Hablar de las biopics, conocidas formalmente como biographical pictures (películas biográficas), es engañoso. Su clasificación es difícil –¿es un género, un subgénero o algo más?–; su éxito es un misterio aun cuando sus bases han sido deconstruidas hasta el cansancio; sus objetivos nunca han sido delineados con claridad; la línea que la separa de la ficción es más fina de lo que parece. Y aun así es imposible imaginar la industria cinematográfica sin ella.
Sus bases se remontan a los inicios del Siglo XX y con ello a los propios orígenes del cine. Su popularización suele ser atribuida a la expansión de la literatura biográfica, que por esa misma época disminuyó el realismo extremo para decantarse por otros formatos como la novelización. Aun así, su consolidación tardó en llegar. A pesar de su evidente calidad, las audiencias de aquellos años preferían géneros catalogados de menores como el western o el musical por el entretenimiento que ofrecían. Mientras que varias décadas más tarde, concretamente en los 70, analistas como David Thomson le vieron como una devaluación cultural que empobrece lo real y mercantiliza la propia vida.
Hoy día las sensaciones son distintas. Si bien no es el cine más popular, la biopic sí que goza de una mayor atención del público, la cual se magnifica todavía más por sus variantes –las hay animadas, cómicas, dramáticas, musicales…–, así como por su estreno casi obligado para la temporada de premios. Porque la biopic también se ha convertido en un sinónimo de calidad y reconocimientos, al grado que éstas suelen ser vistas como una auténtica graduación rumbo a la grandeza histriónica. Una buena prueba de ello es que en lo que va del Siglo XXI la Academia ha otorgado 10 estatuillas a Mejor actriz y 12 a Mejor actor por este tipo de proyectos.
La fuerza de la biopic
Ha pasado más de un siglo desde que el cine fuera catalogado como el séptimo arte (sucedió en 1911), pero todavía hay quienes piensan que la etiqueta le viene grande. Las dudas se deben a que a diferencia de las artes que le preceden (arquitectura, escultura, pintura, música, danza y poesía/literatura), el cine se tornó masivo desde sus primeros años y como tal, fue visto como una disciplina menor. Más allá de los estigmas culturales, algunas producciones han desafiado esta premisa denigrante por generaciones.
Tal es el caso de las biopics, que han concedido un valor agregado al cine al ascenderla como una pieza histórica. No por lo que estos títulos representan dentro del contexto en el que fueron creados –algo que aplica para todas las películas–, sino por la deconstrucción que realizan del pasado. Son piezas fundamentales para saber más de las mujeres y los hombres que han forjado el mundo en que vivimos, lo que a su vez resultan clave para comprender la realidad actual.
Más importante aún es su forma de operar. Podrían hacerlo desde la exaltación de la grandeza, pero casi siempre lo hacen desde la desmitificación. Una decisión inusual a primera instancia, pero que se torna lógica cuando consideramos que el reflejo de sujetos tan imperfectos como accesibles arroja un importante mensaje simbólico: todos escribimos la historia.
Esto puede apreciarse en una de las biopics más celebradas de los últimos tiempos, Lincoln (2012), que descendió a niveles terrenales al que es considerado uno de los presidentes más importantes en toda la historia de los Estados Unidos para mostrar la firmeza de su postura en la lucha contra la esclavitud, pero también los miedos y las dudas que le aquejaban en su vida diaria. Porque antes que un gobernante era un ser humano. Caso similar, aunque narrativamente inverso, al de Erin Brockovich (2000) sobre una mujer sin grandes aspiraciones que se tornó decisiva para una de las mayores batallas legales en la historia reciente.
Este mismo ascenso ha sido determinante para que la biopic transmita la premisa histórica por excelencia: aquel que no conoce la historia está condenado a repetirla. No es casualidad que Napoleón Bonaparte sea la persona que más veces ha sido abordada por este tipo de producciones y cuyo vertiginoso ascenso sólo es equiparable a su trágica caída. Aunque claro, esto también puede apreciarse en otras tramas más actuales como la vista en Red Social (2010), la mejor biopic en lo que va del Siglo XXI y cuyo tagline lo dice todo: «No puedes tener 500 millones de amigos sin ganarte algunos enemigos«. Algo que se torna especialmente palpable en su escena final que muestra un todopoderoso Mark Zuckerberg en completa soledad y meditando sobre lo que pudo ser.
Y para terminar, la consolidación histriónica. A diferencia de la ficción que concede libertades interpretativas, la biopic reduce dramáticamente las posibilidades al centrarse en la encarnación de personas reales. Una adversidad que se acentúa con la cercanía temporal de las historias y la existencia de testigos fotográficos, radiofónicos y audiovisuales que obliga a la franca imitación de gestos, movimientos y actitudes que sólo puede ser lograda por los más grandes. Titanes como MerylStreep y Daniel Day-Lewis son buena prueba de ello, recordando que algunos de sus trabajos más ovacionados son precisamente biopics.
Labores que además se ven exaltadas por algunas de la caracterizaciones más brillantes en la historia del cine. Esta es la razón por la que este tipo de producciones suelen arrebatar los galardones de maquillaje y peinado a las principales superproducciones.
La eterna controversia de las biopics
A una biopic se le pueden perdonar muchas cosas: la producción foránea, que sus protagonistas tengan nacionalidades distintas a las de los personajes encarnados y en algunos casos hasta el whitewashing. De acuerdo, este último no es bien visto en la actualidad, pero para nada ha evitado que películas como Cleopatra (1963) pierdan su estatus de clásico. Lo verdaderamente imperdonable para este tipo de proyectos es la alteración de los sucesos reales. Algo más frecuente de lo que podrían imaginar, aunque no tan negativo como se suele pensar.
Se cree que las biopics manipulan la realidad sólo para agregar tensión dramática, pero lo cierto es que también es una necesidad narrativa que busca sintetizar vidas enteras en lapsos de 120 a 180 minutos. Tal vez no sea lo más adecuado, pero es aceptable siempre que no atente contra la esencia del personaje en cuestión. Así lo considera Robert Rosenstoneal asegurar que las audiencias deben «aprender a distinguir los modos en que, a través de la invención, las películas sintetizan grandes cantidades de información o representan las complejidades que de otro modo no podrían ser mostradas. Debemos reconocer que las películas siempre incluirán imágenes que son tan inventadas como reales; reales en el hecho que simbolizan, condensan y resumen grandes cantidades de información; reales en que imparten un significado general de un pasado que puede ser verificado, documentado o razonablemente discutido».
Tal sería el caso de Mary Queen of Scots (1971) que encontró a Isabel I y María Estuardo aun cuando nunca cruzaron caminos en la realidad. Esto con la única intención de exaltar su choque de una manera simbólica. Caso similar al de Braveheart (1995), que más allá de todas las alteraciones temporales, recurrió a las faldas para enfatizar la cultura escocesa cuando éstas empezaron a usarse mucho tiempo después de los elementos mostrados, así como a la pintura azul de los celtas cuando ésta dejó de usarse varios siglos atrás. Decisiones que resultaron en momentos icónicos y potenciaron el mensaje de la película: la lucha por la libertad.
Y esa es precisamente la mayor cualidad de estos filmes, la transmisión de un mensaje desde el mundo real. O al menos desde el más realista posible. Una labor complicada que ha posicionado a las biopics entre las producciones más cotizadas de la industria, al tiempo que las ha convertido en eternas fuentes de inspiración para un público deseoso de conocer la historia, pero sobre todo de escribirla para futuras generaciones.
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