Cuando Mary Shelley escribió Frankenstein o El Moderno Prometeo en 1818, no podía imaginar que su criatura trascendería más allá de las páginas para convertirse en una de las figuras más influyentes del cine.
A lo largo de la historia del cine y la televisión, Frankenstein ha tenido más de 60 adaptaciones oficiales y cientos de apariciones indirectas, consolidándose como uno de los personajes más versionados de la cultura audiovisual, sólo detrás de Drácula y Sherlock Holmes.
Fue en 1910, cuando Thomas Edison produjo la primera adaptación cinematográfica, un cortometraje mudo que inauguró la relación de este monstruo con la gran pantalla.
En 1931, Universal Pictures marcó un antes y un después con la interpretación de Boris Karloff. Su imagen con tornillos en el cuello, la frente prominente y la torpe pero emotiva humanidad del monstruo quedó grabada en la cultura pop para siempre.
Desde entonces, Karloff no sólo definió la estética del personaje, sino que cimentó la base de lo que sería el cine de terror moderno.
Con el paso de las décadas, Frankenstein ha sido interpretado desde diferentes miradas: la sátira de El Joven Frankenstein de Mel Brooks en 1974.
La espectacularidad gótica de Mary Shelley’s Frankenstein dirigida por Kenneth Branagh con Robert De Niro en el papel de la criatura en 1994, e incluso versiones más libres en series, animaciones y parodias que mantienen vivo al mito.
Lo fascinante de las adaptaciones de Frankenstein es que cada una refleja los miedos y dilemas de su tiempo. En los años 30 fue el temor a la ciencia que juega a ser Dios; en los 70, una revisión crítica desde el humor; en los 90, una exploración del dolor y la soledad.
El mito también sigue vivo gracias a nuevas voces creativas. Uno de los proyectos que más ha dado de qué hablar es la adaptación de Guillermo del Toro, quien realizó una versión para Netflix con actores como Oscar Isaac, Jacob Elordi y Mia Goth.
Fiel a su estilo, el director mexicano explora la melancolía y la humanidad del monstruo más allá del terror, reafirmando la vigencia de Frankenstein como un reflejo de nuestras emociones más profundas.
El monstruo no es sólo un ser creado en un laboratorio, es el espejo de nuestras obsesiones y nuestros límites éticos.
Frankenstein sigue caminando entre nosotros porque, más allá del horror, su historia nos habla de lo humano: del miedo a la soledad, de la búsqueda de aceptación y de las consecuencias de nuestros actos.
Como la chispa que lo despertó, cada nueva adaptación le da vida otra vez, recordándonos que el verdadero monstruo no siempre es el creado, sino aquel que se niega a comprender.