La Navidad ha sido llevada al terreno audiovisual en infinidad de ocasiones. Tantas, que para entender sus distintos enfoques vale la pena ahondar en su compleja y retorcida historia de origen.
Aunque evidentemente se trata de un festejo religioso, sus inicios no están realmente relacionados con el nacimiento de Jesús, sino que se remontan mucho tiempo más atrás. Eso sí, nuestras celebraciones deben mucho a las viejas celebraciones paganas. Sus tiempos coinciden con el Yule escandinavo que se extendía del solsticio de invierno hasta enero, las abundantes comidas vienen de las matanzas de ganado europeo con las que se honraba a los dioses, mientras que las sensaciones de hermandad (y los regalos) de los saturnales romanos. De hecho, la Navidad no fue reconocida por la iglesia católica sino hasta el Siglo IV, cuando el papa Julio I la instauró en diciembre, no porque la Biblia mencionara ninguna fecha en concreto, sino en un esfuerzo por erradicar los homenajes a Saturno. Sobra decir que estas basas rara vez son tocadas por películas y series, siendo Krampus (2015) una de las poquísimas excepciones. Ya llegaremos a él.
El viejo continente conmemoró la Navidad con carnavales y festejos masivos durante siglos, y su carácter familiar e intimista no surgió sino hasta el Siglo XIX en los Estados Unidos. Concretamente en Nueva York en 1828, cuando una serie de conflictos de clases en la ciudad hicieron que muchos se resguardaran en la seguridad de sus hogares. Aunque claro, también hay quienes creen que Washington Irving merece buena parte del crédito. Un año antes de publicar su obra maestra La leyenda de Sleepy Hollow (1820), el escritor norteamericano escribió The Sketchbook of Geoffrey Crayon, gent. (1819), una serie de historias sobre ricos y pobres que conviven cordialmente en una mansión durante la temporada decembrina. Muchos de sus elementos fueron adoptados por CharlesDickens para Un cuento de Navidad (1843) que ha sido adaptado hasta el cansancio.
Y finalmente la figura de SantaClaus, que contrario a lo que dicta la creencia popular, no debe su imagen a Coca-Cola, sino al caricaturista político Thomas Nast, quien inspirado en los viejos festejos a San Nicoláslo dibujó por primera vez en 1863. La imagen lo muestra entregando juguetes a los soldados unionistas durante la Guerra Civil, vestido además con un atuendo muy parecido al que conocemos, sólo que con un saco estrellado cual bandera americana. Lo rediseñaría unos años después con color ¿verde? El rojo tampoco debe ser acreditado a la refresquera, pues el primer uso de este color puede verse en un anuncio de ciruelas de 1868. Lo que sí hizo la popular marca, eso sí, fue darle pantalones de este tono y popularizar su imagen en el ámbito comercial. Y es aquí cuando empiezan los dilemas que han sido llevados a la pantalla en infinidad de ocasiones.
Un negocio llamado Navidad
Las películas y series, que han sido sumamente críticas con la sociedad a través de los tiempos, no han sido indiferentes a la devaluación de la Navidad, que para muchos ha dejado de ser una época de paz espiritual y amor al prójimo para convertirse en un tiempo de codicia, individualismo e intereses comerciales. Estos debates no son para nuevos, sino que se remontan casi dos siglos atrás con EbenezerScrooge, el gran protagonista de Un cuento de Navidad y cuya avaricia quedara inmortalizada en la mítica frase “a todos esos idiotas que van por ahí con el Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer”.
Las bases del personaje han sido llevadas a la pantalla en infinidad de ocasiones, siendo el cortometraje de 1901 titulado Scrooge, or, Marley’s Ghost el primero de todos. La interminable lista incluye versiones fidedignas como la protagonizada por Reginald Owen (1938), musicales como Scrooge (1970) con Albert Finney o animadas como Mickey’s Christmas Carol (1983). A esto sumemos las metanarrativas como Scrooged (1988) con un ejecutivo televisivo encarnado por Bill Murray que trata de filmar una adaptación a la obra, The Muppet Christmas Carol (1992) con Gonzo como Charles Dickens y The Man Who Invented Christmas (2017) sobre el proceso creativo del escritor para la concepción de uno de los mayores clásicos literarios de todos los tiempos.
