Oscar: ¿Por qué le damos tanta importancia?

Como cada año, la temporada de premios invariablemente desemboca en el Oscar. Y también como cada año, una parte importante de los aficionados al cine estaremos pendientes del certamen. Los ratings, las omisiones y ninguneos, las decisiones más controvertidas de la organización, incluso el ser conscientes de que no es una fiesta representativa del cine global, nada de esto le impide ser foco de atención ni que la etiqueta de “ganador(a) del Oscar” siga teniendo fuerza entre la prensa y el público.

Fuente: oscar.org

Existen muchas razones por las que los Premios de la Academia siguen pesando. Por la fuerza de la costumbre, por tratarse de un espectáculo puro y duro que reúne a la meca del cine o por la idea de que efectivamente reconocen lo mejor del cine y contribuyen a la creación de clásicos instantáneos. Esta última, que en el papel sería la más importante, es también la más debatible si consideramos lo subjetivo que es reconocer la grandeza artística, que muchos de los mejores filmes, creativos o histriones de todos los tiempos nunca fueron galardonados, mientras que numerosos acreedores a la estatuilla se han perdido en el tiempo.

Si no cumplen siquiera con su objetivo primario, ¿cómo entender que el Oscar siga siendo referente tras casi cien años de historia?

La psicología del Oscar

Existen grandes propuestas cinematográficas en todo el mundo, pero absolutamente nadie puede negar que las estadounidenses son la más populares de todas. Presupuestos, distribución y glamour han hecho de Hollywood un sinónimo del cine en el imaginario colectivo. El Oscar ha contribuido en buena parte a la construcción de esta mitología al reunir a la meca del cine en un evento exclusivo al que todos estamos invitados. Al menos como espectadores…

Esta idolatría dista mucho de la banalidad sugerida por algunos. Es más bien una respuesta psicológica surgida de la identificación provocada por las historias vistas en pantalla y los protagonistas que les ponen rostro. Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos soñado con vivir las aventuras mostradas en una película, con la esperanza de ser esos héroes o heroínas que de un modo u otro hacen más de lo que nunca imaginamos. Un anhelo que no sólo aplica con los grandes héroes como James Bond, Ellen Ripley o Indiana Jones, sino también con personajes que cobran factura a sus enemigos como Michael Corleone, que se levantan contra las injusticias como Erin Brockovich o cuyos orígenes humildes no les impiden salir avante como Rocky Balboa. Cada que uno de ellos sale avante es como si nosotros lo hiciéramos.

Fuente: United Artists

El caso de los actores es similar. Así lo considera el profesor emérito de psicología en la Universidad Estatal de California y editor senior del Journal of Media Psychology, Stuart Fischoff [vía], tras atribuir la afición a “estas personas a las que les prestamos atención porque, de un modo u otro, influencian nuestras vidas. Cómo se visten, cómo hablan, qué les gusta, qué roles juegan. Son altamente influyentes… estas personas son realmente una parte tan importante de nuestras capas culturales”.

Un doble interés que rompe todos los límites de la metanarrativa para manifestarse de distintas maneras. En salas, cuando vemos a los histriones como alguien más y aunque sabemos que no son más que interpretaciones, sus vivencias terminan afectándonos a niveles emocionales que van más allá de nuestras consciencias. O en las pantallas de nuestras casas, donde ejercen un rol similar con la peculiaridad de que la conexión se da un territorio íntimo, lo que magnifica las sensaciones. Todo esto lleva al deseo de que tanto películas como sus máximos representantes triunfen, pues los vínculos se tornan tan extremos que sentimos como si sus victorias fueran las nuestras. Dos buenos ejemplos son Emma Stone y Joaquin Phoenix: el Oscar de la primera fue para los tontos que sueñan como Mia Dolan en La La Land; el del segundo para todos los que han padecido los estragos de un sistema fallido como Arthur Fleck en Joker.

Fuente: Lionsgate

Es un hecho que el Oscar no es el premio más certero cuando de calidad se trata. Así lo demuestran sus marcados favoritismos por el cine estadounidense y las tendencias seguidas con el paso de los años. Pero sí que es el más conocido por todos y es precisamente por esto que las audiencias celebran como si de una victoria propia se tratase cuando sus contendientes favoritos se hacen con la estatuilla, pero también se decepcionan cuando la hazaña no se alcanza. Esto último se ha repetido hasta el cansancio con blockbusters que no son nominados como Harry Potter y las reliquias de la muerte – Parte 2 o Avengers: Endgame, pero también en otros títulos de alto impacto como la ya mencionada La La Land que puede presumir la derrota más dolorosa en toda la historia de la ceremonia: la máxima gloria que literalmente le fue arrancada de las manos.

Caso contrario al de Heath Ledger, cuyo Oscar a Mejor actor de reparto por El caballero de la noche representó la victoria del llamado underdog. En este caso, de un cine de superhéroes de gran popularidad, pero que históricamente figura entre los rivales más débiles de la temporada de premios y que contra todos los pronósticos sale victorioso para demostrar que todo es posible. Pasó algo similar con Argo, pues la controvertida exclusión de Ben Affleck de la categoría de Mejor director hizo que muchos se inclinaran a favor de esta película. La edición 2022 ha dado un caso similar con Coda, cuya naturaleza feel-good ha propiciado que una buena parte del público la apoye por encima de rivales más fuertes, pero también más realistas e incluso cínicos.

Fuente: Warner Bros.

Contrario a lo que algunos sugieren, mostrar un marcado interés por las premiaciones y muy especialmente por el Oscar no implica falta de cultura cinematográfica. Sólo significa que somos parte de ese sector del público que disfrutamos plenamente con la amplia gama de emociones que nos son proyectadas desde la pantalla. Pero no nos pongamos románticos. La carrera por los Premios de la Academia entra en su punto final y más allá del apoyo incondicional que daremos a nuestros favoritos, en el fondo todos sabemos que lo más importante siempre ha sido y seguirá siendo que gane el mejor.

Spoiler Show #11