Parthenope, el hermoso nihilismo de Sorrentino

Paolo Sorrentino probablemente es el poeta visual preferido del cine. Sus películas parecen herencia de ese cinema italiano más clásico como Fellini y Tornatore. Sus imágenes evocan épocas, olores, emociones y sobre todo, belleza clásica. Con Sorrentino podemos ver de la forma más natural un desnudo y nunca se verá vulgar, innecesario o gratuito, todo tiene un porqué de estar a cuadro. 

Por eso, Parthenope. 

El plano abierto capta un plano dentro del plano. En el primero y más inmediato una recámara inmensa con una cama del lado derecho, un piso de mármol y al centro, directo en el fondo, un ventanal abierto con vista al mar. Las cortinas blancas transparentes se alborotan con el viento y abren pase a una mujer de espaldas. Piel bronceada y con un traje de baño a dos piezas. Cabello largo café a media espalda y un joven la mira, deseoso y añorando algo que sabe nunca podrá tener. Parthenope, gira la cabeza hacia la derecha sin decir palabra y sonríe, el joven la sigue contemplando con el sonido del va y ven de las olas del mar de fondo. Las cortinas se mueven al igual que el océano. De pronto entiende que ella, su amiga de la infancia es como el agua del mar: la podrá tener en sus manos pero, nunca poseerla. 

El encanto de Parthenope es precisamente eso, que no es de nadie y nunca lo será. Se pertenece a ella misma, su belleza, su soledad y su libre albedrío. La joven vive en una década convulsa en la vieja ciudad de Nápoles, una ciudad violenta y hermosa al mismo tiempo. Sórdida y poética por igual. La década de los setenta parece enmarcar de forma perfecta la belleza decadente de su ciudad natal, que atrapa a quien quiere irse y mata a los que por elección decide quedarse. 

Sorrentino es capaz de contarnos nada y todo a la vez con sus imágenes. Sus planos están llenos de belleza y aunque su fondo es la fiesta visual, su personaje nunca deja de captar la atención. “En la grande belleza” (2013), el periodista Jep Gambardella se encuentra en medio de un bacanal con decenas de gente bailando, las luces y las estatuas de fondo nos hablan de un barroquismo moderno. Lo viejo se contrapone a lo nuevo, la gente alrededor son solo un cuadro que representa la opción que se tiene de todo, pero él se encuentra con un saco amarillo al centro, con la noche de fondo. Así, Sorrentino nos dice que la solitud de su personaje está a punto de dar un giro de 180 grados. No hay diálogos, no existen las líneas. Solo el subtexto que nos comunica su imagen y el lenguaje corporal de su protagonista. Siempre con planos abiertos. Así es Paolo, esa es la humanidad e Italia de Sorrentino. Este es su mundo.

“Parthenope”, como dije párrafos arriba, es como el mar y a ese ritmo mueve sus decisiones. Va y viene. Alguien la lleva, la traen. Conoce, aprende, se relaciona. También tiene una dirección, parece errática pero no lo es. Su objetivo es claro, de inmediato se da cuenta de lo que no quiere cuando se le presenta, de esta forma entiende el camino que debe de seguir. Así le da dirección a su vida y aunque a veces parece que Sorrentino no nos cuenta nada, sus finales son esa pieza final que le da sentido a todo. Mientras tanto, nos llenó de imagen, paisajes que acompañan emociones, contextos y subtextos personales donde la subjetividad ambigua impera y el espectador arma su propia versión de la película. 

“Parthenope” es un coming of age dividido en las distintas épocas de su personaje. No es solamente la transición de una edad a otra, sino una serie de escalones en la que se conoce la vida, las decisiones, las pérdidas y también el final del camino. Es poderoso ver un personaje en la más amplia línea de tiempo hasta el final como un paisaje completo que se fue armando con pequeños pasajes de vida resultado de la decisiones. El proceso parece no tener sentido, como nuestra propia vida e historia, pero al final lo tendrá.

Partiendo de que cada película de Paolo Sorrentino es una secuencia de postales que no puedes dejar de mirar, “Parthenope” es el pináculo de todo eso con una etérea actuación de Celeste Dalla Porta. ¡Su nihilismo y frivolidad son filosóficamente hermosos!

Ya en cines 

Spoiler Show #11