La franquicia que redefinió el terror en los 90 ha regresado, pero no con la gloria esperada. Bajo la dirección de Kevin Williamson —el arquitecto original de las pesadillas en Woodsboro—, Scream 7 intenta desesperadamente recuperar el aliento tras sobrevivir a una de las producciones más caóticas de la historia reciente de Hollywood. El resultado, lamentablemente, es un tropiezo fatal.
1. El génesis de 1996: Un estándar inalcanzable
Para entender el peso específico que aplasta a Scream 7, hay que mirar hacia 1996. Wes Craven y Williamson no se limitaron a crear un slasher de manual; concibieron una disección magistral del género. Aquella película original recaudó 173 millones de dólares a nivel mundial —cifra que, ajustada a la inflación actual, superaría los 350 millones—, manteniéndose no solo como la entrega más taquillera de la saga, sino como un pilar del cine de terror que muy pocas obras contemporáneas han logrado rozar.
2. La meta-realidad: El universo de Stab
El verdadero genio de Scream siempre residió en su arquitectura metanarrativa. Todo nace de The Woodsboro Murders, el libro sensacionalista de Gale Weathers que dio paso a la franquicia ficticia Stab. Un detalle delicioso para los más cinéfilos es recordar que, a partir de Scream 2, es el mismísimo Robert Rodriguez quien figura como el director de estas cintas dentro del universo de la película, elevando el juego de espejos a un nivel de sátira cultural inigualable. Esta nueva entrega olvida esa inteligencia.

3. El glosario de Ghostface
Gracias a la erudición de Randy Meeks (y, más tarde, de su sobrina Mindy), Scream nos regaló un léxico indispensable para sobrevivir a la ficción moderna:
* Las Reglas: El dogma inquebrantable para no morir en una secuela, precuela o trilogía.
* Personajes Legado: Aquellos pilares (Sidney, Gale, Dewey) que anclan el pasado histórico con la sangre del presente.
* Recuelas (Requels): El término definitivo para encapsular estas películas que fungen como secuelas directas, pero operan bajo la mecánica de un reboot suave.
4. El escándalo de Paramount: El vacío de las hermanas Carpenter
El camino de Scream 7 hacia la pantalla grande estuvo pavimentado por la controversia. La abrupta salida de Melissa Barrera y Jenna Ortega tras el brutal éxito de Scream 5 y 6, producto de discordancias políticas e ideológicas con Paramount, dejó un cráter irreparable en la narrativa. Lo que inicialmente se concibió como el gran cierre de la trilogía de las hermanas Carpenter tuvo que ser incinerado y reescrito a marchas forzadas, trayendo de vuelta a la «vieja guardia» como un salvavidas desesperado.
5. La ejecución: Un desastre anunciado
Aunque Campbell y Cox habitan a sus personajes con la soltura y maestría de quien lleva décadas huyendo del mismo cuchillo, el guion es un completo desastre. Las costuras de las reescrituras apresuradas saltan a la vista en cada diálogo. La película intenta maquillar su profunda falta de cohesión argumental con una violencia gráfica altisonante, pero que al final se siente vacía y carente de impacto emocional.
6. El asesino: De la venganza al «panadero resentido»
La ofensa imperdonable de Scream 7 radica en su revelación final. Los giros de tuerca, que históricamente han sido la especialidad de la casa, aquí rozan lo absurdo. Estamos, sin exagerar, ante los asesinos más estúpidos de la franquicia. Existe una disonancia insalvable: la destreza letal y casi sobrehumana con la que Ghostface ejecuta sus crímenes no concuerda en lo absoluto con la torpeza motivacional de quien lleva la máscara. Si en entregas anteriores el móvil era el fanatismo tóxico por el cine o un trauma familiar desgarrador, aquí la justificación tiene la misma profundidad que la de un «panadero traumado porque no le compraron un bolillo». Los personajes complejos han sido sustituidos por vulgares dispositivos de trama.

7. Nostalgia tóxica e IA: El eco de los peores errores
En lugar de proponer, la película abusa de la nostalgia, calcando perezosamente escenas de 1996 sin aportar una perspectiva fresca. Peor aún, tropieza exactamente con las mismas piedras que ya sepultaron a otras franquicias del género:
Copia la estructura de Halloween H20 (el inevitable regreso de la heroína madura a la batalla).
Repite el bochornoso error de Halloween: Resurrection al implementar un streamshow en tiempo real, esta vez aderezado con Inteligencia Artificial. Ver a Ghostface interactuar con algoritmos predictivos y cámaras de realidad virtual convierte la experiencia en un fiasco tecnológico que ya se sentía anticuado el mismo día que gritaron «¡Acción!».
Scream 7 es, de lejos, la entrega más deficiente de la franquicia. Con una historia deshilachada, el antagonista menos imponente y un clímax que subestima gravemente al espectador, la saga parece haber recibido su estocada final, y esta vez la mano que sostiene el cuchillo es la de sus propios creadores.
Scream 7 demuestra que, a veces, lo más aterrador no es el asesino enmascarado, sino un guion escrito a las prisas. Pasa de ser un ícono del meta-terror a una parodia involuntaria de sí misma. Tenemos al Ghostface más torpe para la película más olvidable.
