea con otros hombres. Claro que, por supuesto, solo se trata de un personaje secundario que, si bien llama la atención y brilla en sus momentos frente a cámara, no es influyente para nada en la trama. Quizás sea Viktor und Viktoria la primera película que realmente pone en el centro de la escena a un personaje que no puede encasillarse dentro de la “normalidad”: la protagonista es una mujer que debe hacerse pasar por un hombre, que a su vez se hace pasar por mujer, para conseguir trabajo. La identidad de género se encuentra completamente subvertida en esta película alemana de 1933 que luego tuvo múltiples adaptaciones al cine francés, inglés, estadounidense y hasta argentino.
Para que la comunidad LGBTQI+ pudiera contar sus historias y, en especial sus historias de amor, tuvo que pasar bastante tiempo y para contar historias con finales felices, todavía más. Durante años, a los personajes que no se enmarcaban dentro de la tradicional heterosexualidad les esperaban destinos trágicos y marginados, lo que no sorprende, volviendo al punto de que recién en 1990 la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad. No es que no se contaran historias con personajes LGBTQI+, es que esos personajes iban unidos casi siempre a la desgracia o vivían en los bordes de la sociedad. Claros ejemplos de esto son filmes como Philadelphia (1993) o Brokeback Mountain (2005), quizás siendo esta última una de las películas románticas más trágicas que existen.
Resulta interesante ver cómo esto ha ido cambiando. Tanto que, por fin, empezamos a tener historias románticas LGBTQI+ que no son dramas. Por ejemplo, Happiest Season, la película protagonizada por Kirsten Stewart y Mackenzie Davies, nos trajo por fin una comedia romántica navideña con dos lesbianas como protagonistas.
Fuente: Focus Features
Claro que, para que la visión sobre las historias LGBTQI+ cambie, lo que tiene que cambiar también es la apertura de la industria a trabajadores que pertenezcan a la comunidad. Delante y detrás de cámara tienen que empezar a abrirse puestos de trabajo para personas abiertamente queer, para que puedan contar sus verdades. Volviendo al ejemplo de Happiest Season, no sorprende descubrir que fue escrita y dirigida por Clea DuVall, quien ha salido del clóset en el 2016 como lesbiana.
Moonlight, una de las películas más aclamadas de temática LGBTQI+ de los últimos años, también demuestra el punto recién mencionado. El filme, que es el primero en explorar la homosexualidad con un elenco completamente afroamericano, está basado en la obra semi autobiográfica de Tarell Alvin McCraney. A través de su obra, McCraney pudo contar su historia, su despertar sexual, su primer amor, algo que nunca se había hecho en un filme que también habla de la negritud.
Fuente: A24
La representación LGBTQI+ en el cine está cambiando. No solo en las películas románticas, en todos los géneros. Personajes de la comunidad comienzan a convertirse en protagonistas, a vivir su sexualidad y su identidad de género sin tapujos. Ya no es tabú ser homosexual, o lesbiana, o bisexual y por eso, las historias que se cuentan a través del cine, dejan de focalizar el drama necesario en todo argumento en la orientación sexual para construirlo a partir de cualquier otra cosa: desencuentros, temores propios, inseguridades, infidelidades, etc. Las historias románticas LGBTQI+ comienzan a abandonar sus tintes trágicos obligatorios para comenzar a contar otras cosas con protagonistas que simplemente forman parte de la comunidad. Por supuesto, como con todo cambio que todavía está en proceso, falta mucho camino por recorrer.
Falta mucho aprendizaje de parte de toda la sociedad. Falta mucha deconstrucción tanto dentro de la industria como de los espectadores, pero estamos en camino y eso es lo importante.
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