Ser mujer en Hollywood no es fácil. Nunca lo ha sido. Desde los comienzos de la industria cinematográfica en las colinas californianas, los productores, los directores y todos los involucrados en la creación de películas tenían una idea sobre cómo debían ser las mujeres para poder participar del cine. Y por supuesto, ese “deber ser”, en general, tenía que ver con los estándares de belleza que existían en la época.
Desde una mirada actual, por suerte, decir esto nos parece un disparate. Aunque más no sea por corrección política, ya no se puede pedir a las mujeres que sean bellas, hegemónicamente bellas, y nada más. Hoy en día se las reconoce por su talento, su plasticidad y los personajes que interpretan tienen que aportar algo más que el brillo de un decorado. Pero no siempre fue así.
Desde sus comienzos, el cine tiene que ver con la mirada. El problema es que, también desde sus comienzos, esa mirada suele ser exclusivamente masculina. Es así como el ojo del hombre, en general protagonista, es el que motiva y moviliza la acción de una película, pero también el que acomoda y encasilla a los otros personajes que lo rodean, entre ellos, claro, los personajes femeninos.
Por lo tanto, de acuerdo a su belleza, el rol que cumplirá la mujer en el cine. Una actriz, de acuerdo a cómo se viera, podía, en los comienzos del cine, ser solamente dos cosas: la esposa del protagonista (o el proyecto de esposa), o la vampiresa, la femme fatale, condenada siempre a la desgracia. Dos modelos de esto son, por ejemplo, Mary Pickford, a quien se la conoce como la primera “novia de América”, de mirada ingenua, bucles y cabellos claros, versus Theda Bara, una actriz a la que debieron construirle una historia de origen que contaba que había nacido en el Sahara, producto de un affaire, y cuyo nombre era un anagrama de “Arab Death”, es decir, “La muerte árabe”.
Luego vinieron otros estereotipos, por supuesto. En los 50, Marilyn Monroe, por ejemplo, luchó durante años con su imagen de “rubia tonta”, incapaz de que la tomaran en serio como actriz. Tanto así que se vio forzada a fundar su propia productora para poder interpretar papeles diferentes a los que Fox venía ofreciéndole y ya no quería representar.
Fuente: MGM
En la actualidad tampoco estamos exentos de estereotipos. La belleza suele seguir siendo determinante a la hora de interpretar tal o cual papel. Si nos quedamos dentro de la belleza hegemónica (es decir, la mujer delgada, blanca, en general rubia y de ojos claros), tendremos seguramente a una protagonista que ocupará de cierto modo el rol de la femme fatale, esa mujer sensual, peligrosa, enigmática, como por ejemplo el que interpreta Angelina Jolie en el filme del 2001, Pecado Original, o los primeros pasos de Scarlett Johansson como Black Widow en las películas de Marvel.
Si en cambio, la actriz en cuestión no es de una belleza arrolladora, como Angelina Jolie o Scarlett Johansson, sino agraciada pero inocente, más sencilla, la veremos en papeles como “la vecina de al lado”, la protagonista de la comedia romántica con la que todas podamos identificarnos. Tal es el caso de Emma Stone, por ejemplo, en Crazy Stupid Love (2011).
Por otro lado, también está el rol de sidekick, la mejor amiga, la compañera graciosa, que en general es reservado para las minorías que no entran dentro de los cánones de belleza: mujeres gordas, no blancas, latinas, etc. Incluso en el mismo ejemplo que dimos antes, Crazy Stupid Love, Emma Stone está acompañada por su mejor amiga, interpretada por Liza Lapira, una actriz que mezcla raíces filipinas, chinas y españolas.
Fuente: Warner Bros.
Por supuesto, desde los años 70 con el avance del feminismo, y sobre todo en la actualidad que estamos atravesando la tercera ola del mismo, estos estereotipos comienzan a flaquear. La diversidad empieza a ser exigida por las audiencias, que necesitan ver otro tipo de historias contadas en la pantalla grande. Las mujeres ya no son solo femmes fatales, la vecina de al lado o la amiga graciosa. Ahora pueden convertirse en heroínas, en profesionales, en seres independientes de la mirada masculina (sobre todo cuando detrás de cámara también son acompañadas por mujeres en los roles de dirección, guión, etc.).
Sin embargo, seguimos teniendo deficiencias. La fobia a la vejez es una de ellas: a las mujeres no se les permite envejecer. Mientras que los hombres que cosechan canas son llamados “silver foxes” y son alabados, como George Clooney o Steve Carell, a las mujeres que eligen dejarse ver con sus cabellos grises se las cuestiona; como a Andie MacDowell, a quien sus propios representantes le sugirieron que continuara tiñéndose porque no iba a conseguir ningún trabajo. No fue cierto, claro, pero el cuestionamiento y el temor al ostracismo simplemente por envejecer está allí.
Un estereotipo es una percepción exagerada, con pocos detalles y simplificada, que se tiene sobre una persona (o cosa) o grupo de personas (o cosas) que comparten ciertas características, cualidades y habilidades, que busca justificar o racionalizar una cierta conducta en relación a determinada categoría social. Durante muchos años, esta visión simplificada de las mujeres, estos estereotipos que se perpetuaron en Hollywood, sirvieron para mantener el status quo social, para justificar el patriarcado y el machismo. Hoy, las luchas feministas por la igualdad sacuden los cimientos de esos estereotipos tan enraizados en el cine, pero todavía queda un largo camino por delante para que podamos deshacernos de ellos por completo.
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