Una de las opiniones más divididas con las que cerró el 2025 fue con el final de la serie creada por los hermanos Duffer, pero algo que ninguna de las dos posturas, tanto los que amaron como los que odiaron el final, pueden negar que las canciones de Stranger Things es uno de sus mejores aciertos.
No es para menos ya que hubo un momento extraño y profundamente revelador en el que millones de personas escucharon una canción de 1985, como si acabara de salir ayer. No fue una reedición, no fue un aniversario, no fue una campaña publicitaria. Fue una escena, una emoción, un gesto narrativo que activó algo que estaba dormido.
Eso es lo que hicieron las canciones de Stranger Things, no fue recuperar música vieja, sino que la volvió urgente. La colocó dentro de escenas donde la música no acompaña, sino que habla. Donde no ilustra el fondo, sino que dice lo que los personajes no pueden decir, por eso no regresaron al pasado sino que regresaron al centro del presente.
La música como ADN de época
Desde su primera temporada, Stranger Things entendió que los ochenta no se reconstruyen sólo con peinados o con bicicletas, sino con sonido. Con lo que sonaba en la radio mientras se hacía la tarea, se viajaba en coche o se esperaba una llamada que nunca llegó.
Por eso aparecen canciones como Ghostbusters de Ray Parker Jr., Africa de Toto, Waiting for a Girl Like You de Foreigner, Time After Time de Cyndi Lauper, Whip It de DEVO, Every Breath You Take de The Police o Psycho Killer de Talking Heads.
Todos estos temas no están ahí para ser reconocidos, sino para hacer que ese mundo se sienta habitado y es ahí el primer acierto que las canciones de Stranger Things no ambientan, más bien construyen una realidad.
El pasado como eco emocional
Hay otro uso todavía más delicado, el pasado como herida, como eco que no termina de irse. Ahí entran Dream a Little Dream of Me en la versión de Louis Armstrong y Ella Fitzgerald grabada en 1950, o Mr. Sandman de The Chordettes, publicada en 1954.
De inmediato ambas canciones transportan al espectador a la historia de Henry, y en lo que luego se convertirá. Pero esos temas no sólo marcan la época del suceso sino que marcan el desajuste emocional del personaje. Algo que se quedó detenido, algo que se negó a crecer o evolucionar con el mundo.
Las canciones de Stranger Things también saben hablar cuando el tiempo está roto.
El segundo aire, cuando una canción se vuelve nueva
Luego está el gesto más visible, que es cuando una canción que ya existía se convierte, de pronto, en otra cosa.
Should I Stay or Should I Go dejó de ser un clásico de The Clash para convertirse en la voz de un niño que intenta no perder a su hermano. NeverEnding Story dejó de ser un soundtrack pop para volverse un acto de salvación absurda y luminosa en medio del horror.
Mientras que en la última temporada Rockin’ Robin y I Think We’re Alone Now encontraron nuevas capas de ironía, ternura y peligro, en el caso de la última canción ya había tenido un relanzamiento desde la primera temporada de otro de los éxitos de Netflix, The Umbrella Academy.
Y por eso las canciones de Stranger Things no sólo se escucharon de nuevo, sino que se sintieron distinto ya que no regresaron sino que cambiaron de función.
Eddie Munson y el metal de Stranger Things
El caso de Master of Puppets es distinto, y por eso es tan potente. Gracias a Eddie Munson, uno de los personajes más queridos de la serie, el metal entró al mainstream emocional de una generación que nunca lo había tocado.
No fue sólo una canción fuerte en una escena intensa, fue un gesto cultural. El rock pesado dejó de ser ajeno, dejó de ser ruidoso, dejó de ser “de otros”. Se volvió heroico, vulnerable, humano al igual que el personaje pertenecía a otro rubro, pero no se sentía ajeno sino de pronto se abrazaba por completo en la historia.
Así funcionan las canciones de Stranger Things cuando se alinean con un personaje que el público ama.
Cuando el pasado se vuelve presente cultural
El ejemplo más claro es Running Up That Hill de Kate Bush. Una canción de 1985 que, casi cuarenta años después, regresó a los primeros lugares de las listas globales porque se convirtió en el idioma emocional del trauma de Max.
No fue sólo un homenaje también fue una traducción emocional.
Y en la última temporada ocurrió algo parecido con Prince, pero potenciado. When Doves Cry y Purple Rain dejaron de ser símbolos de una época para convertirse en atmósfera de un momento narrativo específico. Su Majestad Púrpura no volvió como ícono, sino que regresó como sentimiento.
Las canciones de Stranger Things no nos hacen viajar a otro mundo y/o época sino que nos regresan al corazón de la historia.
Las canciones de Stranger Things como puente generacional
Quizá por eso el fenómeno es tan profundo, porque no ocurre sólo en la pantalla. Los ahora padres que crecieron y/o maduraron en los 80, reconocen canciones que creían olvidadas. Mientras que sus hijos las descubren como si fueran nuevas para que ambos las vivan al mismo tiempo, con emociones distintas pero con la misma intensidad.
Y eso no es nostalgia, sino una traducción cultural que pareciera venir de pasar una costumbre de generación a generación, ya que las canciones de Stranger Things no nos llevan al pasado, sino que traen el pasado al presente con un sentido nuevo.
Tal vez por eso estas canciones no se sienten como recuerdos, sino como reencuentros. Como voces que no sabíamos que extrañábamos, hasta que alguien las puso exactamente en el lugar donde más las necesitábamos.

