Review: El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), la niñez abandonada
Ernesto Martínez Bucio ha irrumpido en el panorama cinematográfico con una fuerza inusitada gracias a su ópera prima, El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja). Tras ganar el prestigioso premio a la Mejor Ópera Prima en la sección Perspectivas de la Berlinale, la cinta llega al Festival Internacional de Cine de Morelia para competir por el premio al Mejor Largometraje de Ficción, consolidando su estatus como una de las propuestas más relevantes del cine mexicano reciente.
La película ha causado revuelo internacional por la brutal honestidad con la que aborda dos temas sensibles y complejos: las enfermedades mentales y el abandono infantil. La historia se centra en cinco hermanos que, tras la repentina desaparición de sus padres, quedan al cuidado de su abuela, una mujer cuya esquizofrenia y episodios paranoicos difuminan la línea entre la realidad y la imaginación para los niños. La fuerza del filme recae en el asombroso trabajo de sus actuaciones infantiles, que trascienden la pantalla.
2 La nostalgia como telón de fondo
Martínez Bucio realiza un ejercicio de nostalgia meticulosa al situar la historia a mediados de la década de los noventa en México. Este anclaje temporal no es casual, sino que funciona como un potente contexto político social. Es la época del presidente Carlos Salinas de Gortari y su programa social, Solidaridad, un periodo que prometía modernidad y prosperidad, pero que en la realidad de muchos se traducía en carencia y el resquebrajamiento del tejido social. La película no lo subraya, pero la precariedad económica y el abandono de estas cinco infancias se siente más crudo al contrastarse con ese ambiente de supuesta «solidaridad» nacional, enfatizando cómo el sistema y la sociedad pueden fallarle a los más vulnerables.
3 Actuaciones de una verdad desarmante
Un aspecto central y admirable es el trabajo del director con sus protagonistas. Martínez Bucio optó por trabajar con niños que no eran actores profesionales y, en lugar de recurrir a técnicas de actuación tradicionales, implementó una serie de talleres de manejo de emociones. Este método permitió a los niños explorar y conectar con sus propios miedos, afectos y frustraciones, logrando una verdad y una naturalidad desarmantes en pantalla. El resultado es una coral de interpretaciones que se sienten orgánicas, crudas y profundamente humanas, evitando cualquier atisbo de melodrama.
4 El diablo como figura de la precariedad familiar
La figura del diablo, que la abuela invoca constantemente como una amenaza inminente, es más que un simple elemento de terror. En la cinta, el diablo es una presencia de fondo, una figura metafórica que encarna la fragilidad y la situación familiarmente precaria que viven los personajes. Es el miedo a la enfermedad mental, la angustia por el abandono y la pobreza que carcome desde dentro. La abuela le da nombre a aquello que no pueden controlar, y los niños mimetizan ese miedo, que se convierte en una vía de escape imaginaria para lidiar con una realidad desoladora.
La película logra un sutil manejo del tema de las enfermedades mentales y el abandono, que me ha fascinado. En su recta final, introduce un giro hacia el realismo mágico donde esta figura diabólica emerge del subtexto para fundirse con la realidad de los niños, regalándonos un cierre poético y escalofriante a la vez. Es en esa disolución de límites donde reside la genialidad de la cinta: el diablo no es un monstruo que viene de fuera, sino el espejo de una disfuncionalidad que devora.
El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), es la ópera prima que desarma al espectador. Una inmersión cruda y poética en la infancia abandonada de los 90. El diablo no es un mito, es la metáfora perfecta del trauma y la esquizofrenia. Imposible salir ileso.
Actualmente en competencia dentro Festival de Cine de Morelia en Cinépolis