El orgullo en la industria audiovisual: de la invisibilización a la representación

Quizás nos parezca mentira (o no), pero hubo un momento en la historia de la industria audiovisual en el que las diversas identidades sexuales no estaban representadas. Es más, ni siquiera se pensaba en ellas. Sin embargo, desde los comienzos del cine hasta hoy, esto ha ido cambiando. Por suerte, el mundo se ha vuelto más tolerante y con ello le ha abierto puertas a la representación. No sin dificultades, claro.

No hace falta más que pensar en el escándalo que provoca un simple beso entre dos mujeres en una película infantil como la recién estrenada Lightyear como para darnos cuenta de que todavía hay mucho camino por recorrer. Sin embargo, algo hemos avanzado.

Fuente: Disney

Las sexualidades diversas han sido comida del cotilleo hollywoodense desde siempre. Durante los llamados “locos años 20”, luego de la Primera Guerra Mundial, con la primera ola del feminismo y el retorno de los hombres a sus hogares, el cine era un cine permisivo. En Hollywood nada llamaba la atención, hombres besando hombres, mujeres besando mujeres, o lo que fuera. Sin embargo, cuando llegaron los años 30, tras algunos escándalos que sorprendieron a la moral estadounidense y, sobre todo, la moral religiosa, las cosas cambiaron. Los estudios comenzaron a incluir cláusulas que prohibían a sus estrellas a formar parte de escándalos o conductas sexuales “incorrectas” e, incluso, cuando alguna de ellas era parte de una minoría sexual, se buscaba esconderlo por todos los medios posibles.

Así, algunas figuras del Hollywood más clásico se vieron forzadas a esconder su verdadera identidad y hoy el revisionismo histórico sobre sus biografías nos descubre que quizás no eran lo que pensábamos. Por ejemplo, Rock Hudson, protagonista de películas como Magnificent Obsession o Giant, famoso por ser un galán como ningún otro, altísimo, bello e híper masculino, fue forzado a casarse para esconder algunos de los escándalos de su vida. Por supuesto, su matrimonio duró casi nada, unos escasos 12 meses, y eventualmente el actor cayó en el olvido, solo para salir de él cuando los medios en 1984 revelaron que padecía de SIDA. Hudson, de hecho, fue uno de las primeras estrellas en declararlo; básicamente, le puso cara a una enfermedad de la que, en ese entonces, todavía se sabía muy poco.

Como Hudson hay muchas otras estrellas que vivieron ocultándose: Cary Grant, Marlene Dietrich, Rodolfo Valentino, Montgomery Clift y hasta el protagonista de Psicosis, Anthony Perkins, se vieron forzados a esconder quiénes eran en verdad.

Aunque cueste creerlo, la censura duró hasta bien entrados los 60. El Código Hays, como se conocía a esa guía que establecía lo que se podía o no podía mostrar en las producciones hollywoodenses, estuvo presente hasta 1968, aunque en esos últimos años se respetaba poco y nada. Sin embargo, la caída del Código Hays no significó el final de la lucha por la representatividad para el colectivo LGBTQI+. En ese momento comenzó la lucha por alejarse de los estereotipos y mostrar a los miembros del colectivo como lo que eran: personas comunes y corrientes con una sexualidad diferente.

Durante mucho tiempo, por ejemplo, las producciones audiovisuales se nutrieron de diversas tipificaciones de las diversidades sexuales: así, el hombre homosexual era siempre el mejor amigo afeminado y algo “loca”, la mujer lesbiana era siempre una vampiresa femme fatale y las personas bisexuales eran naturalmente lascivas.

Por suerte, con el paso del tiempo, estos clichés se fueron modificando. La salida del clóset de diversas estrellas tanto del cine como de la televisión también colaboró para que el público en general pudiera ver a las personas pertenecientes al colectivo LGBTQI+ como algo perteneciente a la cotidianeidad.

Quizás, una de las primeras figuras en dar ese paso hacia la visibilidad fue Ian McKellen, quien, en 1989 reveló que era homosexual, allanando el camino no solo para que más artistas pudieran expresar abiertamente sus identidades sexuales, sino también para la aparición de un cine denominado “new cinema queer”, que incluye películas como Philadelphia (1993), My Own Private Idaho (1991) o, ya más adelante en el tiempo, Brokeback Mountain (2005).

Como decíamos en un comienzo, hemos recorrido bastante en el camino de la representación. Hoy en día, tanto en la televisión como en el cine es más común ver personajes pertenecientes a la comunidad LGBTQI+ delante y detrás de las cámaras. Los actores y actrices son más libres de mostrarse tal cual son, de vivir sus identidades con libertad.

Sin embargo, no todo es color de rosas. Nos falta aprender mucho todavía, sobre todo como audiencias y como medios cuando todavía nos horrorizamos o compartimos discursos odiantes ante la presencia de superhéroes homosexuales o el beso de dos mujeres en una película animada, o nos resistimos a aprender los pronombres de un actor o una actriz que está atravesando una transición. Pero estamos encaminados y eso es lo importante.

Spoiler Show #11