Review: “Digger” es una pieza subversiva contra el poder político

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Alejandro G. Iñárritu ya no es probablemente uno de los directores más importantes de la industria cinematográfica global. Hace tiempo que la probabilidad abandonó el puerto para ceder su lugar a la certeza. Hace cuatro años, en 2022, escribí a propósito de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades, y cito:

“Alejandro G. Iñárritu es un director en toda la extensión de la palabra: de hecho y de omisión. Porque se sabe narcisista. Se reconoce egoísta y lo disfruta; pero también ama a quienes lo critican porque sabe que, en el fondo, lo adoran en silencio. Se castiga a sí mismo por este incesante hambre de atención que después vomita como un ególatra compulsivo. Ama a su país porque es extraordinario, violento y cálido, racista y condescendiente; pero lo odia porque liquida todo lo que en él se gesta: sueños, proyectos, vidas. Ama a Estados Unidos porque ahí alimentaron su ego, aunque en la frontera acribillen a sus paisanos; pero los odia porque ahí desprecian al mexicano promedio, a ese migrante que aspira a realizar el mismo sueño que él ya alcanzó.”

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En Digger, Iñárritu alcanza un nivel inédito de exposición ideológica y política. La película se erige como una sátira implacable sobre la élite global: esa clase poderosa a la que le importa más la salud de su mascota que miles de vidas en peligro por catástrofes que sus propios errores y omisiones provocaron.

Para disparar la verdad a quemarropa, la cinta echa mano del actor más representativo de la identidad estadounidense: aquel a quien, hace apenas unos años, el propio establishment le aplaudía por salvar a un Hollywood moribundo tras la pandemia. Digger es una obra profundamente incómoda para la derecha recalcitrante de EE. UU. en medio de uno de los bochornos políticos más evidentes de su historia reciente. Es una radiografía sobre la ineptitud del poder para dimensionar el caos que desata y cuyas consecuencias paga el resto del mundo.

Hoy, un sector importante de la crítica estadounidense destroza la película porque invalida los argumentos de una política imperialista, desgastada y ridícula que encuentra en Donald Trump el reflejo ciego de una sociedad xenófoba. Digger desnuda las intenciones de una clase política podrida que percibe los recursos humanos, naturales y creativos como meras herramientas desechables, olvidando que todo lo que escupe al cielo termina por caerle encima.

A través de una metaficción cinematográfica y teatral de proporciones distópicas, esta historia disruptiva nos pone de frente contra la realidad: no solo somos víctimas del abuso de poder, sino también de nosotros mismos.

Tom Cruise, en el papel de Curtis Markson, construye un personaje marcadamente dicotómico: por un lado, un actor agobiado por una crisis familiar escalonada; por el otro, un magnate avaricioso cuya ignorancia selectiva y soberbia amenazan con el colapso global. Esta interpretación saca a Cruise de su zona de confort como el clásico héroe americano para transformarlo en una pieza subversiva contra el poder político de su propio país.

Foto: Warner Bros.

A su vez, este casting funciona como un caballo de Troya dentro del sistema de estudios. Warner Bros. se convierte en la plataforma para lanzar esta feroz crítica político-social justo en la antesala de la fusión que liquidará su independencia creativa. Así, Cruise e Iñárritu se erigen como los últimos bastiones de autoría libre dentro del estudio.

Sin declararlo explícitamente, la película se siente como la épica despedida de Iñárritu a la libertad de creación antes de que Paramount y David Ellison asuman el control total este próximo 6 de octubre, consolidando la venta del histórico estudio a sectores alineados con el poder político de Estados Unidos.

Digger logra explotar y salpicar. Ofender y divertir. Apuntar y disparar. Señalar e importunar. Incomodar y diseccionar. Dividir y demostrar. Advertir y hacer reflexionar. Tom Cruise es, en efecto, el caballo de Troya definitivo de la industria cinematográfica y de la sociedad norteamericana.

Spoiler Show #27