Cuando hablamos de cine y series siempre se toma un factor importante como lo es el sonido. Hemos diferenciado soundtrack de score, marcando su importancia para lograr los distintos clímax necesarios dentro de cada historia que se quiere contar.
A recordar. En su nacimiento, el séptimo arte era mudo, pero no sin sonido. Con el tiempo, las voces se volvieron clave en las historias. Y allí el silencio, otro recurso sonoro. Y es que hay momentos donde el hiato de diálogo y música es mucho más expresivo. Hay una realidad innegable, y esa es que justamente cuando el silencio empezó a apreciarse y a utilizarse, se convirtió en uno de los elementos principales de las narrativas, siendo una dimensión mucho más profunda que solo palabras o música.
Algunos autores, como por ejemplo Gilles Deleuze, filósofo francés, comentó que el sonido se convirtió en una dimensión profunda dentro del cine equiparable a la imagen y que ayudó a denominar el concepto de imagen sonora. Esto tiene que ver justamente con que construye una autonomía cinematográfica convirtiendo la experiencia del cine en una verdadera cuestión audiovisual. Frente a esto, y a lo que nos atañe en este artículo, es hablar de lo contrario, del silencio. De hecho Robert Bresson, cineasta francés, ha declarado que es el cine sonoro el que inventó el silencio como parte importante: sin la necesidad de música se marcan los ritmos narrativos, y a veces sin siquiera la necesidad de diálogos. Ejemplos actuales tenemos en A Quiet Place (2018), una película cuya trama se basa en lo expresado por Bresson.
Lo interesante es la interpretación y el uso del silencio, porque es un recurso tan dócil que sorprende. Distintos directores lo hacen significar distintas cosas: para Martin Scorsese es tensión, para Ingmar Bergman es la falta de Dios, para David Lynch es la perturbación de lo onírico.
Los silencios ayudan a incrementar la tensión o profundizar el drama, los silencios ahogan o alivian y es lo que lleva a que puedan completar las formas de poder narrar las distintas historias que nos apasionan.
Así que, mejor escuchar la nada, que muchas veces dice demasiado.