Una movilización que es reprimida por la policía, quienes toman como prisioneros a ocho manifestantes y son encarcelados en un juicio que marcó la historia de Estados Unidos ¿Un evento de 2020? No, de 1968. El juicio de Los Siete de Chicago contiene aristas raciales, religiosas, bélicas, políticas y judiciales.
En el apogeo de los movimientos pacifistas y de derechos civiles, una multitud de jóvenes organizaron marchas y conciertos de rock cerca de la Convención Nacional Demócrata de 1968 en Chicago, Illinois, que tuvo lugar del 26 al 29 de Agosto. Los propios disturbios duraron cuatro días, cuando miles de manifestantes intentaron marchar hacia el Anfiteatro Internacional, donde se estaba celebrando el acto político. En ese momento, las tensiones estaban aumentando en Estados Unidos debido a las posiciones encontradas por la Guerra de Vietnam y cualquier movilización era reprimida (como ahora). Había más de mil soldados estadounidenses muertos cada mes en Vietnam y los asesinatos recientes de Martin Luther King Jr, Robert Kennedy y Dean Johnson, un joven baleado por la policía, fueron otros factores que agitaron las protestas.
Excusándose en la ilegalidad de estos actos y para hacer cumplir el toque de queda, la policía los atacó ferozmente con gases lacrimógenos, palazos, golpeándolos a mano limpia y tirándolos a través de ventanas, dejando a más de 650 personas arrestadas y más de 1100 heridas. La prensa, que ya estaba allí para cubrir el evento político y que también fue atacada, denunció la reacción exagerada de las fuerzas de seguridad y el manejo de la situación por parte del alcalde de la ciudad, Richard Daley. El Informe Walker, la investigación oficial sobre los disturbios, se basó en 20 mil páginas de testimonios de más de 3 mil testigos y fue inequívoco en su conclusión: «Los policías cometieron actos violentos muy por encima de la fuerza necesaria para la dispersión o arresto de la multitud». Sólo ocho oficiales fueron acusados de violar los derechos civiles de los manifestantes debido al uso excesivo de la fuerza.
Los Siete de Chicago fueron acusados de violar la ley Rap Brown, que había sido incluida en el Proyecto de Ley de Derechos Civiles a principios de ese año por senadores conservadores. Esta consistía en la ilegalidad de cruzar las fronteras estatales para provocar disturbios. Otros cargos incluyeron cometer actos para obstaculizar a los agentes del orden e instruir a otros sobre cómo fabricar dispositivos incendiarios. La gente llegó a Chicago para manifestarse contra la pobreza, el racismo y la guerra de Vietnam. Los grupos que salieron incluyeron Estudiantes por una Sociedad Democrática y el Comité de Movilización Nacional para Poner Fin a la Guerra en Vietnam. Durante meses, los manifestantes se organizaron y solicitaron permisos a la ciudad de Chicago. Pero el alcalde Richard Daley desplegó 12 mil policías, 5 mil miembros de la Guardia Nacional y 7 mil 500 soldados regulares del Ejército. Daley dio infamemente permiso a la policía para «disparar para matar a cualquier pirómano», así como para «mutilar o paralizar a cualquiera que saqueara una tienda».
El 24 de septiembre de 1969, Los Siete de Chicago fueron a juicio: John Froines, Lee Weiner, David Dellinger, del National Mobilization Committee to End the War in Vietnam; Rennie Davis y Tom Hayden de Students for a Democratic Society; y Jerry Rubin y Abbie Hoffman de Youth International Party. Además, también se sumó Bobby Seale, presidente del partido político llamado Black Panthers, quien fue acusado de incitar a un motín debido a un discurso que pronunció en Lincoln Park durante el cual pidió que la gente reaccionara ante la brutalidad policial. También se nombró a 16 co-conspiradores, pero nunca fueron procesados.
El juez del caso fue Julius Hoffman, quien estaba muy lejos de ser imparcial. Hoffman rechazó muchas de las mociones previas al juicio de los acusados y casi siempre favoreció a la acusación. Se suponía que Bobby Seale estaría representado por el abogado Charles Garry, pero se enfermó la víspera del juicio y no lo dejaron contratar a otro asesor legal. Seale denunció a Hoffman como racista y exigió un juicio separado de las otras siete personas. Protestó en voz alta intentando interrogar a sus propios testigos y el juez tomó la medida inusual de tenerlo atado y amordazado en la mesa de acusados antes de finalmente separar su juicio (el cual nunca ocurrió) y sentenciarlo a 48 meses de prisión. No solo eso, también hizo que los barberos de la cárcel del condado de Cook le cortaran el pelo largo a los acusados y sus abogados. De hecho el alguacil sostuvo el cabello de Abbie Hoffman en alto como trofeo en una conferencia de prensa. Además, uno de los fiscales del caso era Richard Schultz, un fiscal subalterno que, según los informes, era el perro de ataque del gobierno que no dudaría en lanzar ataques contra los acusados y sus abogados.
