En los últimos años, el movimiento estudiantil en México de 1968 ha recobrado popularidad a través de las distintas ficciones en cine y televisión que buscan examinar distintas perspectivas de este suceso en la historia política y social del país. El más reciente de estos proyectos es Olimpia, cinta dirigida por José Manuel Cravioto (Bound to Vengeance) que se enfoca en una de las muchas brigadas estudiantiles que fueron parte del movimiento. Aunque está llena de buenas intenciones, Olimpia es una película cuyos logros técnicos sobrepasan por mucho la calidad narrativa de su premisa, la cual no aporta una mirada nueva al tema y tampoco logra desarrollar de forma compleja a los personajes que tiene como protagonistas.
Un ejercicio cinematográfico notable sobre el movimiento estudiantil del 68, pero…

Olimpia está situada en 1968, mismo año en que Raquel (Nicolasa Ortíz Monasterio) se siente atraída hacia los movimientos estudiantiles que ocurren en la UNAM. Raquel encuentra en estas asambleas un espacio donde transmitir todos los sentimientos e ideas que ha plasmado en papel durante mucho tiempo, además de verse reflejada en otros estudiantes con los mismos intereses. En las asambleas en las que Raquel está presente, también asisten Rodolfo (Luis Curiel) y Hernán (Daniel Mandoki), dos jóvenes que se verán unidos por su pasión por la fotografía y cuyo talento será imprescindible para el movimiento estudiantil en los días previos a la matanza de Tlatelolco.

El elenco juvenil de Olimpia es la mejor parte de la película. Aunque Luis Curiel ya tiene experiencia en el medio (y en el tema del movimiento estudiantil del 68 debido a su participación en la serie Un extraño enemigo de Amazon Prime Video), él y sus compañeros Daniel Mandoki y Nicolasa Ortíz Monasterio resultan una revelación para la industria cinematográfica mexicana. El talento de estos tres actores sobresale a pesar de los artificios visuales que Olimpia utiliza para contar su historia y es gracias a sus interpretaciones que la película se mantiene a flote todo el tiempo.
Asimismo, cabe destacar el ingenio que muestra J.M. Cravioto para resolver el proyecto con los pocos recursos que tiene a su alcance. Olimpia se ve como un filme de poco presupuesto, pero nunca se siente descuidado o apresurado; por el contrario, la película saca el mayor provecho de esta sencillez a través del uso que le da a las locaciones y de los encuadres y tomas que elige para contar su historia. Sin mucho dinero, Cravioto logra llevar al espectador a finales de la década de los sesenta y al ambiente estudiantil que se vivió en los pasillos de la UNAM en 1968.

Pero...
Olimpia depende tanto de lo que comúnmente se sabe sobre el movimiento del 68 que una vez terminada la película, el espectador recordará el hecho histórico pero su opinión o reflexión al respecto no será desafiada en absoluto por la ficción que acaba de ver. Por otra parte, aunque la rotoscopia utilizada por Cravioto definitivamente resulta una novedad dentro del cine mexicano contemporáneo, este es un elemento que termina por ser artificioso, ya que además de no aportar nada a la historia (más allá de un aspecto visual distinto al que estamos acostumbrados), trata de disfrazar un guion muy básico que, incluso con su corta duración de apenas 80 minutos, llega a sentirse más extenso gracias a la falta de conflicto que existe no sólo en su premisa sino también en cada uno de sus personajes. La noble intención que Cravioto tiene al enfocarse en los estudiantes y sus demandas (en lugar de explorar el aspecto político que todos conocen o la eventual tragedia que se ha visto muchas veces) es de aplaudirse y definitivamente es un punto de partida del cual pueden surgir premisas interesantes y complejas. No obstante, Cravioto se enfoca tanto en la parte visual que olvida construir personajes complejos, obteniendo como resultado estereotipos que no incitan a la reflexión y que fallan en generar empatía con el público.

Veredicto
Con Olimpia, el movimiento estudiantil del 68 demuestra una vez más que es una fuente inagotable de inspiración para ficciones contemporáneas que encuentran en este evento político y social comentarios no han perdido su relevancia y que vale la pena recordar en la actualidad. Sin embargo, a pesar de actuaciones sólidas por parte de su joven elenco, la historia de Olimpia pasa a un segundo plano gracias a una animación por rotoscopia que termina por distraer a la audiencia de la ficción y de las ideas e intenciones que esta contiene en su premisa. Como ejercicio cinematográfico y recordatorio de este acontecimiento histórico, Olimpia es un proyecto que debe reconocerse, pero en cuestión de contenido y narrativa, esta película no es tan novedosa como su empaque.
