Cinefilia, dícese de la afición al cine. Una definición peculiar si consideramos que las filias se utilizan para referirse a los gustos que rayan en lo patológico. Pero, ¿qué puede tener de insano el cine? No se nos ocurre nada, salvo el hecho de que la pasión que genera en algunos es tan grande que más bien debe ser considerada amor.
Una conexión emocional de este tipo no surge por casualidad ni de un momento a otro. Se trabaja, crece de manera paulatina y finalmente se torna inquebrantable. Bajo esta misma premisa sería absurdo decir cuándo surgió el amor por el cine, pero sí que podemos explicar las razones tras este afecto.
No nos olvidemos de las series. Hoy más que nunca es común escuchar el término seríefilopara referirse a todos aquellos que han convertido la pasión televisiva en una auténtica adicción. ¿De dónde nace este amor? Basta echar un vistazo a la industria, pero sobre todo a nuestras propias vidas, para encontrar la respuesta.
El cine enamora
¿Alguna vez se han preguntado por qué las imágenes de Viaje a la Luna (1902) son usadas de manera tan recurrente en comparación con las de otros títulos contemporáneos igual de relevantes en la historia del cine como sería La llegada de un tren a la estación de La Ciotat (1986)? La respuesta es sencilla: los Lumière plasmaron la realidad mientras que Méliès puso al mundo a soñar. La magia de su cortometraje mostró las incontables posibilidades del entonces naciente arte, pero también permitió que las audiencias de la época se emocionaran con mundos lejanos que antes parecían limitados a la imaginación. Un encanto que sigue manifestándose cada que vemos una película que nos deja boquiabiertos por su narrativa o su técnica visual, o simplemente porque es lo que necesitamos en un momento determinado.
Esta es otra buena razón por la que todos amamos al cine, porque de un modo u otro, siempre parece estar ahí cuando más lo necesitamos. No es casualidad que CharlesChaplin alcanzara un pico de popularidad en un periodo de entreguerras regido por las tensiones políticas y económicas, y en el que la gente necesitaba más que nunca de la risa para desconectarse de las presiones de la vida real. Tampoco que los monstruos de Universal fueran representaciones catárticas de las numerosas preocupaciones sociales de la primera mitad del siglo XX. Caso similar al de las grandes franquicias del mundo contemporáneo, El Señor de los Anillos, HarryPotter, el Marvel Cinematic Universe y muchos otros blockbusters, que nos han dado la resiliencia necesaria para hacer más llevaderas las adversidades de un siglo XXI sumamente tormentoso.
Aunque claro, las circunstancias no siempre tienen que ser tormentosas para garantizar la conexión. Ahí está 2001: Odisea en el espacio (1968) que contribuyó a que muchos comprendieran la obsesión de las grandes potencias con la exploración espacial. Tampoco deben ser excepcionales. KatharineHepburn trascendió por su talento y su carisma, pero también por su interpretación de mujeres fuertes en un mundo regido por los hombres, algo especialmente palpable en Pecadora equivocada (1940) y La mujer del año (1942). Ni qué decir de títulos como Rebelde sin causa (1955), El graduado (1967) o Grease (1978) que apelaron a las audiencias juveniles como pocos títulos habían hecho en su momento. Les dieron la atención que otras expresiones les habían negado, abriendo así el camino de conexiones emocionales sin precedentes.
Y claro, también están los vínculos emocionales. Ir al cine no es sólo entretenimiento, es una auténtica experiencia que queda grabada en nuestra memoria. ¿Cuántos no recuerdan a un ser querido o un lugar especial cada que ven una película? Situaciones cotidianas convertidas en extraordinarias y que ayudan a entender que la industria apele tan continuamente a la nostalgia.
No es una tendencia actual, sino todo lo contrario. Han pasado más de medio siglo desde que la industria recurre al llamado retro twin (gemelo retro), que consiste en la sociedad de una década manifestando una inclinación por un periodo muy concreto. Se dio en la década de 1950, la de 1980 con la de 1960 y en la de 1990 con la de 1970. El Siglo XXI se ha decantado por lo sucedido en 1980 y más recientemente por 1990. ¿Quieren sentirse viejos? Hay quienes piensan que la inclusión de TobeyMaguire en Spider-Man: Sin camino a casa (2021) podría detonar la añoranza por los primeros años de los 2000. ¿Y por qué no? También la del 2010 con tres generaciones de arañas unidas en un mismo proyecto.
Si una función normal puede dar tantos recuerdos, ni qué decir de una extraordinaria. Por años se ha hablado de StarWars (1977) como la cumbre de las premieres cinematográficas. Tal vez sea cierto, pero también lo es que las prácticas actuales nos han permitido vivir grandes experiencias en proyecciones especiales de uno u otro modo. Ahí están las funciones de media noche donde los más acérrimos aficionados se reúnen en una auténtica fiesta fílmica o las alfombras rojas en donde más de uno aprovechan para tratar de acercarse a sus actores/directores favoritos.
Hay quienes piensan que esto es precisamente lo que hace que el cine sea especial en comparación con la televisión, pero lo cierto es que el amor por las series también está más que justificado.
Series que conquistan
Por años ha sido común escuchar que el cine es memorable por naturaleza: una gran pantalla en una sala completamente oscura que garantiza una experiencia inmersiva. Y también que la televisión es todo lo contrario por tratarse de una pequeña pantalla en un espacio cotidiano. Una aseveración que ha resultado completamente falsa, pues incontables analistas culturales a través de los tiempos concluyen que el éxito del televisor, uno tan grande que incluso hizo temer a la industria fílmica por su futuro, es su carácter hogareño e intimista.
La pasión suscitada por las series no se limita al espacio, sino a su longevidad. Hablamos de personajes que nos acompañan por meses, incluso años y en ocasiones por décadas enteras. Crecen y maduran con sus audiencias e invariablemente alcanzan puntos de maduración por las situaciones que les aquejan, pero también por los valores que les caracterizan.
Es precisamente por esto que si bien la alta calidad es importante –pregunten a las titánicas audiencias contemporáneas–, pasa a segundo término ante lo entrañable de las narrativas. Esta es la razón por la que algunas series que acumulan ya varias décadas desde su transmisión original siguen cautivando a los espectadores como si fuera la primera vez. El ejemplo por excelencia sería Friends (1994), pero hay ejemplos infinitamente más añejos como Cheers (1982), The Munsters (1964) o I Love Lucy(1951). Todas terminaron hace años, pero no por esto hemos podido desprendernos de ellas.
El amor es tan grande que los aficionados no dudan en defender la grandeza de su serie predilecta como si de un ser querido se tratara. Ahí están los de la ya mencionada Friendsen continuo conflicto los amantes de How I Met Your Mother (2005) por el título de la mejor sitcom, cuando lo cierto es que cada una apela a generaciones distintas. O el malestar cuando el público se siente traicionado por lo que considera un mal tratamiento de la historia o sus personajes. ¿Alguien recordó Game of Thrones y el malestar generalizado por el destino de Daenerys Targaryen?
La del cine y la televisión es una historia de entretenimiento, aprendizaje y reflexión, pero sobre todo es una historia de amor. Sustentada en narrativas tan brillantes que nos enamoran por años, pero capaz de opacarse ante decepciones que invariablemente terminan por romper el corazón. ¿Te ha pasado? No te alarmes, que sólo significa que al igual que muchos de nosotros eres un auténtico enamorado de la pantalla. Que el romance no termine nunca.
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