Lily Tomlin nunca ha sido una actriz común ni mucho menos predecible. A lo largo de más de cinco décadas de carrera ha transitado por el cine de culto, la televisión satírica, la comedia feminista y hasta el streaming millennial, siempre fiel a una esencia que mezcla ingenio, inconformidad y ternura. No es una estrella fabricada por Hollywood, sino una artista que se inventó a sí misma una y otra vez.
El 1 de septiembre celebró un nuevo cumpleaños —nació en 1939 en Detroit— y la ocasión es perfecta para recordar por qué su trayectoria es un viaje fascinante por la cultura popular, la sátira política y la representación queer.
Tomlin irrumpió en la televisión estadounidense en los 70 gracias al programa Laugh-In, donde creó personajes inolvidables como Ernestine, la telefonista con voz nasal y modales autoritarios, o Edith Ann, una niña de cinco años que filosofaba sobre la vida desde una enorme mecedora. Más allá de hacer reír, estos sketches funcionaban como pequeños dardos contra las jerarquías de poder, el sexismo y la burocracia absurda.
Mientras muchas cómicas eran relegadas a papeles secundarios o “decorativos”, Tomlin usaba la risa para incomodar y cuestionar. Ese tono satírico marcó el inicio de un estilo muy particular: el de una actriz que no temía exponerse como mujer inteligente, rara y contestataria.
Fuente: Netflix
En 1975, Robert Altman la eligió para Nashville, donde encarnó a una cantante de góspel atrapada en la melancolía de la fama. Su actuación le valió una nominación al Óscar y demostró que podía saltar del gag televisivo al drama con naturalidad. Poco después se consolidó como ícono feminista en Cómo eliminar a su jefe (1980), junto a Jane Fonda y Dolly Parton, en una comedia que criticaba el machismo laboral mucho antes de que el término “techo de cristal” se popularizara.
La cinta, que con el tiempo se convirtió en un clásico, mostró a Tomlin como parte de una generación de actrices dispuestas a usar la comedia para señalar injusticias y, de paso, hacer taquilla.
Fuera de cámara, Lily Tomlin encontró en Jane Wagner a su pareja de vida y de arte. Su colaboración comenzó en los años 70 y se convirtió en una de las más duraderas y discretas de Hollywood. Wagner escribió muchos de los monólogos y guiones que cimentaron el estilo de Tomlin, y juntas construyeron un legado que va más allá de la actuación: una obra que refleja complicidad, inteligencia y sensibilidad queer en una época donde salir del clóset podía significar el fin de una carrera.
Aunque Tomlin no habló abiertamente de su orientación hasta mucho después, su presencia como artista lesbiana que no se plegaba a la norma fue fundamental para abrir camino en la industria. Hoy se reconoce su valentía como parte de un legado queer que sigue inspirando.
Cuando Netflix estrenó Grace and Frankie en 2015, muchos se sorprendieron de ver a Tomlin, junto a Jane Fonda, protagonizando una serie sobre dos mujeres septuagenarias que redescubren la vida después de que sus maridos las dejan por estar enamorados entre sí. Lo que parecía un experimento se convirtió en un fenómeno cultural: ocho temporadas que mostraron la amistad, el amor y la sexualidad en la vejez con una frescura inusual en la televisión contemporánea.
Gracias a este papel, Tomlin conquistó a nuevas generaciones, quienes descubrieron que detrás de esa cabellera revuelta y mirada chispeante había una actriz con una historia inmensa.
Lo que hace especial a Lily Tomlin no es solo su longevidad artística, sino la coherencia con la que ha transitado la industria. Nunca se dejó encasillar, siempre usó la comedia como crítica y mantuvo lazos creativos y afectivos que fortalecieron su autenticidad.
De Ernestine a Frankie, de la sátira televisiva a los dramas de Altman, de la militancia feminista al activismo queer, Lily Tomlin ha demostrado que el humor no es evasión, sino resistencia. Y que en Hollywood también hay espacio para las artistas que prefieren ser honestas antes que complacientes.
Con 86 años recién cumplidos, Lily Tomlin sigue siendo esa voz inconfundible que nos recuerda que reír es, muchas veces, el acto más político y liberador de todos.
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