Estamos viviendo tiempos absurdos, donde la estupidez parece volverse ley. Vemos redadas para cazar gente en las fronteras y familias separadas, mientras se masacran personas —incluyendo niños— en la Franja de Gaza. Y, para colmo, hay gobiernos en contubernio con el crimen organizado. Es una locura.
En este contexto de sinsentido, la película «El juicio de un perro» de Laetitia Dosch resuena de una manera muy poderosa.
La película sigue a Avril, una joven abogada especializada en la defensa de animales, que lucha por salvar a su cliente —un perro reincidente— de la pena de muerte. En el proceso, este perro ayuda a Avril a aceptar su propia complejidad humana.
A primera vista, la película se presenta como una comedia. Un perro, actuando por instinto, muerde a una mujer que lo molestó mientras comía, dejándole una gran cicatriz en la cara. A pesar de haber actuado de forma natural, el perro es condenado a muerte. Pero la película es mucho más que una comedia sobre un perro. Es una crítica a nuestra propia arrogancia y a la hipocresía humana. Nos hace reflexionar sobre lo tonto que es juzgar a un animal por seguir su instinto, mientras permitimos que muchos gobernantes actúen basados en su ambición de poder, sin ninguna consecuencia.
La inteligencia de la comedia
Llevar a juicio a un perro es una metáfora perfecta. Es exigir a un animal que adopte conductas morales y sociales que ni siquiera nosotros aplicamos. Es pedirle que piense por nosotros. Esto podría parecer gracioso, pero como se sabe desde la época del teatro griego, la comedia es una herramienta para abordar los temas más difíciles de la sociedad. Laetitia Dosch, con este caso basado en hechos reales, no solo critica la ceguera moral de la sociedad actual, sino también la arrogancia de quienes crean las leyes que nos rigen.
La película expone la precariedad intelectual y moral de nuestra época. Nos muestra que castigamos a un perro por un error grave, pero no comparable a los que nosotros, como seres conscientes, cometemos contra el planeta, otras especies y nosotros mismos. Con una justicia directamente proporcional a la injusticia que vivimos.
Al final, la película es una reflexión profunda sobre nuestra condición humana. Es una llamada a pensar, a cuestionar nuestra propia estupidez y a darnos cuenta de que, a menudo, somos los menos inteligentes de todos.