Si la novela alcanzó este estatus fue por las profundas enseñanzas que deja, pues luego de una noche de terror y de mucho aprendizaje, el aquejado Ebenezer concluye que «haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener su espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas«. Una lección que puede palparse en muchos títulos que parten de la misma base, el ensimismamiento de individuos alienados que deben aprender el valor de la Navidad y con ello de la familia y el amor. Tal es el caso de Scott Calvin (Tim Allen) en Santa Clausula (1994) que solo logra acercarse a su hijo cuando abraza su posición como Santa Claus, Howard Lagnston (Arnold Schwarzenegger) que debe atravesar una odisea juguetera para recuperar la confianza de su hijo en El regalo prometido (1996), Jack Campbell (Nicolas Cage) con un nostálgico vistazo de las riquezas emocionales que perdió en Hombre de familia (2000), Willie T. Soke (Billy Bob Thornton) encontrando una redención parcial en Un Santa no tan santo (2003) o Luther Krank (otra vez Tim Allen) con su disparatado intento de renunciar a las fiestas en Una Navidad de locos (2004).
Y para todos aquellos que se reúsan a aprender siempre quedan los enfoques más oscuros. El más brillante de los últimos años es el de la ya mencionada Krampus –les dijimos que volveríamos– que se respalda en las viejas leyendas nórdicas para introducirnos con la criatura titular. O como dijera Omi (Krista Stadler), «un recordatorio de lo que sucede cuando la esperanza se pierde, la creencia se olvida y el espíritu navideño muere«. Una Navidad maldita que desemboca en una penitencia eterna, consecuencia de una franca crisis familiar, pero que es igualmente palpable en los créditos iniciales que critican la comercialización del festejo y en el perturbador retrato navideño en el que un hombre disfrazado de Santa Claus arroja una mirada lasciva a una adolescente. Una tradición distorsionada que se extiende con la retorcida y apocalíptica Última noche (2021). Pero no nos pongamos tan lúgubres que hay mucho por celebrar.
Tim Allen
El ser humano es una especie compleja. Tanto que aprovecha la Navidad para pausar las preocupaciones que le aquejan con el deseo de disfrutar de las fiestas y la familia, pero también para reflexionar sobre el año que se va y soñar con mejorar en el que inicia. Una actitud incomprensible para algunos, pero que tiene mucho que ver con el carácter simbólico de una temporada en la que ahondan los vistazos al interior de uno mismo y cuyo inminente cambio de año es visto como una oportunidad para empezar de cero.
Una tradición perfectamente plasmada por How the Grinch Stole Christmas! (1966), uno de los especiales navideños por excelencia que inspirado en la obra homónima de Dr. Seuss, nos introduce con una criatura que no es mala sino más bien resentida, ya fuera porque los zapatos le apretaban los tobillos o por lo pequeño de su corazón. Este último mal se ve sanado cuando la pequeña Cindy Lou lo abraza y le deja ver que las celebraciones van más allá de la decoración y los regalos, sino que realmente se sostienen del amor al prójimo.
Aunque si de reflexiones se trata, pocas tan célebres como las de ¡Qué bello es vivir! (1946) sobre un amable hombre de negocios que ha perdido toda la esperanza hasta que es visitado por un ángel que le muestra cómo sería la vida si nunca hubiese existido. La película navideña por excelencia que dirigida por Frank Capra y protagonizada por James Stewart invita a pensar sobre la importancia de cada persona para su entorno más cercano. No menos fascinantes son las dos versiones de Milagro en la calle 34 (1947; 1994) que parten de una base comercial como son los intereses de una tienda en Navidad y muy especialmente los de una empleada que ha perdido toda esperanza en estas fechas, y que termina con un mensaje de amor, amistad y fe ciega en todo el bien que rodea este día. Ya lo diría Kris Kringle, «si no puedes creer, si no puedes aceptar nada por fe, estás condenada a una vida dominada por la duda«.
Más reciente pero igual de célebre es Noche de paz (2005), considerada por algunos como la antítesis de Sin novedad en el frente (1930). La película se olvida de las figuras fantásticas que caracterizan la temporada para trasladarnos a la crudeza de la GranGuerra, concretamente a diciembre de 1914 que pasó a la historia por la tregua navideña en que tropas enemigas convivieron en paz e incluso camaradería por unos días. Un poderosísimo reflejo de las posibilidades de esta fecha, que van más allá de la simbología y los buenos deseos, y cuyos valores han trascendido hasta en los momentos más oscuros de la humanidad.
Enlistar a los incontables clásicos de todos los tiempos, que van de Meet Me in St. Louis (1944) y WhiteChristmas (1954), a El extraño mundo de Jack (1993), El duende (2003), La joya de la familia (2005), Realmente amor (2005), El descanso (2006), Operación regalo (2011) y Klaus (2019) es una misión imposible. Cada quien tiene su favorita y eso está bien, ya que cada una cuenta con importantes lecciones que nos impactan con especial fuerza en las últimas semanas del año. Que sus mensajes no terminen aquí y que tal y como sucedió con el mismísimo Scrooge, seamos capaces de aplicarlos a nuestras vidas durante todo el año.
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