Cobertura FICM | Reseña: Seis meses en el edificio rosa y azul— El cine desde la herida

En el cine de autor contemporáneo, volver a las heridas de la infancia suele ser un ejercicio de riesgo: se puede caer en la autocomplacencia o en la simple nostalgia decorativa. Sin embargo, en Seis meses en el edificio rosa con azul, Bruno Santamaría logra algo mucho más ambicioso y conmovedor: convertir el dolor familiar en un dispositivo narrativo vivo, fluido y de una belleza formal deslumbrante.

La película arranca jugando hábilmente con las fronteras del lenguaje cinematográfico. En un primer momento, nos encontramos frente a lo que parece un documental tradicional: la madre del realizador frente a la cámara, compartiendo un testimonio íntimo. Pero pronto, esas palabras se transforman en el guion de una ficción minuciosamente recreada. Situada en la década de los noventa, la historia se articula a partir de un sismo emocional: el diagnóstico de VIH del padre en una época donde la desinformación reinaba y la condición equivalía a una condena a muerte inminente con una cuenta regresiva de tres años.

En medio de esta tormenta silenciosa, el alter ego adolescente de Bruno atraviesa su propio despertar. Es el retrato de una juventud que intenta descifrar el deseo —entre la atracción hacia niñas y niños— mientras habita un entorno donde la madurez se le exige a marchas forzadas por la vulnerabilidad de su padre.

Lo verdaderamente magistral de la propuesta de Santamaría radica en su híbrido narrativo. No conforme con cruzar la ficción con el testimonio de la madre, el director incluye más adelante a su padre en el encuadre y culmina con un giro reflexivo desgarrador: la madre pasa detrás de la cámara para entrevistar a su propio hijo. Este juego de espejos y miradas cruzadas desmantela cualquier artificio; aborda la anécdota personal desde la cicatriz, sí, pero sin un ápice de victimismo, logrando una tonalidad agridulce donde la nostalgia se abraza con el afecto.

A nivel técnico y artístico, la película destaca de manera sobresaliente:

• Una ambientación noventera impecable: Evita el cliché para concentrarse en la atmósfera, la luz y la textura de una época.

• Dirección de actores jóvenes: Las interpretaciones adolescentes se sienten orgánicas, despojadas de afectación y llenas de verdad.

• Cinematografía virtuosa: Una puesta en escena hermosa que permite que una historia amarga fluya con soltura y mantenga al espectador inmerso en su universo emocional.

De cara al palmarés del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) 2026, Seis meses en el edificio rosa con azul se posiciona no solo como la propuesta más sólida y consistente de la Competencia de Largometraje Mexicano, sino como la gran favorita para alzarse con el Ojo a Mejor Película. Considerando que el jurado está presidido por J.A. Bayona —un cineasta que ha demostrado a lo largo de su carrera un ojo privilegiado para las dinámicas familiares, el trauma, la infancia y la capacidad del arte para sanar el dolor—, el trabajo de Santamaría tiene todos los argumentos humanos y formales para resonar profundamente en su veredicto.

Una obra mayor sobre la memoria, la identidad y la reconciliación con el pasado a través del lente del cine.

Spoiler Show #29