Más allá que Hoffman y Hayden no se llevaban bien (uno era más activo y el otro más medido), con el apoyo del abogado defensor William Kunstler, los siete acusados hicieron todo lo posible para interrumpir el juicio leyendo poesía, cantando Hare Krishna, haciendo muecas, lanzándose besos, haciendo bromas e incluso llevaron túnicas judiciales a la sala del tribunal solo para arrojarlas al suelo, pisarlas y revelar que vestían uniformes de policía debajo. Además, insultaron al juez en múltiples ocasiones, lo llamaron fascista y lo acusaron de defender la brutalidad policial con el aval del gobierno. La defensa llamó a testificar a músicos como Phil Ochs, Arlo Guthrie y Judy Collins, quienes cantaron Where Have All the Flowers Gone? desde el estrado; a los escritores Norman Mailer y Allen Ginsberg; y al activista de derechos civiles, Jesse Jackson.
El juicio se prolongó durante cuatro meses y medio, hasta febrero de 1970, y se convirtió en un caos que llegó a la televisión y se extendió a las calles con manifestaciones casi diarias reunidas en South Loop, muchas de ellas reprimidas por la policía también. Además, dos miembros del jurado recibieron cartas amenazadoras que decían «te están vigilando», supuestamente de los Black Panthers, pero los acusados afirmaron que fue un intento del gobierno de eliminarlos porque eran abiertos, honestos e imparciales. Hoffman se aseguró que las leyeran en el tribunal enfrente de todos tratando de «dirigir» al jurado.
Los acusados blancos utilizaron sus declaraciones para reprender no solo las cifras de su propio juicio, sino la forma en que se trataba a los acusados negros todos los días. «Lo que sea que nos pase, por injustificado que sea, será leve comparado con lo que ya le ha pasado al pueblo vietnamita, al pueblo negro en este país y a los criminales con los que ahora estamos pasando nuestros días en el condado de Cook«, dijo Dellinger. Rubin ofreció una acusación similar, diciendo «me alegro de que expusimos el sistema judicial porque en millones de juzgados en todo el país los negros están siendo trasladados de las calles a las cárceles y nadie lo sabe. Son hombres olvidados. No hay todo un cuerpo de gente de la prensa sentada y mirando. No les importa».
Lee Weiner y John Froines fueron absueltos de todos los cargos, mientras que Tom Hayden, Abbie Hoffman, Rennie Davis, David Dellinger, Jerry Rubin fueron condenados a cinco años de prisión y una multa de 5 mildólares por incitar a disturbios. Los siete hombres, así como sus abogados, recibieron fuertes sentencias por desacato al tribunal por parte del juez Julius Hoffman. Abbie Hoffman y Kunstler fueron condenados a cuatro años de cárcel por llamar al juez «Sr. Hoffman» en lugar de «su señoría». Hayden recibió un año por protestar por el tratamiento de Seale. Abbie también recibió ocho meses por reírse en la corte.
Sin embargo, aparte de su abogado, William Kunstler, ninguno pasó más de 3 años en prisión. En cuanto a Bobby Seale, Hoffman lo había condenado a cuatro años por desacato, pero después de dos años, se anuló su sentencia y se retiraron los cargos en su contra. El Tribunal de Apelaciones del Séptimo Circuito revirtió las condenas en 1972, citando que el juez mostró parcialidad cuando no permitió que los abogados defensores examinaran a los posibles jurados en busca de prejuicios raciales y culturales. El tribunal de apelaciones también citó la vigilancia del FBI de las oficinas de los abogados defensores como una violación de sus derechos.
Después de las apelaciones exitosas, los Siete de Chicago continuaron con sus vidas y tomaron caminos separados. Hayden se volvió aún más activo en política; Rubin se transformó en un hombre de negocios y trabajó en Wall Street en los años 80; Dellinger, Hoffman y Weiner continuaron su trabajo como activistas; Davis se convirtió en orador público sobre motivación; y Froines se convirtió en profesor en la Universidad de California. Por su parte, Seale se encargó de recaudar fondos para producir su propia versión de la historia basada en su autobiografía, Seize the Time: The Eighth Defendant.