Cuando Netflix estrenó Made in Mexico en 2018, la idea parecía brillante: mostrar a jóvenes de clase alta entre eventos exclusivos, romances y negocios de familia.
Inspirado en The Real Housewives y Rich Kids of Beverly Hills, el reality buscaba abrir una nueva etapa para el contenido latino de lujo.
Made in Mexico fue uno de los primeros realities originales producidos en México para Netflix, con una inversión estimada de más de 3 millones de dólares en su primera temporada.
Lo que en Estados Unidos funcionaba como sátira o guilty pleasure, en México se sintió distante. La audiencia lo percibió como pretencioso y desconectado de la realidad social del país.
Las redes sociales lo convirtieron rápidamente en meme, y lo que debía ser una celebración de estilo terminó siendo un retrato incómodo de desigualdad y frivolidad.
El gran problema de Made in Mexico no fue el formato, sino el contexto. Mientras realities como La Casa de los Famosos o MasterChef ofrecían emoción y cercanía, este apostó por una visión de lujo inalcanzable.
En un país donde el público busca identificarse con las emociones más que con los privilegios, el show se convirtió en símbolo de una burbuja mediática.
El fracaso de Made in Mexico redefinió la forma en que las plataformas entendieron el entretenimiento latino.
Después de su recepción, Netflix cambió su enfoque: apostó por realities más emocionales y accesibles, como Amor con Fianza, Jugando con Fuego: Latino, o formatos híbridos con influencia española y brasileña.
Hoy, el público mexicano busca historias auténticas. El éxito de programas como La Casa de los Famosos México, Top Chef VIP y La Granja VIP demuestra que la cercanía emocional y el conflicto genuino pesan más que los autos de lujo o las fiestas en Polanco.
Made in Mexico fue, en retrospectiva, el recordatorio de que la autenticidad sigue siendo el mayor lujo en pantalla.
En un país donde la realidad ya parece un guion, el público no busca espejos dorados, sino verdades humanas. Y Made in Mexico descubrió, demasiado tarde, que el lujo no siempre brilla en pantalla.