Mi Pobre Diablillo: ¿una comedia para niños o adultos?

Un 27 de julio de 1990, Mi pobre diablillo irrumpió en la cartelera con una propuesta que desconcertó a los críticos y encantó —o escandalizó— al público. Mientras Hollywood apostaba por modelos de niños angelicales, traviesos pero adorables como Kevin McCallister en Mi pobre angelito, esta película presentó a Junior, un pequeño sociópata con moño rojo que hacía temblar a padres, vecinos y monjas por igual. ¿Era una comedia infantil? ¿Una sátira para adultos? ¿Una burla al concepto de familia ideal? Tal vez todo eso junto.

Aunque nunca fue amada por la crítica, Mi pobre diablillo se convirtió en un éxito taquillero que generó secuelas, una serie animada y un lugar en la memoria de quienes crecieron en los 90. Pero su legado va más allá de la nostalgia. Es una película que merece una segunda mirada por su propuesta transgresora dentro del cine familiar.

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Desde su premisa, Mi pobre diablillo rompe con los códigos tradicionales del cine familiar. Ben Healy (interpretado por John Ritter) y su esposa adoptan a Junior, un niño aparentemente inofensivo que resulta ser una pesadilla con rostro angelical. En lugar de aprender lecciones de amor y pertenencia, Junior lanza globos de agua con pintura, incendia casas, aterroriza a las mascotas y admira a un asesino convicto. Es un personaje más cercano al Joker que a Kevin McCallister.

Y sin embargo, Mi pobre diablillo fue vendida como una comedia familiar. El humor de la película está plagado de violencia cartoon, sarcasmo adulto y una crítica constante a las instituciones: desde la iglesia hasta la burocracia del sistema de adopciones. No es casual que los guionistas hayan sido Larry Karaszewski y Scott Alexander, quienes más tarde escribirían Ed Wood y Larry Flynt: El nombre del escándalo, otras obras que combinan sátira y personajes marginados.

© 1990 Universal Pictures

La gran pregunta que rodea a Mi pobre diablillo es: ¿para quién era realmente esta película? A primera vista, se la puede confundir con una comedia infantil, gracias a sus colores brillantes, ritmo rápido y estructura simple. Pero su verdadero público parecía ser el adulto desencantado, ese que podía captar el absurdo de una familia que compra un niño como si fuera una mascota, o la hipocresía de una sociedad que condena a un niño problemático sin entender sus heridas.

La película no ofrece soluciones fáciles. Junior no cambia ni se “redime” completamente. Y su relación con Ben Healy se construye más desde la resignación que desde la transformación milagrosa. Esa honestidad emocional, camuflada entre gags slapstick, hace que Mi pobre diablillo tenga más capas de las que aparenta.

© 1990 Universal Pictures

Estrenada el mismo año que Mi pobre angelito, Mi pobre diablillo tuvo un destino muy distinto. Mientras la historia de Kevin se convirtió en un fenómeno cultural —con su mezcla de ternura, travesuras e inventiva—, la de Junior fue vista como “demasiado agresiva”, “desagradable” o incluso “moralmente cuestionable”. La crítica la destrozó. Roger Ebert le dio media estrella y la calificó como “una comedia demente sin corazón”.

Sin embargo, en taquilla fue un éxito. Costó solo 10 millones de dólares y recaudó más de 70. ¿Por qué entonces no logró el estatus de clásico? Quizá porque vx no quería gustar a todos. Su humor políticamente incorrecto, su retrato de adultos incompetentes y su protagonista sin filtros no encajaban en la fórmula navideña o familiar que buscaban los estudios.

Donde Mi pobre angelito idealizaba la independencia infantil, Mi pobre diablillo mostraba el abandono institucional. Donde una hablaba de reconciliación familiar, la otra sugería que algunos vínculos deben construirse desde el caos, no desde la armonía.

© 1990 Universal Pictures

Más allá del escándalo cómico, Mi pobre diablillo toca un tema complejo: la adopción. Junior no es simplemente un niño travieso; es un niño dañado por el rechazo sistemático. Ha sido devuelto por varias familias, criado en un orfanato donde se le inculca que no merece amor y tratado como mercancía. Su violencia, entonces, es también una forma de defensa, una reacción a un sistema que lo ha desechado una y otra vez.

Ben Healy es el único adulto que intenta comprenderlo sin rendirse. Su arco no es tanto el de un padre ejemplar, sino el de alguien que elige quedarse cuando todos los demás han huido. En ese gesto, por torpe que sea, hay una verdad emocional que resuena más allá del slapstick.

© 1990 Universal Pictures

Tal vez Mi pobre diablillo nunca fue pensada para ser un clásico entrañable. Su irreverencia, su enfoque sarcástico sobre la familia, y su protagonista sin filtro chocaban con la sensibilidad de su época… y quizá también con la nuestra. Pero ahí reside su atractivo: es una anomalía dentro del cine familiar. Una película que se atrevió a mostrar un niño “inadaptado” sin pedir perdón, y a criticar la estructura familiar con humor ácido.

En tiempos donde muchas películas para niños parecen hechas en piloto automático, volver a ver Mi pobre diablillo es recordar que el cine familiar también puede ser incómodo, incómodamente honesto. Y que a veces, los peores niños del cine son los que más tienen para decir.

Spoiler Show #13