El expresionismo alemán, cargando con el pesimismo de la posguerra de la Primera Guerra Mundial, nos dejó un legado positivo en el arte. La corriente expresionista tomó su mejor forma en el cine. Películas como El estudiante de Praga (1913), El Gólem (1920), El Gabinete del Doctor Caligari (1920) y por su puesto Nosferatu (1922) lo avalan. Sin embargo, al ser derrotados, los germanos del Imperio Alemán tuvieron que salir de sus tierras. Ese auto exilio sirvió para que muchos guionistas y directores de arte se refugiaran en una industria de cine hollywoodense repleta de dramas y escándalos de estrellas. Estos artistas comenzaron a crear cine con características expresionistas evidentes y tuvimos como resultado Los Monstruos de la Universal.
Drácula (1931) con Bela Lugosi, además de reafirmar la leyenda literaria creada por Bram Stoker, significó la epítome del cine de monstruos en Hollywood y tenía, con este juego de sombras, una herencia visual pesimista, oscura, pero que invitaba al terror más gutural y clásico de los miedos humanos.
Actualmente la visión del vampiro se encuentra muy desvirtuada en comparación a su origen y estilo visual. Por eso, The Last Voyage of the Demeter (Drácula: mar de sangre).
¿De que trata? La historia retoma el capítulo del viaje del Demeter, que es contado a través del diario del capitán del barco. A través de esta bitácora, se relata todo lo qué pasó en este traslado de la tripulación desde las tierras de Drácula a Londres.
Cuando supe de este relato llevado al cine por André Øvredal me emocioné. No pude estar más equivocado.The Last Voyage of the Demeter (Drácula: mar de sangre) comienza bien y establece una base misteriosa sobre la leyenda del vampiro o, mejor dicho, del conde. Algunos de la tripulación, al ver el cargamento con el sello del dragón, se repliegan y no quieren asistir este viaje porque ya saben que está maldito. Esa manera de alimentar el miedo a algo que aún no se ve es cliché, pero siempre funciona.
Todo va bien con la película hasta que el director necesita presentar de forma lenta a la criatura. No nos deja ver mucho, solo algunas apariciones, y eso está bien, hasta que algunos sustos simples como el ladrido de un perro o el sonido de una puerta arruinan el establecimiento de atmósfera que se nota le cuesta un poco a Øvredal. Si algo tiene Drácula de 1996 es el manejo del miedo a algo que no podemos o no se deja ver. Coppola lo sabe hacer muy bien y André solamente sabe rellenar con scare jumps para presentar a su criatura.
Sabiendo quién o qué es el que está haciendo este baño de sangre no da miedo, no impacta, y lo peor es que es repetitivo en cada día del viaje. Ya conocemos que durante el día los humanos se pelean y en la noche uno más muere. El director no sabe manejar a la criatura y mucho menos añadir horror a la leyenda del vampiro. Piensa que desarrollarlo como un slasher es lo más viable y no: es Drácula, por Dios, en su forma más bestial. Aquí perdió otra oportunidad porque la bestia está muy bien hecha.
La película tiene todo para ser una gran cinta del vampiro, solo que el director no supo sacar provecho de todos estos elementos para presentar algo que pagara un poco de honor a la leyenda del conde. Tampoco adapta, no es que se requiera de mucho, el capítulo del último viaje del Demeter. La historia es tan sencilla o complicada como se quiera hacer: Øvredal se va a lo sencillo, pueril y básico del relato para construir un largometraje que ni siquiera entretiene.
A The Last Voyage of the Demeter (Drácula: mar de sangre) le falta colmillo vampírico para contar su historia y se pone el pie con tantos scare jumps para rellenar una carente e inexistente atmósfera de terror. Pero como siempre les digo, vayan y hagan su propio criterio y opinión.
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