Frankenstein, la melancolía de un dios inepto

1 Prólogo

Guillermo del Toro, con su esperada versión de Frankenstein, no solo se enfrenta a una de las obras cumbres de la literatura gótica, sino que también dialoga con las legendarias adaptaciones que la precedieron. Su película es un proyecto soñado durante décadas, y en él, el director mexicano vierte toda su pasión por los monstruos, la melancolía y la belleza de lo imperfecto.

2 Diferencias con las versiones de Karloff y Branagh

Las adaptaciones más icónicas de Frankenstein son, sin duda, la de Boris Karloff para Universal en 1931, y la de Kenneth Branagh de 1994. Del Toro se distancia de ambas de manera deliberada. La criatura de Karloff es un monstruo silencioso e imponente, una figura de horror gótico que, a pesar de su patetismo, se mantiene como una fuerza de la naturaleza. Su maquillaje y gestualidad crearon un arquetipo visual que Del Toro ha optado por no replicar, buscando una estética diferente para su criatura.

Por otro lado, la versión de Kenneth Branagh, a menudo comparada con Del Toro por su estética grandilocuente y romántica, se centra en la obsesión y el arrepentimiento del Dr. Frankenstein. Si bien esa película es fiel a la novela en su trama, Del Toro lleva la tragedia a un nivel más personal y emocional. En su filme, la monstruosidad no reside en el aspecto físico de la criatura, sino en la falta de empatía de su creador, el Dr. Victor Frankenstein, interpretado por Oscar Isaac. Del Toro se enfoca en la soledad y el rechazo que sufre la criatura, un enfoque que lo conecta directamente con la esencia de su filmografía.

3 El humanismo de Jacob Elordi y la melancolía del monstruo

Una de las decisiones más audaces de Del Toro es la elección de Jacob Elordi para el papel del monstruo. Lejos de ser un ser puramente terrorífico, Elordi dota a la criatura de una melancolía y una inocencia que la hacen profundamente humana. A pesar de las cicatrices, las costuras y el aspecto grotesco, su mirada está llena de una humanidad que contrasta con la frialdad de su creador. La preparación del actor, que estudió el movimiento de los recién nacidos para interpretar a un ser que descubre el mundo por primera vez, es clave para transmitir este humanismo.

El monstruo de Elordi es una víctima, un «ángel» roto por la brutalidad del mundo y, sobre todo, por el abandono de su «padre». Esta criatura, que busca amor y comprensión, se erige como el verdadero centro moral de la historia, mientras el Dr. Frankenstein encarna la verdadera monstruosidad: la arrogancia y la falta de empatía.

4 La Tragedia Miltoniana: La Yuxtaposición Creador-Criatura y Dios-Luzbel

Es en la compleja relación entre Victor y su creación donde Del Toro plasma su visión más profunda, descrita por él mismo como una «tragedia miltoniana». Esta lectura remite directamente a la épica de John Milton, El Paraíso Perdido, un texto fundamental en la comprensión de la novela de Mary Shelley.

Del Toro establece un paralelismo directo y trágico entre la pareja Dios-Luzbel (Satanás) y Victor-Criatura. Así como el ángel más brillante fue desterrado del Paraíso no por maldad intrínseca, sino por su incapacidad de compaginar con la voluntad de su creador y por su desobediencia, la Criatura de Frankenstein es condenada al ostracismo por su mero aspecto y por el rechazo de su «padre» que se niega a reconocer su responsabilidad divina.

Victor Frankenstein, en su soberbia prometeica (de ahí el subtítulo de la novela: El Moderno Prometeo), asume el papel de un dios caprichoso y fallido. Ha otorgado el don de la vida, el acto más sublime y sagrado, pero carece de la compasión y el amor paternal para guiar y aceptar a su creación imperfecta. La Criatura, como un Luzbel desterrado, es forzada a la maldad por la soledad y el resentimiento, clamando contra el creador que lo trajo a la existencia para sufrir. Esta yuxtaposición teológica es clave: la Criatura no es mala; es un ser de pureza original corrompido por la falta de perdón y la fría arrogancia de su demiurgo. Para Del Toro, el verdadero pecado capital es la falta de empatía que lleva a un creador a repudiar su propia obra.

5 La evolución de Guillermo del Toro: de Cronos a Frankenstein

La trayectoria de Guillermo del Toro es una progresión lógica que culmina en Frankenstein. Desde su ópera prima, Cronos, el director ha explorado la figura del monstruo como un ser incomprendido. En Cronos, el vampiro no es una criatura de poder, sino un «pobre diablo» que solo busca sangre para sobrevivir, un ser melancólico y frágil. Esta misma sensibilidad se encuentra en El Espinazo del Diablo, El Laberinto del Fauno, e incluso en obras como La Forma del Agua, donde el monstruo se convierte en el amante de la protagonista.

Frankenstein es, por tanto, la culminación de un tema recurrente en su obra: la belleza en lo grotesco, la redención a través de la compasión y la monstruosidad que, en última instancia, no reside en el aspecto físico, sino en el alma. Para Del Toro, Frankenstein no es una película de terror, sino una «tragedia familiar», un drama sobre la soledad y el perdón por ser imperfecto, un concepto que él mismo asocia con su propia vida y con la necesidad de perdonar a otros y a uno mismo.

En esta nueva versión, Del Toro reafirma su posición como un «autor de monstruos» con una visión humanista única, demostrando que su obsesión por la criatura de Mary Shelley no es solo cinematográfica, sino profundamente personal. La película es un manifiesto sobre la responsabilidad del creador, la búsqueda de la humanidad en lo abyecto y, finalmente, un profundo y melancólico llamado al perdón y a la aceptación de la imperfección.

Frankenstein de Del Toro plasma una criatura no un monstruo. Un Luzbel desterrado, por un dios fallido. El verdadero tormento no es la vida, sino el repudio de su creador cuya arrogancia es la única y auténtica monstruosidad. ¡Una re interpretación dolorosa!

Spoiler Show #11